Lunes, 22 de Marzo de 2010

Un catalán en la corte de la mafia ruso-georgiana

El barcelonés Juan Miquela era el hombre de paja de la banda de Kakhaber Shushanashvili

ÓSCAR LÓPEZ-FONSECA ·22/03/2010 - 08:45h

Miquela, con camisa blanca, junto a Shushanashvili, en Madrid.

Juan Miquela Tomillero no es ni ruso ni georgiano. Y, sin embargo, era una de las piezas claves en el entramado que había montado en España Kakhaber Shushanashvili, Kakha, el presunto capo de la mafia detenido en la madrugada del pasado 15 de marzo en Barcelona. Juan Miquela también fue arrestado aquel día en la operación Java, un inédito despliegue de las policías de seis países europeos que se ha saldado hasta ahora con la caída de cerca de 80 presuntos integrantes del clan Kutaisi, una veintena de ellos en España. De todos ellos, Miquela era el único español.

Nacido en Barcelona hace 44 años y sin antecedentes, este empresario catalán era el hombre de paja de la organización. "Los georgianos lo trataban como con cierto desdén y Shusha-nashvili lo utilizaba para todo, tanto para pedirle que llevara su coche a pasar la ITV, como para que le gestionara la consulta del médico". Quien habla así es uno de los responsables de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (UDYCO) de la policía que ha participado directamente en la investigación que ha permitido desmantelar la organización. "¿Cómo definiría a Miquela? Era un buscavidas, un personajillo de segundo fila dentro de la organización, pero que sabía que estaba colaborando con todo un vor zakone (ladrón en ley), un jefe mafioso. Desde luego, ha sido clave para que la banda se haya podido asentar en España", añade.

El empresario aparece como administrador de cinco firmas utilizadas para blanquear dinero

"Burda pantalla"

De hecho, Juan Miquela aparece como administrador de cinco sociedades creadas por la trama para blanquear dinero: Cabanda Advance S.L., Lurtalia S.L., Nixing Trade S.L., Viser World e Intelux Componentes S.A. Todo un entramado empresarial dedicado, sobre el papel, a actividades tan diversas como la promoción inmobiliaria, el lavado de vehículos o la actividad bursátil. "Todo era una pantalla muy burda", destacan los agentes encargados de la investigación, quienes recuerda que estas empresas luego eran utilizadas por los miembros de la banda mafiosa para iniciar actividades económicas que nada tenían que ver con la declarada.

El caso de Lurtalia S.L. era el más evidente. En el registro aparecía como una empresa dedicada a fabricar componentes electrónicos para equipos a motor y era la elegida por la banda para instalarse en Madrid en breve. Para ello, y de nuevo de la mano de Miquela, Shushanashvili y sus hombres habían adquirido en la calle Tarragona de la capital un local con salida a la calle. Ya habían instalado, incluso, un gran cartel en el que aparecía con grandes letras el nombre de la empresa. Un letrero en el que constaba, curiosamente, otra actividad muy distinta a la declarada en principio para la empresa. Ya no fabricaba componentes electrónicos, sino que su fin era el envío de paquetería a Georgia. "No se preocupaban lo más mínimo en cuidar las apariencias", destacan fuentes policiales, que recuerdan que en sus conversaciones telefónicas los integrantes de la banda, incluidos los jefes, tampoco eran "especialmente cuidadosos. Hablaban de todo, sin reservas", añade.

Llegó a pedir un crédito a su nombre para que el mafioso pudiera comprarse un Mercedes

Gracias a los pinchazos telefónicos, los agentes pudieron saber que ni Shushanashvili ni sus lugartenientes tenían en alta estima a Miquela. "Era una simple herramienta. Se referían a él como el chófer, y lo utilizaban para todo tipo de gestiones burocráticas y para algún que otro recado", destacan las fuentes policiales, que recuerdan que en alguna ocasión el propio Kakha lo llamó para que fuera con su coche a recoger a la compañera sentimental del capo para llevarla a otro lugar. En otra ocasión, le ordenó que le pidiese hora para un análisis de sangre con el que el capo controlaba la evolución de la enfermedad crónica que sufría. "Era muy curioso ver cómo se entendían entre Miquela y el jefe mafioso. Este sólo chapurreaba un poco el castellano y hablaban entre ellos más con gestos que con palabras", añaden.

El nombre de Juan Miquela también sirvió a la organización para abrir cuentas corrientes en media docena de bancos y para conseguir un abundante parque móvil. Al menos 40 coches aparecían a nombre del catalán o de las cinco empresas de las que era administrador. Incluso había ido a una entidad bancaria a solicitar un crédito, también a su nombre, con el que el jefe de la banda había adquirido un vehículo Mercedes S320 que, como no podía ser de otra manera, también estaba a nombre del español. "La banda le entregaba el dinero para que hiciera frente a las cuotas del préstamo", añaden fuentes policiales.

Miquela era asimismo clave para que los miembros de la banda consiguieran los permisos de residencia en España. Muchos aparecían como empleados de las empresas a su nombre y se hacían los pagos a la Seguridad Social en su nombre, lo que les permitía regularizar su situación. Incluso, cuando tuvieron que cerrar las pasadas Navidades un lavadero de coches en Badalona por la escasa actividad del negocio, el español gestionó para el padre de Giorgi Nadiradze, uno de los miembros destacados de la banda, el subsidio de desempleo. Este peculiar parado iba a ser contratado de nuevo por Miquela para trabajar en la empresa de paquetería de Madrid.

El capo también lo utilizaba como chófer y para que le pidiera hora en el médico

La doble vida de Miquela

El barcelonés también ayudó a Shushanashvili a casarse con una española en una boda de conveniencia que debía asegurar al mafioso los papeles de residencia en España. Aunque no consta que él consiguiera a la novia, sí realizó las gestiones previas al enlace en el Registro Civil de Barcelona e, incluso, participó como testigo en la ceremonia.

La actividad empresarial del barcelonés para el jefe del clan Kutaisi, con quien se veía casi todos los días, era incesante. En los últimos meses se había interesado en la adquisición de un local para montar un restaurante en Barcelona y había preguntado por un local en el paseo Isabel II de la misma ciudad. El objetivo era alquilarlo para montar allí un negocio de venta de cristal de bohemia y piezas de Swarovski, una nueva tapadera para blanquear el dinero fraudulento de la banda.

Miquela hacía todo ello sin que su entorno familiar supiera nada. Según han revelado las investigaciones, su socio español en un negocio de compraventa de vehículos de segunda mano no sabía nada de sus tratos con los mafiosos. De hecho, en numerosas ocasiones prestaba coches en venta de esta empresa a sus amigos georgianos sin comunicárselo. Tampoco sabía nada su esposa, con quien vivía en un piso de la calle Padilla, en Barcelona.

Cuando en la madrugada del 15 de marzo irrumpían en el domicilio los agentes de la UDYCO y de los Mossos dEsquadra, la mujer fue la primera sorprendida. Sentada en un sofá de la vivienda se limitaba a preguntar a los agentes qué era lo que estaba pasando. Su marido, sentado en un taburete y esposado, se limitaba a mirar hacia el suelo. La corte mafiosa había caído. Y él, con ella.

La española que se casó por 5.000 euros

Kakhaber Shushanashvili tiene tres mujeres. La primera, georgiana, vive en su país de origen. La segunda, rusa, convivía con él en Barcelona, junto a las dos hijas gemelas de ambos. La tercera es española, se llama María José C. A. y, según detalló el juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska en el auto de prisión, se casó con Shushanashvili a cambio de 5.000 euros para que este pudiera conseguir el permiso de residencia español y, de esa forma, “tener libertad de movimientos por Europa”.
Tras la boda –celebrada el 19 de octubre en el Registro Civil de Barcelona– ‘Kakha’ no volvió a verla, ni tan siquiera a hablar por teléfono con ella, aunque fuentes policiales aseguran que la mujer intentó conseguir más dinero por aquella boda. “Los hombres de ‘Kakha’ se encargaron de dejarle claro que ni se le ocurriera volver a intentarlo”, aseguran fuentes de la investigación. Estas recuerdan que, cuando ambos fueron al registro para someterse a la entrevista en la que teóricamente se debe detectar este tipo de enlaces fraudulentos, el mafioso y la española contestaron a muy pocas preguntas sobre el otro “y, sin embargo, recibieron el visto bueno para casarse”.