Sábado, 20 de Marzo de 2010

Manila olvida a los habitantes del bastión terrorista de Abu Sayyaf

Los musulmanes filipinos siguen sumidos en la miseria y la discriminación en un país de mayoría católica

ANDREA RODÉS ·20/03/2010 - 08:30h

Voluntarios civiles trasladan al hospital de Zamboanga a un herido en un atentado de Abu Sayyaf. - EFE

Los huéspedes del hotel Lantaka tienen que acostumbrarse a la inquietante imagen de militares armados con fusiles rodeando el edificio. Lamentablemente, la escena es habitual en Zamboanga, ciudad de mayoría católica al suroeste de Mindanao, la región del archipiélago filipino históricamente musulmana. Sólo 16 kilómetros de mar separan la terra-za del Lantaka de la isla de Basilan, convertida hoy en un nido de los rebeldes islamistas de Abu Sayyaf, un clan vinculado por EEUU al grupo terrorista Al Qaeda, que en los últimos años ha llevado a cabo decenas de secuestros y decapitaciones en la región.

En el año 2002, Washington y Manila acordaron la presencia de cerca de 600 soldados estadounidenses en Mindanao y otras islas de la zona, fronteriza con Malasia, con el fin de entrenar a las tropas filipinas en la lucha contra el terro-rismo. Ambos países aseguran que la operación ha logrado reducir en más de la mitad las huestes de Abu Sayaaf, que contaba hace diez años con más de 1.000 miembros activos. El último éxito fue la muerte, hace un mes, de uno de los principales líderes de la organización en una emboscada de las tropas filipinas en la vecina isla de Jolo. Era Albader Parad, sospechoso de haber ordenado numerosos secuestros, entre ellos el de tres cooperantes de Cruz Roja, un italiano, un suizo y un filipino, liberados el año pasado.

En Mindanao están destacados cerca de 600 soldados estadounidenses

No obstante, el inicio de la campaña electoral para las presidenciales de mayo hace temer una nueva ola de secuestros y atentados violentos en la costa de Zamboanga, puerta trasera a las pequeñas islas que separan Filipinas de Malasia. El estrecho se ha convertido en un paraíso para terroristas islamistas, contrabandistas "y traficantes de armas, drogas y niños", explica Ángel Calvo, misionero español que dirige una ONG de ayuda humanitaria en Zamboanga.

Las carreteras que salen de la ciudad están plagadas de controles paramilitares y los vehículos intentan circular a la máxima velocidad para evitar los secuestros. Las autoridades de Zamboanga también han impuesto un veto temporal a las armas de fuego hasta que terminen las elecciones. Una tarea difícil en un país marcado por la presencia masiva de armas, donde los miembros de las ricas familias oligarcas incluidos los más jóvenes, suelen ir armados o incluso financiar sus propios escuadrones.

El ejemplo más reciente es la masacre de 54 civiles, el pasado noviembre en Mindanao, por orden de los Ampatuan, un clan musulmán aliado de la actual presidenta de Filipinas, Gloria Macapagal Arroyo, en un ajuste de cuentas entre rivales políticos.

Un mediador español

"La seguridad ha mejorado bastante en los últimos años, pero el riesgo siempre está ahí", explica Calvo, que ha vivido el secuestro de algunos de sus cooperantes. Tras más de 40 años en Filipinas, el padre español ha ganado fama de mediador con los rebeldes musulmanes los moros, un apodo heredado de la colonización española y tiene un papel influyente en las negociaciones para dar más soberanía a la Región Autónoma Musulmana de Mindanao.

"La mayoría no nos sentimos filipinos. Somos moros", asegura Gammar Hassan, jefe del barangay, o distrito, de Río Hondo, una barriada de chabolas de Zamboanga en la que viven unos 15.000 musulmanes. Durante décadas, los musulmanes de Mindanao han reclamado que se les devuelvan los territorios que consideran de su dominio ancestral, ocupados ahora por Manila.

"La mayoría no nos sentimos filipinos. Somos moros", proclama Hassan

Sin embargo, la resolución del conflicto va más allá de que el Gobierno filipino ceda una mayor autonomía o más tierras a Mindanao. La clave es erradicar la pobreza y "la discriminación histórica" que sufren los musulmanes en un país de mayoría católica, recuerda Calvo. "Nos ven a todos como terroristas", se lamenta Hassan.

El 85% de los habitantes de Río Hondo no tiene trabajo y aquellos que logran encontrar uno a veces cambian su nombre por uno cristiano, es decir, en castellano, explica el líder musulmán. A diferencia de otros barangays de Zamboanga, en Río Hondo no tienen agua corriente ni asistencia sanitaria. Tampoco reciben ayuda internacional.

"Los políticos les desaniman a venir aquí por miedo a los secuestros", explica Hassan, en medio de favelas de chapa construidas sobre el agua. Un paso en falso es hundirse en la basura. A pesar de la miseria, Hassan asegura que en Río Hondo no se infiltran insurgentes islámicos porque los vecinos denunciarían enseguida la llegada de un extraño. Muchos de los habitantes del barrio llegaron aquí para huir de la pobreza y la violencia de Basilan y Jolo.

"La pobreza es lo que más nos divide"

Cecile B. Simbajon. Directora del Instituto de Cultura y Paz en el Ateneo de Zamboanga

Su centro coordina una consulta pública sobre la cesión de más poder a la Región Autónoma Musulmana de Mindanao. ¿Qué conclusiones saca?
Hemos preguntado a mujeres, ONG, jóvenes, musulmanes, católicos... y la conclusión es que a la gente corriente no le importa depender de Manila o de un poder regional. Lo único que quieren es un gobierno no corrupto, capaz de erradicar la pobreza y la violencia, y de garantizar servicios sociales básicos.

Se observa más pobreza en las zonas musulmanas.
La pobreza y la violencia son lo que más nos divide. Filipinas es un país de mayoría católica con muchos prejuicios contra los musulmanes. La gente ve a los moros como “terroristas”, por eso nadie les da trabajo. En la isla de Basilan hay aldeas musulmanas hundidas en la miseria, sin comida, agua ni electricidad. ¿Qué podemos esperar si aparecen los terroristas de Abu Sayaaf y les ofrecen comida y dinero?

¿Puede haber federalismo sin democracia fuerte?
Filipinas es un país inmaduro democráticamente. Tenemos un sistema corrupto, así que hay que ver si un gobierno regional puede traer desarrollo económico, empleo, educación, salud y respeto a la libertad religiosa.