Domingo, 14 de Marzo de 2010

Una figura reconfortante

MARTÍN CASARIEGO ·14/03/2010 - 08:00h

Algunos escritores que a mí me interesan mucho no tienen el reconocimiento que yo consideraría justo, lo que me desazona. Otros, por el contrario, escriben libros que encuentro vacíos e incluso detestables, y me da la sensación de que hagan lo que hagan reciben aplausos y parabienes; esto me molesta. Por fortuna, hay un tercer grupo formado por escritores a los que admiro y que son admirados por la mayoría, y en esos casos me siento reconfortado. A este tercer grupo pertenece Delibes. Lo leí cuando era un adolescente, recomendado por mi padre (Las ratas) o "recomendado" en el colegio (El camino). Quizá la novela suya que más me ha impresionado sea Cinco horas con Mario, con ese fluido monólogo interior, incómodo, porque el lector se identifica más con el difunto velado que con esa primera persona cargada de reproches y amargura.

Delibes obtuvo numerosos premios y reconocimientos. No influyó en eso la suerte, sino la justicia. Sí la tuvo, quizá, al ser galardonado con el Nadal por su primera novela, La sombra del ciprés es alargada. También es posible que fuera el Nadal quien tuviera suerte. Donde la fortuna le acompañó fue en sus adaptaciones cinematográficas: Los santos inocentes fue convertida por Mario Camus en una de las mejores películas españolas. No hay muchos casos de grandes novelas que hayan dado lugar a grandes películas. Sólo me viene a la cabeza Matar un ruiseñor, la extraordinaria novela de Harper Lee llevada al cine por Robert Mulligan. Algunos lamentan que Delibes no recibiera el Nobel. Bueno, que lo lamente ese Nobel que tampoco ganó Graham Greene ni ganará Vargas Llosa.

No conocí a Delibes, pero siempre me resultó simpático por su discreción. No buscaba las polémicas, ni pretendía conseguir titulares y notoriedad mediante estúpidas provocaciones. Y con su mujer supo crear una familia de excelentes profesionales. Pocos profesores tan buenos tuve en la Complutense como Germán Delibes de Castro. Este párrafo final no tiene, por supuesto, nada que ver con la literatura, pero es otra cosa de él y de su huella que me resulta reconfortante.