Domingo, 14 de Marzo de 2010

"Los sueños de un oficinista son sueños de fin de mes"

Guillermo Saccomanno. Escritor. Ganó el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral con 'El oficinista', que no recogió por una meningitis de la que ahora se recupera

PEIO H. RIAÑO ·14/03/2010 - 08:45h

Saccomanno reconoce su inspiración en Kafka. - GABRIEL PECOT

Hace un mes que conocimos el nuevo premio Biblioteca Breve de Seix Barral y desde entonces no ha habido quien se haya atrevido con una mala crítica. El oficinista de Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948) ha sido recibido como una de las novedades más gratas de la temporada, como el descubrimiento de un autor elogiado y consolidado en su país, absolutamente desconocido en las librerías españolas. Ni un libro de Saccomanno y ahora aparece el protagonista de El oficinista, un tipo de larga gabardina gris, sin sueños, que amarra su empleo, su desgracia, en un mundo en ruinas. Tan real y agria como una novela rusa.

Antes de nada me gustaría preguntarle por su estado de salud, ¿cómo se encuentra?

En febrero padecí una meningitis [que le impidió recoger el premio]. Y casi no cuento el cuento. Superado el susto, ahora estoy recuperándome lentamente. Según los diagnósticos todavía me queda al menos un mes y medio de mirada bucólica de la existencia. Aprovecho, en tanto puedo, para leer.

En El oficinista, su personaje sobresale por su desconfianza, ¿qué le atrae de tipos como este?

Los personajes grises son siempre más interesantes que los heroicos. Exigen a uno afinar la mirada, observar con atención su comportamiento. Este ejercicio viene a probar que la verdad no está nunca en el blanco ni en el negro, sino en los grises. Ahí es donde hay que explorar. Y el territorio es inagotable.

¿Esperaba que un premio de una editorial española se fijara en un autor sin obras en España? Por cierto, ¿cómo es posible que sea un autor inédito aquí?

Ser inédito hasta ahora en España es un hecho que me excede. Y se puede atribuir no sólo mi caso, sino en el de otros escritores latinoamericanos a las grandes políticas editoriales. En este punto hay que señalar que los escritores latinoamericanos no suelen ser distribuidos por las editoriales que los publican fuera de sus respectivos países. Y lo mismo sucede con España. La literatura de habla hispana se encuentra, salvo algunos grandes nombres, atomizada. Unos y otros nos encontramos bastante desconectados.

¿Cree que ha creado la perfecta imagen del falso honesto, zarandeado por la zozobra moral?

Siento no haber creado demasiado cuando bajo a la calle y observo a los empleados con sus trajes elegantes y sus maletines acudiendo a sus oficinas, altísimos rascacielos. Entre ellos, esquivando miserias humanas, camina sumiso el oficinista. No creo que lo acose tanto un quiebre moral como el miedo a perder el puesto. Lo que lo hace capaz como a cualquiera de sus compañeras y compañeros de cometer una canallada.

¿Los sueños están prohibidos en el mundo de la oficina, en el mundo de la amenaza?

Los sueños de un oficinista son sueños de fin de mes, sueños mezquinos, acotados. Los sueños del conformismo que impone el capitalismo. Sueños a pagar en cuotas. Y que hipotecarán nuestra vida.

¿Es lo que nos queda, ser como el oficinista y decidir en nuestra vida entre empleo o amor?

La disyuntiva empleo o amor es desesperada y falsa, pero es la que se le plantea en términos "idealistas" y de doble moral al oficinista. Creo que la contradicción que circula todo el tiempo por debajo de la novela se vincula más bien con la de poderosos y humillados. Es decir, arriba y abajo. Y si se extrema, el miedo del personaje se cifra en la tensión incluidos y excluidos. Empleo y amor son coartadas, situaciones encubridoras.

¿Para qué necesitamos apagar los últimos el ordenador?

Si es el caso de oficinista, para garantizar que siendo los últimos en irnos de la oficina somos buenos y eficaces esclavos. Y no nos darán una patada en el trasero en unos días.

¿Cuándo cree que terminan las exigencias de la empresa?

En las condiciones laborales del presente, teniendo en cuenta los despidos y el miedo al paro, nunca. La realidad de la novela no está demasiado lejos. Basta recordar las fotos de los ejecutivos despedidos en Wall Street llevándose a casa una caja de zapatos con sus útiles de escritorio.

¿Estamos capacitados para decir "no" y "basta" a los mandatos?

Depende de cada uno. Si bien es cierto que existe la imposición y el condicionamiento social, no menos es que cada individuo es libre de acatar esos mandatos.

El jurado habló mucho de su depuración retórica, el verbo seco, la palabra escueta. ¿Estaban tras la pista buena? ¿Es un obseso de la limpieza?

Como consigna aplico: Si puedo contar una historia en diez palabras, ¿para qué emplear once?

¿Quizás por eso estuvo varios años filtrando lo que escribió en unos meses?

Estoy convencido de que la auténtica etapa de escritura es la de corrección, ajuste, lija. Es también el momento en el que uno se da cuenta de sus torpezas y de aquellas zonas del relato que asoman y no fueron explotadas.

El oficinista parece un retrato exagerado, una caricatura, de las ambiciones del ser humano, del ser laboral, pero ese relato absurdo es de lo más sincero. ¿Cómo es posible?

No busqué la caricatura, pero sí tensar lo real. Si tuviera que citar un escritor que marcó esta escritura ahí está Kafka. ¿Hay un personaje más real que Gregorio Samsa de La metamorfosis?

¿Por qué ambientarla en una ciudad casi de ciencia ficción cuando la trama es absolutamente real y cotidiana?

Si camino por mi ciudad que no es distinta de otras grandes urbes no la veo tan de ciencia ficción. Cierto, intensifiqué algunos aspectos dramáticos, pero no tanto. Si Dostoievsky es un escritor que leo con frecuencia, no menos lo es Ballard. Ambos tienen una vigencia insoportable.

¿En quién pensó para idear a un personaje esquizofrénico y amenazado?

Digamos que intenté cruzar a Akaki Akakievich de Gogol, a K de Kafka, al escribiente de Memorias del subsuelo de Dostoievski, a Bartleby de Melville. En todo caso mi novela es una historia que refiere el tema de la oficina y sus variaciones. Y responde a su cartografía literaria.

Parece que la ciudad es el contexto de la podredumbre del ser humano, la que estropea la buena voluntad. ¿Es un lugar de oportunidades o un lugar del que hay que huir?

En mi caso es un lugar del que hui. Si bien nací y me crié en la ciudad, hace 25 años que vivo en la costa, a 400 kilómetros de Buenos Aires. Si ahora me encuentro acá, en la ciudad, es circunstancialmente, porque tuve una enfermedad. Debo terminar de hacerme un chequeo y, en cuanto pueda volver a casa, me iré lejos del asfalto.

Parece que no quiso renunciar a la acción, a pesar de que el personaje está construido desde una voz muy interior.

Es que aún cuando el personaje es un oficinista, atraviesa peripecias. En la medida en que las leyes de Murphy se abaten sobre él, no le queda más remedio que correr y saltar.

En esta novela dura y cruel, ¿escribió desde la rabia, con la bilis? ¿Es rentable literariamente la rabia?

No suelo plantearme la escritura, todo un azar, en términos de rentabilidad. La literatura que me importa, al menos, no apunta en esa dirección. Si un libro conquista lectores, mejor. Pero es un azar. Si El oficinista se narra a través del prisma de la rabia, se debe a que su personaje está marcado por el encono y la frustración. El contexto en el que se debate no puede generar otra cosa que resentimiento.

¿Por dónde deberíamos empezar a leerle los lectores españoles?

El oficinista es una buena oportunidad. Espero que les guste, si es que gustar es el verbo.