Viernes, 12 de Marzo de 2010

El cine de acción se empotra en Bagdad

Paul Greengrass busca la verdad en un Irak lleno de mentiras

SARA BRITO ·12/03/2010 - 08:00h

Paul Greengrass.- AFP

Paul Greengrass (Surrey, 1955) no aguantaría a cualquier pesado de barra de bar que le entrara diciendo algo como: "Escucha, te voy a contar mis opiniones políticas". Pero si alguien se le acercara para contarle una historia y la cosa derivara hacia los gobiernos y sus desmanes, se quedaría clavado hasta que bajaran las puertas. "Esa es la diferencia", dice el director británico. "Por eso no me gusta que me cuelguen la etiqueta de cine político, yo hago películas desde mi compromiso con el mundo, pero ante todo cuento historias. Vengo del documental y eso me hizo tener un sentido muy fuerte de que el mundo es turbulento, lleno de energía y de que los mejores relatos están ahí fuera".

Green Zone, Distrito protegido, que se estrena mañana, es el último thriller del hombre que revitalizó con verismo y músculo una de las sagas de acción de mayor pegada de los últimos años (El mito Bourne y El ultimátum Bourne). Es el mismo que imprimió su huella documental en filmes comprometidos llenos de suspense e inteligencia como Domingo sangriento (2002) y United 93 (2006), y que ahora viaja con su cámara hasta las semanas posteriores a la invasión de Irak para hablar a las claras de la gran mentira de las armas de destrucción masiva.

"Sentí una rabia enorme cuando supe que no había armas en Irak"

La rabia y la ruptura

"Me acuerdo de sentir una rabia enorme cuando supe que no había armas. Creo que aquello rompió muy seriamente la confianza que la gente tenía en los gobernantes de una forma similar a la que lo hizo Vietnam ", decía un enérgico Greengrass en un reducido encuentro con la prensa en Madrid. Para él, esa brecha había empezado cuando filmaba El ultimátum Bourne en 2007. "Me di cuenta de que esa ruptura había ocurrido porque la gente se emocionaba con la historia de Bourne, en la que el gobierno organizaba asesinatos y Jason Bourne luchaba contra ellos. No podía haberla hecho en los ochenta, pero sí en los setenta", afirmó.

En Green Zone vuelve a colaborar con su cómplice Matt Damon y lleva más lejos una convicción que le acompaña siempre que se pone detrás de la cámara: "Mi instinto me dice que la gente irá al cine a ver películas que toquen temas complejos si les das una forma cinematográfica con la que se sientan cómodos. Así hizo William Friedkin con The French Connection (1971), y así quiero hacerlo yo".

"He querido llevar la estructura clásica del cine de acción al mundo real"

Para explicarse, Greengrass acude otra vez a una imagen: "Cuando estaba haciendo Bourne sentía que el mundo exterior estaba tocando las ventanas de esa película y pidiéndome entrar. Creo que eso también sucede en El caballero oscuro, por ejemplo. En Green Zone quería coger la estructura clásica del cine de acción y probar si podía funcionar al colocarla en el mundo real, en Bagdad".

Esa es la razón de que sea ante todo un filme de acción, enérgico y sólido, que no renuncia a contar los desmanes de la Administración Bush, quizás con excesivo tono didáctico. Greengrass narra el estropicio desde la mirada atónita de un subteniente del ejército americano, Roy Miller (Damon), que se dedica a levantar las alcantarillas de la estrategia neocon con la ayuda de agentes de la CIA opuestos a la guerra. "Cheney y Rumsfeld crearon unidades de servicios de inteligencia alternativos, saltándose los filtros de la CIA y pescando en las aguas podridas de la información fabricada", remata.

¿Es Roy Miller entonces el pueblo americano? "Puede ser, pero no la hice pensando en eso. Más bien pensaba que Miller era yo y mi búsqueda de la verdad". Como suele pasar en Greengrass eso es lo más dificil de encontrar.