Martes, 9 de Marzo de 2010

El Prado abre sus puertas a los vestidos de la guerra

El arte del poder señala la propaganda real en armaduras, pinturas y tapices en los siglos XVI y XVII

PEIO H. RIAÑO ·09/03/2010 - 08:30h

Armadura en primer término y retrato de Carlos V de Tiziano, en Mühlberg. - M. Patxot

Hace 500 años, el poder se vestía de chapa y oro, cabalgaba entre blasones y sólodesenfundaba para defender la nobleza, el honor o la fortuna en caso de justa deportiva. Hace cinco siglos, en la corte española los dioses se hacían uniformes a medida, reforzaban su sagrada majestad con armaduras sin mancha, que regresaban siempre sanas a palacio. Porque durante el Renacimiento las armas eran más un símbolo que sangre, era más propaganda que defensa, más arte que trasto.

Entre 1530 y 1560 ocurrió la época dorada del arte de la armería, protagonizada por la pasión de Carlos V por las novelas caballerescas y por los torneos. Al rey le gustaba el trabajo de campo y dirigir a sus propios ejércitos, difundió su poder real a través del lujo, el arte y la guerra y marcó tendencia entre el resto de reinos: no eras nadie si no gastabas más en una armadura de Desiderius Helmschmid (1513-1579), que en un retrato de Tiziano (1477-1576). De hecho, por la primera se pagaban 3.000 ducados y por el segundo 1.000.

Por primera vez, estos uniformes para la propaganda de la guerra se relacionan con la pintura en el Museo del Prado, en la breve exposición El arte del poder, que se inaugura hoy en la pinacoteca de Madrid, con poco más de 70 piezas. La muestra ya fue visitada por 350.000 personas en la National Gallery of Art de Washington, entre junio y noviembre de 2009, sin el reflejo de estas armaduras en los retratos de Estado que pintaron Tiziano,Rubens y Velázquez y que sólo se verán ahora en El Prado.

De esta manera, se ha enriquecido la revisión de la imagen de los Austrias, los guerreros más decorados de toda la Historia: "Gran parte de estos retratos fueron pintados usando como modelos piezas de la colección de la Real Armería de Madrid, que era la más emblemática a la hora de mostrar la fortuna de la dinastía y su papel como poder dominante en Europa", apunta el comisario de la exposición y conservador de la Real Armería Álvaro Soler del Campo.

Armado hasta los dientes

El encargado del discurso del repaso destaca la combinación entre lo duro y lo suave, entre la armadura y el lienzo, en un momento de cambio social: el paso del Medievo al Renacimiento. Y en esa bisagra cronológica, Carlos V (1500-1558), un rey a camino entre las ganas de pelea y la erudición de los deberes del buen ciudadano moderno. Entre los deberes y las obligaciones del nuevo caballero, con piel de metal repujada, se encontraba la defensa de la religión cristiana, la protección a los débiles, el ejercicio de la justicia y la práctica de la caza y de los juegos caballerescos. Carlos V había refinado su barbaridad con un poco de lecturas.

La caballería, a pesar de que había perdido todo su valor estratégico en las batallas frente al poderío de las nuevas armas como la artillería, vivía entonces su máximo esplendor y sofisticación como elemento de representación del nuevo héroe. Desde el animal hasta la cabeza del jinete, se forraba la imagen real de un arte exclusivo, en el que intervenían junto al armero (encargado del diseño de las piezas), un equipo de oficiales y aprendices, como bruñidores, grabadores, damasquinadores o guarnicioneros, entre otros. "Las armaduras comenzaron a ser consideradas como obras de arte sujetas a un programa iconográfico al servicio del príncipe, no como meros objetos ricamente decorados", explica Soler del Campo.

El emperador creó una increíble armería ligada a los acontecimientos históricos que protagonizó, como la armadura que calzó en 1547, en la victoriosa batalla de Mühlberg sobre los príncipes protestantes alemanes, obra de Desiderius Helmschmid, inmortalizada por Tiziano en el famoso retrato ecuestre de Carlos V. "El binomio Carlos V-Tiziano fue fundamental en la génesis y difusión de este modelo", cuenta el especialista Miguel Falomir en su escrito del catálogo. De hecho, la pieza más impactante de la exposición El arte del poder, en la que también ha participado Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior (SEACEX), es el conjunto del tapiz, armadura y lienzo de Mühlberg. Es en esta pieza donde mejor queda reflejada la intención del comisario.

Tiziano reflejó los pequeños detalles, que copió directamente de la armadura. En los asuntos decorativos de las armaduras carolinas aparecen referencias directas al poder del propietario, referencias indirectas a su poder que reflejan la mentalidad y el mundo cultural contemporáneo, así como motivos geométricos, vegetales, fantásticos. A pesar de su afán protector de la fe católica, los metales que protegían las carnes del ambicioso emperador recogían paralelismos con la Antigüedad y la mitología clásica.

Más libros que metales

Con la abdicación y muerte de Carlos V, Felipe II recupera todas las armas de su padre para que no se pierda su memoria, apunta el comisario. Sin embargo, el nuevo rey ya no es tan amigo de los pasatiempos cortesanos que implicasen juegos de guerra. El ejercicio de las armas pasó a un segundo plano, a favor de la pintura. No era el perfecto deportista, ni el perfecto militar, ni adoraba las armaduras. De hecho, el retrato que hizo colgar en la estancia principal de la batalla de Lepanto, pintado por Tiziano en 1573, refleja a un rey que se encomienda a Dios, que ofrece a su hijo a los cielos, que no pelea, que no va armado hasta los dientes. El retrato armado y rampante se convierte en el retrato del funcionario blando de negro. A Felipe II no le sentaba tan bien el traje de guerra.

La muestra camina por los restos del siglo XVII, en los que las armas y la imagen de Carlos V y Felipe II son fuente de inspiración para algunos retratos. Y remata con el retrato borbónico en armadura, con la llegada de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, último ejemplo de monarca español en armadura, que cierra la exposición, en el famoso retrato de Mengs.

Alvaro Soler del Campo tuvo tiempo para dejar en el mejor lugar la colección de la Real Armería, en competición con el gran número de armaduras de los Habsburgo, que se recoge en Viena: "Ellos nos ganan en número, pero nosotros en calidad. Hay 12 caballos completos hechos por los mejores armadores de la época. La de aquí es pequeña, pero matona".