Viernes, 5 de Marzo de 2010

Sustancia estimulante

RUBEN ROMERO ·05/03/2010 - 13:02h



"La guerra es una adicción". Con estas palabras del periodista Chris Hedges empieza la muy probélica y ‘post reaganiana' ‘En tierra hostil', de Kathryn Bigelow, típico de una directora criada en los conservadores años ochenta.

En aquellos tiempos, frente a manuales del buen patriota como ‘Oficial y caballero' (Taylor Hackford, 1982), también se colaban críticas más o menos veladas al hipermilitarismo, como ‘El pelotón chiflado' (Ivan Reitman,1981). Treinta años más tarde, seguimos igual. Por un lado, ‘En tierra hostil', neocolonialismo fílmico con chute de adrenalina; en frente, ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras', pacifismo de risa fácil y más seria de lo que parece a primera vista.

El punto de partida de la historia, la creación de un batallón de luchadores ‘new age', destinados a acabar con el enemigo con sus poderes psíquicos y alimentados con sustancias estimulantes como la marihuana o los ‘tripis', es genial a todas luces y digno de un Peter Sellers de la época de ‘Un golpe de gracia' (Jack Arnold, 1959). Su inserción en el escenario actual, esa sorda guerra de Irak que sigue cobrándose víctimas con o sin Obama, es pertinente; aunque a algunos adoradores del educadísimo nuevo presidente de EEUU no les guste recordarlo. Y sus interpretaciones, con cuatro actores más que contrastados (McGregor, Clooney, Bridges y Spacey), solventes e hilarantes.

Tal vez sea este último punto el que lleva a algunos a no valorar esta película como se merece. No comparto el entusiasmo crítico por la obra fílmica de los muy hipertextuales hermanos Coen, pero les reconozco una capacidad genial para construir personajes, (en especial secundarios), inmortales. Cuando uno ve a Jeff Bridges, automáticamente ve a ‘El Nota' de ‘El gran Lebowsky' (1997); y Clooney con bigotito a lo Clark Gable nos remite a ‘O brother' (1999). Por si fuera poco, la gráfica publicitaria del filme es clavadita a la de ‘Quemar después de leer' (2008). Así que ya la tenemos montada: director semiprimerizo, actor para más inri, incapaz de llevar a cabo una labor que en manos de los hermanos Coen habría sido una maravilla. Pues no. Probablemente Joel y Ethan se habrían distanciado de la crítica política, perdidos en los meandros de citas que tanto les gustan, más preocupados por jugar al trivial del Hollywood dorado que por meter el dedo en la llaga.

El único problema de ‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras' reside en la incomodidad de subrayar en una pantalla que una guerra sigue latente, por más que ya no acapare noticias en los telediarios del mundo. Que nos lo recuerde sin convertirla en un espectáculo a lo Bigelow y haciéndonos reír se agradece. Si la guerra es una adicción, dejémosla en manos de los fumetas. Total, peor no nos puede ir.