Jueves, 4 de Marzo de 2010

Instantáneas para narrar el exilio

Atiq Rahimi relata con una cámara su regreso a Afganistán tras 18 años

GUILLAUME FOURMONT ·04/03/2010 - 08:00h

a. r. - El centro de Kabul fue destruido por la guerra.

En Afganistán, existe una expresión que no se usa en ninguna otra parte del mundo: "akasse fawri-zarouri"; es decir, literalmente, "fotógrafo inmediato-urgente". En las calles de Kabul, la capital, los fotógrafos están en cada esquina, con sus viejas y pesadas cámaras de placas. El escritor y cineasta Atiq Rahimi nació en esta ciudad y, una noche de diciembre de 1984, la abandonó. El exilio duró 18 años, hasta 2002, cuando Rahimi, para descubrir un Afganistán destruido por "el terror negro de la guerra", regresó a Kabul disfrazado de "fotógrafo inmediato-urgente".

El disfraz no engañó a nadie. "Iba vestido como un afgano, es mi país, mi idioma, pero los niños se reían de mí, incluso me insultaban", explica Rahimi. Y el escritor se convirtió en otro, en el otro yo, en el Atiq que nunca dejó Afganistán y aguantó la invasión soviética, la guerra civil, los talibanes, Al Qaeda y los bombardeos de Estados Unidos. Con su cámara, Rahimi recorrió todo Kabul, sacando a los paseantes, a la gente rezando, la vida cotidiana. Los dos Atiq conversan y aprenden a conocerse. El resultado es un libro, El regreso imaginario (Demipage), que sale ahora en España.

Desde que ganó el Premio Goncourt en 2008 por Syngué Sabour. La piedra de la paciencia (Siruela), su primera novela escrita en francés, Atiq Rahimi encarna para muchos el símbolo del exilio afgano. "Cuando dije que volvía, una revista me propuso documentar mi regreso y me dieron todas las cámaras de última generación", recuerda. Pero no le gustaba lo que veía detrás del visor: "Muchos grandes reporteros sacaron fotografías del Kabul actual. Buscaba mi propia mirada, quería fotografiar las heridas, reencontrarme con mis cicatrices". Y se hizo con una vieja cámara akasse fawri-zarouri.

Un abismo eterno

La herida de Rahimi nace de "la separación". El escritor siempre habla de su pasado con imágenes poéticas o con historias antiguas de Afganistán: "La flauta afgana es un instrumento que se separa en dos trozos, su sonido expresa esta separación. Es la separación de tus orígenes, tu madre, tu tierra. Nace una herida, se crea una abismo en ti hasta el final de tu vida. Todos los exiliados viven con este abismo interior".

Tenía 22 años cuando, en diciembre de 1984, emprendió un viaje hacia Pakistán que considera ahora "la herida original". "No veíamos nunca el final, tras cada montaña nos decían que era la siguiente. Andábamos con nieve hasta la cintura, había minas y lo más seguro era seguir las huellas −cuando había− de los caballos", recuerda. El Ejército Roja, presente en Afganistán de 1979 a 1989, cerró las fronteras y, cuanto "más me acercaba a Pakistán, más podía sentir a los militares, las explosiones. Fue como en una película de acción", añade.

El diálogo entre el Atiq que regresa del exilio y el Atiq que se quedó en Kabul resulta imposible. "Porque él no me esperaba y yo era demasiado ingenuo. Pensaba que iba a reencontrar el país que había dejado y a una población harta de la guerra y del fundamentalismo, con afán de libertad. Me equivoqué", sentencia el escritor.

Y cuenta otra historia: "Nasrudin busca las llaves de su casa bajo una farola. Un amigo suyo le pregunta: ¿Dónde las perdiste? En mi casa, respondió Nasrudin, pero ahí no hay luz. Yo soy como Nasrudin. Perdí en mi país la llave de la libertad y de la identidad y me fui a otro donde había luz, aunque sabía que no iba a encontrar nunca esta llave. Me la invento en mi imaginario, en mis películas y mis novelas".