Miércoles, 19 de Diciembre de 2007

En busca del barco perdido

Un arqueólogo investiga un naufragio de fines del siglo XVII en la costa de Oregon (EEUU). Probablemente es un galeón español, el más septentrional hallado en ese litoral, hundido décadas antes de la exploración documentada de California.

 

JAVIER YANES ·19/12/2007 - 22:15h

Juan Rodríguez Cabrillo fue el primer navegante español que en 1542 fondeó en la costa de Alta California, hoy perteneciente a EEUU. En 1769, la región fue asimilada como provincial colonial del imperio. Fue entonces cuando una serie de expediciones emprendidas por el franciscano Fray Junípero Serra, por orden del rey Carlos III, extendieron la huella hispánica hacia el interior. No hay duda de que los contactos entre españoles y nativos americanos en esa franja del litoral se habían producido ya antes de esa fecha, pero hay poca constancia histórica. 

Durante dos siglos, los residentes del condado de Tillamook, junto al estuario del río Nehalem en la costa de Oregón (EEUU), han sido testigos de la aparición de restos de procedencia desconocida en las playas. Después de un temporal o en mareas excepcionalmente bajas, el Pacífico devolvía fragmentos de porcelana china decorada y bloques de cera de abejas.

 En la década de los cincuenta, comenzó el interés científico por desvelar el misterio del naufragio de la cera de abejas. Desde hace dos años, el arqueólogo del gobierno del estado de Washington, Scott Williams, persigue el esquivo origen de las reliquias.

 En una entrevista a Archaeology Channel, Williams detalla la naturaleza de su estudio. Según el científico, dos naves se hundieron en este rincón de la entonces remota costa noroeste americana, el Santo Christo de Burgos, en 1693, y el San Francisco Xavier, en 1705. Sería, según Williams, el naufragio español más septentrional de aquel litoral.

Varias versiones han atribuido a los restos un origen chino, japonés o portugués. Para Williams, la hipótesis española es la más probable debido al cargamento del barco: la cera.

En Norteamérica no hay abejas nativas y en la época del naufragio no existía este insecto al oeste de las Montañas Rocosas. Por este motivo, los galeones españoles que cubrían la ruta entre Acapulco y Manila cargaban en Filipinas la cera que surtía a las colonias americanas para la fabricación de velas. “Sólo los españoles hacían este comercio, así que sabemos que era un galeón de Manila con rumbo este que se desvió de su ruta. Uno de los barcos desaparecidos transportaba 75 toneladas de cera”, recalca.

Descendientes de españoles

Durante siglos, los indios de la región han empleado puntas de flecha talladas en porcelana y han comerciado con cera de abejas. Pero éste no fue, quizá, el único legado de la nave siniestrada. En 1811, el mercader quebequés Timothée Franchère relató que entre los pescadores indios había un anciano blanco y ciego llamado Soto, que aseguraba ser hijo de un español.

El hombre contó que los supervivientes de un naufragio habían arribado a la costa y habían sido masacrados por los indios clatsops. Sólo su padre y tres más lograron sobrevivir y desposar a mujeres nativas.

Años después, cuando Soto era niño, los españoles abandonaron el poblado para buscar el camino de regreso a casa. Nunca más se supo de ellos. Si éste y otros relatos similares son ciertos, en la costa de Oregón quedó una pequeña comunidad de raíz española.“Ahora empieza lo divertido”, asevera Williams, detallando sus próximos planes.

A partir de mayo, el arqueólogo emprenderá estudios de radar y exploraciones submarinas in situ para tratar de ubicar el pecio y ponerle nombre al galeón perdido.

Un dato a añadir a la investigación es un tsunami que batió la costa en 1700, entre ambos naufragios, lo que podría ayudar a identificar la nave según los restos fueran o no arrastrados por la ola gigante al otro lado de la barra arenosa del río. “Yo me inclino a creer que es el de 1693”, precisa Williams.

"No es una caza del tesoro”, aclara el arqueólogo. “Hemos explicado a la población que no hay oro ni joyas, sólo cera y cosas perecederas, y todo será propiedad del estado de Oregón. El tesoro es su valor histórico y educativo. En las charlas que damos, el entusiasmo de los locales es extraordinario. Incluso si nunca lo encontramos, merecerá la pena”, concluye.