Sábado, 13 de Febrero de 2010

El partido maravilloso

Llega otro Atlético-Barça, un cartel que se ha ganado justa fama de excitante

N.Román, R.Vilar, H. Jiménez y L.J. Moñino ·13/02/2010 - 08:00h

Los Atlético-Barcelona o Barcelona-Atlético siempre prometen goles y emoción.

Dos equipos que se despellejan jugando a las dos porterías, gestos técnicos que graban en la memoria a ejecutores y ejecutados, remontadas tan increíbles como cargadas de fe de los ganadores... Atlético-Barça o viceversa, un partido maravilloso que sobreexcita a los delanteros y castiga a defensas y porteros. Un choque que mañana tendrá otra entrega y que ha parido nombre propios colgados a jugadas virgueras imborrables.

Este duelo ingobernable para las pizarras fue territorio propicio para el talento imprevisible de Romario, que tenía la dañina propensión a dibujarle vaselinas a Abel. O para Kiko, capaz de encoger almas y cortar la respiración con esa interpretación artística y taurina que tenía del juego.

Ronaldo, en su única temporada de blaugrana, lo mismo cañoneaba la portería atlética que sentaba a Geli, enseñándole que el fútbol libertino de las playas de Río fabrica tobillos elásticos. Caminero emergió imperial en muchos de esos partidos para definirlos o para decirle a Nadal, como hacía Garrincha, que parte de la ciencia del regate está en el engaño con el cuerpo.

Para el Atlético, en la medida en la que se ha ido encogiendo en su derbi con el Madrid, este partido le dispara y le envalentona. Torres era un fiel reflejo de esta dinámica. Se le empequeñecía la portería de Casillas y se le agrandaba la del Barça. Sus goles decidieron varios duelos y sus arrancadas en largo parecían más demoledoras y convencidas con el Barça de por medio. Agüero tomó el relevo de Torres y también parece imbuido, con los azulgrana enfrente, de esa excitación que aviva la imaginación para exprimir el repertorio hasta lo inimaginable. El Kun ha liderado las dos últimas victorias atléticas en su estadio (4-2) y (4-3) en clara inferioridad técnica de su equipo.

Ese territorio de lo impensable y lo imposible en el que se aventuran los Atlético-Barça también lo ha pisado Messi. El Calderón, agradecido y entregado, le despidió en pie la temporada pasada tras un hat-trick en el partido de ida de los octavos de final de la Copa. Coupet, su víctima, fue agujereado entre las piernas, burlado en un penalti y sentado y desorientado en un recorte mano a mano que confirma la tendencia de estos duelos. Que excita a los delanteros y que castiga sobremanera a los porteros y a los defensas.

Temporada 91/92. Jornada 26. La rodilla de Abel cuesta un título

Atlético 2 - Barcelona 2. Nunca imaginó Abel que un exceso de confianza acabaría costándole una Liga al Atlético. Los rojiblancos ganaban 2-0 desde el minuto 10, con dos tantos de Manolo. Nadal suavizó el baño en el 74. El Atlético no percibía peligro. El Barça, sin Stoichkov, expulsado, lo intentaba a base de pelotazos frontales. En el 80, uno de esos envíos inofensivos volaba fácil hacia Abel, nada exigido. El meta se confió: evitó agarrarlo con la mano y, sin nadie cerca, trató de amortiguarlo con el muslo para perder tiempo. Falló. El balón no bajó muerto al suelo, sino que salió disparado hacia adelante. Bakero adivinó el error y fue a por la pelota. Llegó antes que el portero y marcó. Empate. Aquel punto que se le escapó al Atlético, viendo el de-senlace final de la Liga (Barça, campeón, tras la derrota del Madrid en Tenerife en la última jornada), le habría hecho campeón. El título se habría resuelto con un triple empate a 54 puntos, Barça, Madrid y Atlético, que habría coronado por el goal average particular a los rojiblancos.

"Fue un balón que venía lejos y fácil. Intenté pararlo con el muslo, pero me dio en la rodilla y se lo regalé a Bakero", se excusa el meta, que acabó absorviendo los silbidos que la grada le había dedicado antes a Zubizarreta. "El balón le llegó a Abel, que salía de cara, pero se entretuvo en el área para perder tiempo y se le fue la pelota. Tuvimos suerte, pero hay que buscarla y nos pasamos el segundo tiempo apretando", reconoce Bakero. "Hicimos todo: el fútbol, tuvimos el balón, fuimos superiores y también la hemos cagado", sentenció luego Luis Aragonés.

Temporada 93-94. Jornada 9. Remontada épica tras un triplete de Romario

 Atlético 4 - Barcelona 3. Pocos partidos ilustran mejor la bipolaridad de aquel Barça de Cruyff, ideado para atacar, "pero no para defender resultados", como recuerda Eusebio, protagonista desde la zaga de aquel episodio de ida y vuelta en el que Romario fue más que nunca un delantero de dibujos animados. "Habíamos hecho una primera parte muy buena; Laudrup conectó muy bien con Romario, que les rompió en defensa con tres goles", rememora el ex centrocampista. "Pero ellos marcaron y creyeron en la remontada. Y a nosotros, que habíamos salido a conservar el resultado, nos faltó intensidad", explica. "Cuando nos empataron, fuimos a ganar y nos cogieron a la contra con Caminero. Nos dio mucha rabia, pero es que aquel equipo no sabía aguantar", reflexiona Eusebio.
A Solozábal le tocó lidiar y sufrir de cerca una de esas noches en las que Romario parecía tan letal como insaciable: "Ese día nos hizo mucho daño.
Tuvo un cien por cien de efectividad. Las tres primeras ocasiones que tuvo las metió, aunque creo que en alguno de los goles pudo haber fuera de juego. Cuando estaba en forma, Romario era así, impredecible y certero".
Solozábal explica el alto voltaje ofensivo de los duelos con el Barça desde los estilos: "Ellos se sentían cómodos atacando y nosotros con espacios. Ir perdiendo es un arma de doble filo porque se arriesga demasiado. Hubo ocasiones en las que la necesidad de remontar me dejaba a mí solo para evitar los contragolpes del
Barça. El equipo estaba volcado en campo contrario y el partido loco". 

Temporada 95-96. Jornada 37. El verdadero autor del gol de Caminero

 Barcelona 1 - Atlético 3. Caminero le quebró de tal modo la cintura a Nadal que el lance lo ha inmortalizado el cine. Pero no fue así. Ahora, no sin ironía, el defensa apenas dice recordar aquel partido. "Debería refrescarme la memoria porque han pasado tantos años, que... ¡Ah! ¿El de Caminero? El regate sí lo recuerdo", dice. "Estábamos en la banda derecha, Caminero tiró el balón hacia adelante, yo quise adelantarme y él se fue por la izquierda. Fue bonito, aunque, más que un regate, fue una anticipación", explica. "Me quedé ahí deseando que no acabara en gol. Pero lo fue. ¡Una putada!", relata Nadal.

El que no olvida aquella fantasía trilera de Caminero es Roberto, que, aunque nadie se lo reconozca, fue el autor del gol posterior al pase de la muerte de su compañero: "En el campo no lo vi bien, pero luego, ¡uffff! Vaya jugada. Normal que se recuerde más a Cami que al gol en sí".

Tan frustrante como que Caminero se apropiara del gol de Roberto fue para Kiko que la casualidad escondiera para siempre la que considera la maniobra de su vida: "Fue en la primera vuelta, ganamos 3-1 también. Estaba de espaldas en el medio campo y me venían el balón y Abelardo. Me abrí de piernas y dejé a Penev solo ante Zubi: de las gradas salió un suspiro seco, como en los toros. El búlgaro falló y me hizo una putada. Tras el partido llamé a mis colegas para haber si lo habían visto, pero resulta que la tele no lo dio, estaba repitiendo un gol. No hubo más noticias de mi hazaña, hasta que, diez años después, Miguélez me habló de la jugada. Le pegué un abrazo...". 

Temporada 96-97. Jornada 12. El abrazo surrealista de Guardiola

 Barcelona 3 - Atlético 3. En medio de otro tiroteo incesante en las dos porterías, con el Camp Nou sobrecargado de la electricidad que se desprendía de ese fútbol a quemarropa, de repente una imagen sobre la hierba acaparó la atención y pasó a la posteridad. Guardiola y Kiko se fundieron en un inesperado y emotivo abrazo tras una pequeña discusión.

"Guardiola estaba muy pesado. No paraba de hablar en todo el partido. A sus compañeros, a nosotros e incluso al árbitro. No paraba de piarla", cuenta el ex delantero rojiblanco. "Dádmela antes"; "ahora achicamos"; "entregádmela para desahogar al central", recuerda Kiko de las constantes órdenes del mediocentro azulgrana a sus compañeros. "El caso es que no paraba de hablar y el árbitro pitó una falta a su favor que no era. Entonces, me dirigí a él y le grité : Ahora no hablas o qué. Se vino para mí, me dio un abrazo y me dijo: Lo siento es que soy así, no me puedo contener".

Si los delanteros asomaban esplendorosos, este sirvió para retratar la pasión y la energía con la que Guardiola vivía los partidos.

"No ubico en ese día el abrazo de Guardiola y Kiko, pero sí recuerdo la imagen. También que Kiko incluso me felicitó por una parada que le hice", cuenta el meta Arnau, que en cambio sí tiene muy grabado el partido en su memoria: "Fue el día de mi debut en Primera. Tenía que jugar Busquets, que cogió la gripe en el último momento. Y a los cinco minutos, me meten un gol. ¡Qué manera de empezar! Fue un partido de esos locos, un Barça-Atlético en toda regla".

1/4 de final de Copa del Rey 96-97. El partido de '¡Pizzi sos macanudo!'

 Barcelona 5 - Atlético 4. El bombo de la Copa del Rey del curso 1996-97 deparó otro inolvidable partido de doble dirección en el Camp Nou, tras el 2-2 de la ida en el Calderón. "Aquella fue una de las eliminatorias más vibrantes: empezó muy pareja y la acabamos de forma heroica", certifica Pizzi cuando rememora aquel partidazo que finiquitó con un gol suyo, culmen de una remontada espectacular. Con 0-3 al descanso, el Barça lo veía negro. "Y más cuando ya habíamos iniciado la remontada y Pantic marcó el 2-4", apunta el ex delantero azulgrana. "Pero Robson nos había dicho que había que terminar con dignidad y el máximo esfuerzo; hablamos entre nosotros y vimos un compromiso muy grande para descontar", revela. "Cuando me llegó ese rechace, cogí el ángulo bueno para cambiarle, dio en el palo y entró. Fue un momento inolvidable". El instante se inmortalizó en la tele catalana al grito de: "¡Pizzi, sos macanudo!".

Al otro lado, pocas veces un jugador se ha ido con cuatro goles en su zurrón y una derrota. "Tengo un recuerdo agridulce. Marcar cuatro goles para nada es muy duro. Cuando pienso en cómo dejamos remontarnos me da rabia. Pero me siento orgulloso de haber marcado cuatro goles en el Camp Nou", argumenta Pantic. "Fue un partido muy extraño. Ya llegó muy movido por las tarjetas que impidieron jugar a Simeone y Geli. Gil no quería que jugáramos y casi no se jugó. Llegamos a las ocho, una hora antes del partido, y en el descanso ganábamos 0-3. Todo era muy raro y desembocó en un partido loco, imprevisible", concluye Pantic.  

Temporada 06-07. Jornada 35. El día que se acabó Fernando Torres

 Atlético 0 - Barcelona 6. A falta de tres jornadas para la conclusión del campeonato, el Barça necesitaba ganar para igualar al Madrid en la tabla y no entregar la cuchara de una Liga que se le escapaba. Aquella exhibición marcó un antes y un después para su por entonces capitán y símbolo. En Torres, el niño, My Story (HarperSport), biografía escrita por Antonio Sanz y el propio futbolista, se relata que aquel 0-6 fue determinante para que Torres abandonara el Atlético. "Pues sí, resultó un punto de inflexión.

Traté de despejar todo lo que castigaba mi mente tras la goleada. El partido no se terminaba nunca, daba vueltas y vueltas en mi cabeza. El desenlace me marcó. Me di cuenta de que para pelear de tú a tú contra el Barça necesitaban pasar entre cinco y ocho años. El ambiente de aquella noche me resultó extraño. Si el Atleti vencía al Barça, beneficiaba al Madrid en la pelea por la Liga. La afición estaba dividida. Unos apostaban por ganar, sin mirar a nadie, y otros deseaban perder para sacudir un bofetón al Madrid. Cuando abandonaba el Calderón, consideré que los clubes que prefieren el mal del adversario a tu propio bien viven muy a la sombra del éxito. Los responsables éramos los jugadores, porque no habíamos sido capaces de transmitir a nuestra gente en qué lado debían posicionarse: ganar sin importarnos que la victoria favorecía al Madrid. Los futbolistas no fuimos capaces, al menos en mi etapa, de aproximarnos a la historia del Atleti. Ese 0-6 me despejó que nos habíamos transportado muy lejos del presente que yo quería vivir".