Domingo, 16 de Diciembre de 2007

Conexión en la cocina

A 45 kilometros de Madrid, el ADSL es una experiencia muy remota

VICENTE F. DE BOBADILLA ·16/12/2007 - 17:07h

Javier Olivares - Ilustración

Hace unos veinte meses que empecé a adentrarme en el tortuoso mundo de los usuarios de la tecnología ADSL. Como escritor y periodista freelance, estaba claro que no me bastaba con gorronear la banda ancha en las redacciones por las que pasaba; la necesitaba en casa. El problema era, precisamente, la ubicación de mi casa. En las afueras de Madrid, pero situada entre dos pueblos, en tierra de nadie, quizá demasiado apartada para acceder al servicio. “No, hombre”, me tranquilizó mi vecino. “Yo lo tengo y me funciona de miedo”.

Nada como un vecino tranquilizador para estos casos. Me dispuse a preguntar a los distintos proveedores de acceso a Internet. Entonces comencé a conocer el miedo. “Uy, pues no estamos seguros”, “deje que lo comprobemos”, “sí, sí podemos instalarle ADSL, por supuesto. En un par de días nos ponemos en contacto con usted”. Dos semanas después: “¿Qué no le hemos llamado, dice? A ver… Pues sí, poder podríamos instalarlo, pero es que hay una sobrecarga en el bucle [sic]. Espere un par de semanas”. Otras dos semanas después: “No, la sobrecarga sigue, lo siento. Y otras dos semanas: “¿Qué? ¿El bucle, dice usted? No, si al bucle no le pasa nada. Lo que ocurre es que no podemos dar servicio a su domicilio”. Ah.

Comprendí que mi casa, a pesar de encontrarse a poco más de media hora de la capital de España, era poco menos que las cordilleras afganas a efectos de Internet. No me rendí, y contraté un servicio de datos 3G, al que agradecí infinitamente que sólo me atara doce meses con su contrato de permanencia. Iba más despacio (ni hablar de bajarme vídeos), no incluía las llamadas… pero tenía cobertura. Más o menos. Y no en todas las zonas de la casa. Mi cuarto de trabajo la disfrutaba… habitualmente. Cuando desaparecía la señal, el mejor sitio para recuperarla era la mesa de la cocina. Los correos, las colaboraciones y el blog se mezclaban con las lentejas y los canelones rossini. Pero yo era feliz.

Menos velocidad
A pesar de ello, un año después volví a intentarlo. Buenas noticias. Las cosas, al parecer, habían cambiado mucho en ese tiempo y podía disfrutar del ADSL en sólo dos semanas. Claro que mi velocidad sería sólo de un megabyte, en vez de los tres por los que, supuestamente, pagaba, pero ¿a quién le importaban esos detalles? Dos semanas, en efecto, tardó en llegar el kit de instalación; y otras dos semanas fue lo que tardé en tener la primera avería.

Hay que decir, de todos modos, que el Centro de Atención Técnica de la operadora correspondiente (seis céntimos por segundo la llamada) funcionaba bastante bien. La primera vez, conseguimos recomponerlo en una media hora. La segunda no hubo tanta suerte, pero al final también lo logramos. La tercera, las cosas se complicaron. “¿No estará mal el router?” “Pues cambienmelo”. “Ah, no, caballero, para eso tiene que hablar usted con la empresa fabricante del router”. “Pero el router me lo han facilitado ustedes”. Por favor, una cosa no tenía nada que ver con la otra, y en la empresa fabricante estaban tan dispuestos a cambiarme el router como Federico Jiménez Losantos a colaborar en Público… Y si uno no llega a tener sobrinos telecos, no sé si habría conseguido ver la luz al final del túnel.

Siguió a todo ello un periodo de relativa paz, durante algunos meses. Pero nada dura para siempre. Con la última avería conseguí, esta vez sí, un cambio de router, y una revisión general de la instalación, incluido el splitter que me instalaron en la segunda avería (pagando, se entiende) para que la alarma de casa no interfiriera con el ADSL. No fue altruismo; es que no tuvieron más remedio, porque no se les ocurría qué podía estar yendo mal. Tras pasearse por todas las habitaciones de la casa, el técnico me ofreció una explicación detallada: “Es que, estando tu casa tan lejos de la central, con cualquier tontería se te jode todo el sistema”. Ya sospechaba yo que todo era culpa mía.

Recientemente, se han dado a conocer datos que indican que España podría estar alcanzando el punto de saturación de líneas de ADSL. Magnifica noticia, que espero se traduzca en mejorar el servicio de los que ya tenemos línea, los que vivimos, al parecer, en zonas tan remotas que somos especialmente propensos a perder la red en cuestión de segundos. Los que no tenemos acceso a alternativas como el cable o a entelequias como el Wimax. Unos cuantos cientos de miles de usuarios que, realmente, sí que estamos alcanzando el punto de saturación.

Un 39% de internautas frente al 80% de Suecia

El “hecho más significativo” de 2007 es “el avance de la dotación de accesos para las áreas rurales”. Lo dice el informe ‘La sociedad de la información en España 2007’ de la Fundación Telefónica, presentado la semana pasada. En todo caso, y según datos de Eurostat, la penetración de Internet en España es del 39%, mientras la media europea es del 49% y del 80% en Suecia, el país líder.

Recientemente, la Comisión Europea ha reprendido a Telefónica porque la banda ancha en Europa es un “20% más cara” en España que en la UE. El 29% de los españoles confesaban al INE en 2006 que no la contrataban porque era demasiado cara, y un 40%, porque no la necesitan.