Archivo de Público
Sábado, 16 de Enero de 2010

Un Jedi en Guantánamo

Un libro revela la historia oculta de la influencia de los métodos paranormales y el control mental en la guerra contra el terror

CARLOS PRIETO ·16/01/2010 - 10:14h

Jeff Bridges aparece rodeado de discípulos en una escena del filme 'Los hombres que miraban fijamente a las cabras'.

Darth Vader, un Jedi con poderes sobrenaturales, era abducido por el lado oscuro de la Fuerza y se convertía en un esbirro del Imperio en La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977). Convertido en el líder de un Ejército brutal, Vader no olvidaba sus orígenes esotéricos. "No se ofusque con este terror tecnológico que ha construido. La posibilidad de destruir un planeta es algo insignificante comparado con el poder de la Fuerza", le espetaba a los militares. Ningún arma podía hacer sombra al poder de la mente, una lección que algunos aplicaban entonces a la guerra de Vietnam.

El año en que se estrenó el filme, el teniente coronel Jim Channon abrió la puerta del Ejército estadounidense a los guerreros Jedi. Lo cuenta Jon Ronson en Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Ediciones B), ensayo sobre la influencia de las técnicas de control mental en las fuerzas armadas que se publica antes del estreno (5 de marzo) de su adaptación al cine, con George Clooney y Jeff Bridges.

Channon era uno de los militares afectados por el Síndrome de Vietnam, depresión causada por la derrota de la superpotencia militar a manos de un pueblo de sagaces campesinos asiáticos. Creía que la tropa debía sufrir una transformación radical para superar el trauma y, avalado por el Pentagono, inició una gira en busca de ideas para convertir al Ejército en una institución más "astuta". Cualquier tipo de ideas. Contra todo pronóstico, Channon se dejó imbuir por las enseñanzas del movimiento que más oposición había mostrado a la incursión en Vietnam: el hippismo. O, más concretamente, por las de su rama más mística, la New Age, cuyos tentáculos se extendían entonces por toda California.

Channon visitó en dos años 150 organizaciones de la Nueva Era, de nombres tan pintorescos como Centro de Retroalimentación de Berkeley, Fat Liberation [Liberación de la grasa] o Beyond Jogging [Más allá del footing], sin olvidar las dedicadas al estudio de los sonidos subliminales: "Jim dijo que quería aprovechar la música para infundirle un espíritu más pacífico al soldado norteamericano", se lee en el libro.

El oficial también se zambulló en las sesiones colectivas de nudismo y baños calientes del Instituto Esalen para el Desarrollo del Potencial Humano. Compartir bañera con un grupo de melenudos desnudos tuvo un efecto fulminante sobre el teniente coronel, que profetizó en su diario que los valores de la Era de Acuario triunfarían en todo el país en la década de los ochenta: el gobierno sustituirá el "afán por explotar los recursos naturales" por "la conservación y la sensatez ecológica", y el sistema económico dejaría de "fomentar el consumo a toda costa", escribió entonces. En efecto, como profeta era un desastre, pero como terapeuta no tenía precio: "Jim necesitaba creer en todo aquello. Las fuerzas armadas, como entidad, estaban traumatizadas, melancólicas y aquejadas de un complejo de inferioridad abrumador. Jim se veía a sí mismo como un ave fénix de la Nueva Era que surgía de las cenizas para traerles la dicha y la esperanza al Ejército y el país que tanto amaba", explica Ronson.

Tras regresar de su viaje, el oficial redactó un informe confidencial -el Manual de operaciones del Primer Batallón de la Tierra- que presentó a sus superiores en la base militar de Fort Knox. Channon iba cuesta abajo y sin frenos desde la primera línea: "Al Ejército norteamericano no le queda otra alternativa seria que ser maravilloso", escribió para arrancar. Luego exponía los cambios drásticos que había que aplicar a la institución castrense.

El nuevo uniforme de combate debía incluir "bolsas para reguladores de ginseng y un altavoz que emita de forma automática música indígena y palabras de paz". Si el enemigo hacía caso omiso a los cantos pacifistas, los altavoces de los soldados emitirían "sonidos discordantes" y los de los vehículos militares "rock ácido de forma descompasada". Y en caso de necesidad imperiosa, también se podía activar una máquina que irradiaría al enemigo con energía positiva.

Para rematar su informe, un Channon absolutamente enfebrecido enumeraba las características del futuro soldado americano: debía "enamorarse de todos, intuir el aura de las plantas, detener los latidos de su corazón sin sufrir daño, ser capaz de oír los pensamientos de otras personas, tener experiencias extracorpóreas y aprender a masajear y limpiarse el colon". Sí, han leído bien, masajearse el colon.

Revolución en el cuartel

El informe causó sensación entre algunos altos cargos militares. En la base militar de Fort Meade (Maryland), se creó una unidad secreta de espionaje psíquico formada por soldados con habilidades paranormales. En palabras del antiguo espía psíquico Glenn Wheaton, se trataba de formar "guerreros Jedi". Una labor en la que se implicó en cuerpo y alma el general Albert Stubblebine III, jefe del servicio de inteligencia de las fuerzas armadas, entre 1981 y 1984.

"Stubblebine estaba plenamente convencido de que Estados Unidos, la gran superpotencia, debía ser defendida por personas con superpoderes. Y creía firmemente que la capacidad de atravesar objetos llegará a ser algún día un arma habitual de los servicios de inteligencia", cuenta Ronson. Tan convencido que, lo crean o no, Stubblebine se estampó en un par de ocasiones contra la pared de su despacho al intentar atravesarla a gran velocidad. "Estaba dispuesto a convertir a sus 16.000 soldados en personas capaces de doblar objetos con la mente y atravesar paredes. ¿Quién se atrevería a meterse con un Ejército así?", se pregunta el escritor.

Entre otras muchas misiones, en el verano de 1983, el general ordenó al equipo de espías psíquicos de Fort Meade que adivinaran en qué habitación de un chalé de la ciudad de Panamá dormía el general Noriega para colocar allí micrófonos. Y, ya puestos, que adivinaran en qué pensaba Noriega cuando se recluía en su domicilio. Y todo ello sin salir de Fort Meade, a unos 3.500 kilómetros de Panamá.

"Mandos militares se apuntaron a la New Age tras el fiasco asiático"

 Otro hombre clave fue el coronel John Alexander, que en los años ochenta organizó en la base de Fort Bragg (Carolina del Norte) una serie de talleres con la intención declarada de crear un soldado con poderes sobrenaturales. Hubo de todo: desde experimentos telepáticos, hasta sesiones de meditación y clases de Jun Tao, un arte marcial místico muy especial. El profesor de Jun Tao Guy Savelli no sólo enseñaba a los soldados a romper bloques de hormigón con las manos, sino también a lograr que el enemigo se olvidara de lo que estaba a punto de decir ("Tienes que desearlo con la mente", explica Savelli) o aprender a tumbar (y matar) cabras con la mente.

Alexander, amigo íntimo de Al Gore, escribió en 2001 un informe secreto sobre armas no letales inspirado directamente en el manual de Channon. Proponía el uso en combate de objetos tan variopintos como una bomba fétida discriminatoria de razas o el Holograma de la Muerte, cuya función parece sacada de un filme del inspector Clouseau: "Sirve para dar un susto de muerte. Por ejemplo, un capo de la droga con problemas cardíacos ve aparecer el fantasma de su rival muerto junto a su cama y muere a causa del miedo".

Pese a que, según el escritor, Channon "albergaba las intenciones más nobles y un hondo anhelo de paz", sus enseñanzas acabaron sirviendo de "inspiración para una forma de tortura extraña aplicada por tropas estadounidenses en Irak en mayo de 2003": el uso de luces parpadeantes de discoteca y canciones de Barrio Sésamo para torturar prisioneros en Al Qaim.

Aunque Channon admite en el libro que el uso de estas melodías era uno de sus legados, pensaba que se hacía para "intentar relajar el ambiente y proporcionar algo de comodidad a esas personas". Ronson discrepa: "Creo que Jim se imaginaba algo más parecido a una guardería que a un contenedor de acero en pleno desierto donde se les obligaba a escuchar las canciones miles de veces. Me recordaba a un abuelo incapaz de concebir que sus nietos pudieran portarse mal".

Laboratorio infernal

Un año más tarde estalló el caso de las torturas en Abu Ghraib, que enfureció a uno de los militares hippies, el general retirado Albert Stubblebine. "Esto no fue iniciativa de unos jóvenes soldados", contó a Ronson."Si se hubieran ceñido a las ideas de Channon -dijo aludiendo a la música alta y al uso de frecuencias-, no les habría hecho falta recurrir a esas técnicas de mierda".

Quizás, pero el hecho es que el creador de los soldados Jedi parecía estar siendo abducido por el lado oscuro de la Fuerza. Channon comenzó a asesorar en 2003 al general Pete Shoomaker, jefe del estado mayor del Ejército, para crear un think tank que "alentara a los militares a elevar su mente muy por encima del pensamiento convencional". Un proyecto que, según Channon, surgió cuando "Donald Rumsfeld pidió abiertamente aportaciones creativas sobre la guerra contra el terrorismo".

"Las fuerzas armadas estaban traumatizadas y melancólicas"

Sobra decir que la mayor explosión de creatividad se produjo en Guantánamo. "Más que un centro de detención, era un laboratorio de interrogación experimental, un hervidero no sólo de agentes de inteligencia, sino también de ideas", opina Ronson. Un laboratorio donde las palizas iban acompañadas de extraños ruidos industriales y canciones de Kris Kristofferson.

El Jedi Jim Channon se había convertido en Darth Vader. "Las ideas de Channon sedujeron a algunos altos mandos que nunca se habían considerado seguidores de la Nueva Era pero que, en medio de la histeria post-Vietnam, estimaron que aquello tenía sentido. Sin embargo, el Ejército, en virtud de su propia naturaleza, recuperó su fuerza y descubrió que algunas de las ideas de Jim podían utilizarse para doblegar a las personas en vez de para sanarlas. Dichas ideas perviven en la guerra contra el terrorismo", zanja.