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Miércoles, 13 de Enero de 2010

"El único problema de verdad es el de la crisis"

Los vicenses, autóctonos o foráneos, conviven al margen de la polémica

TONI POLO ·13/01/2010 - 05:30h

Una mujer magrebí paseando, ayer, por la plaza Major de la localidad de Vic (Barcelona). - MANU FERNÁNDEZ

El ritmo de la ciudad de Vic (Barcelona) era, ayer por la tarde, el de siempre. El frío no invitaba a salir a la calle. La gente, implicada y a la vez ajena al debate sobre el derecho o no a empadronarse de los inmigrantes sin papeles, se encontraba en su puesto de trabajo, se tomaba un café en un bar o se protegía de la lluvia fina bajo los pórticos. Todo en orden, aunque la polémica flotaba en el ambiente.

"Pero, ¿el alcalde se ha creído que es Zapatero, o qué?". La pregunta, con un indudable tono de humor y en un catalán muy esforzado, se la plantea un inmigrante sin papeles de Guinea (no quiere dar su nombre) al camarero de un bar del barrio inmigrante del Remei. Junto al subsahariano, su compatriota Daniel apura un café con leche y sonríe: "Yo me he integrado de puta madre con la gente de aquí". Trabaja desde el año 2005 en una fábrica de embutidos, tiene papeles en regla, permiso de residencia, contrato laboral, está empadronado... Lo tiene todo. Pero Daniel entiende que muchos de los suyos no tienen esa suerte y lamenta la actitud del regidor de Vic: "Todos tenemos derecho a vivir, seamos de donde seamos. Si la cosa acaba como quiere el alcalde, puede haber problemas con mucha gente", advierte, preocupado por familiares y amigos.

Integración ejemplar

El camarero del bar comparte la opinión de Daniel y asegura no haber tenido nunca problemas con ningún inmigrante. Sin embargo, no todo el pueblo opina igual: "El buen rollo es evidente, pero habría que entrecomillarlo", aclara. "Aquí ha costado mucho asimilar a la gente de fuera, pero sobre todo por diferencias culturales. La gente le tiene más miedo a la diferencia que al racismo. Los problemas no los crean los inmigrantes, sino la gente que no los acepta".

Jordi Zamora, desde detrás de la barra de otro bar, en la bellísima plaza Major de Vic, tiene otro discurso. "Creo que la discriminación es hacia la gente de aquí", se queja. Zamora considera que dan demasiadas ayudas a los extranjeros y que eso perjudica a la gente del pueblo: "No he podido llevar a mis hijos a un colegio público porque no había plazas, ya que ellos [los inmigrantes] las copan todas".

"Si la cosa acaba como quiere el alcalde, puede haber problemas"

Quico, vicense de toda la vida, contradice estas opiniones. Él piensa que la convivencia es ejemplar, como la distribución escolar, que garantiza un reparto igualitario en todas las escuelas, con cerca de un 20% de alumnado inmigrante.

Pero Zamora, que vive en el barrio del Remei, donde la población inmigrante ronda el 40%, no culpa de los problemas a los venidos de fuera, por mucho que siga convencido de que les quitan el trabajo a los autóctonos: "Yo también me aprovecharía", dice. Cree que el problema es político: "Por lo mal que está montado todo, que se permite a la gente pagar miserias por trabajos".

Su compañero de barra, "Edu, para los amigos", colombiano que lleva diez años en España (el último, en Vic), reconoce que, a pesar de compartir el idioma (no como africanos, orientales o europeos del Este) le costó "horrores" integrarse, pero ahora está encantado. Y no entiende la actitud del alcalde: "La gente no tiene posibilidad de trabajo... ¿Y ahora tampoco les van a dejar empadronarse? Pues peor todavía... Son personas, necesitan ir al médico, servicios... Vivir".

"Los conflictos los crean los que no aceptan a los inmigrantes"

Dolors, auxiliar en una farmacia junto a la plaza Major, no ve conflicto racial: "Estamos hablando de personas y, como tales, tienen derechos", dice. "No puede ser que en un piso de 70 metros cuadrados vivan 25 personas, debe haber un control, de acuerdo, pero la solución del alcalde no es la más idónea...".

Dolors valora la actividad de los Espacios de Bienvenida Educativa, por donde han pasado 134 niños y niñas en el primer curso. "Es encomiable que niños magrebíes hablen catalán entre sí", señala.

A unos minutos de ahí, un niño marroquí de diez años habla en un catalán muy cerrado. "La mayoría de mis amigos son de aquí", afirma el crío sonriendo. Se ha adaptado al lugar a la perfección. Igual que su paisano carnicero o que los indios que regentan un locutorio. "Los problemas de verdad son los que trae la crisis. No hay otros", coinciden todos.