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Viernes, 8 de Enero de 2010

Nacho: en paro, 35 años y sin techo desde hace tres meses

El temporal y la llegada de un nuevo perfil de usuario por la crisis lleva al límite de su capacidad a la mayoría de los albergues

SUSANA HIDALGO ·08/01/2010 - 07:30h

Por el día, Nacho busca trabajo por Madrid como camarero. - GABRIEL PECOT

Yo lo que echo de menos es trabajar", contesta Nacho Sánchez, de 35 años, desde el pasado agosto en paro y desde octubre durmiendo en un albergue de Madrid para gente sin techo. Nacho también echa de menos estar con su hija, que vive en Guadalajara, y tener su propio hogar, "con un armario donde dejar las cosas". Porque ahora no lo tiene: duerme en el albergue de San Juan de Dios, en Madrid, pero a las nueve de la mañana los usuarios (estos días el recinto está al límite de su capacidad: 140 personas) tienen que abandonar las habitaciones. Y no pueden dejar nada dentro de ellas, "por si acaso hay alguna pérdida", aclara Andrés Gabaldón, director técnico de la institución.

Con la cama hecha, Nacho se lanza a la calle a buscar trabajo como camarero. Ayer nevó en Madrid durante todo el día, pero Nacho se pateó la zona centro y entró en varios bares a preguntar. Un abrigo rojo con capucha para guarecerse del frío y una mochila a la espalda con algunas cosas. "En todos me han dicho que no necesitan gente", comentó durante la comida, sentado a la mesa con su madre en la residencia para mayores donde ella, Pepita, está ingresada.

Se calcula que en España hay entre 20.000 y 30.000 personas sin hogar

Nacho es un sin techo desde hace tres meses. Cobra "muy poco" del paro y procura tener los mínimos gastos posibles. Trabajaba como camarero en un balneario de Trillo (Guadalajara) y en agosto, tras una baja por enfermedad, su jefe le despidió. Después, Nacho aguantó dos meses en la localidad manchega y marchó a Madrid pensando que en la capital habría más oportunidades. "Los dos primeros días dormí en la calle", explica, y su madre se asombra: "Eso no lo sabía yo". "Pues ahora ya lo sabes", contesta él.

Al límite

Este hombre es uno de los nuevos usuarios que la crisis económica ha llevado a los albergues. No hay ninguna estadística oficial sobre cuántos indigentes hay en España, pero distintas asociaciones estiman que oscilan entre los 20.000 y los 30.000. Además, Cáritas alerta de que esta cifra puede aumentar en breve. Esta entidad atendió a 800.000 personas sin recursos el año pasado, el doble que en 2007, cuando la recesión empezaba a asomar.


Nacho come todos los días con su madre, en la residencia de esta. - GABRIEL PECOT

Los albergues están al límite estos días. En Madrid hay 1.806 plazas disponibles y el temporal de frío y nieve ha empeorado las cosas. "Cada vez vienen más y tenemos que derivarlos a otros sitios", afirma el director del albergue madrileño de San Juan de Dios, que funciona desde hace 30 años. La reciente muerte de dos mendigos en Andalucía en diferentes sucesos (otro más ha resultado herido) ha pasado desapercibida para los usuarios de este centro, ocupados todo el día en conseguir salir adelante.

"Deprimiéndonos no conseguimos nada. Hay que tener la cabeza alta y sonreír"

Nacho es positivo y espera encontrar trabajo "pronto". "Deprimiéndonos no conseguimos nada, hay que tener la cabeza alta y sonreír", afirma. En cambio, Dimitru, rumano de 52 años, lo ve todo "más negro". Dimitru ha inventado "un tenedor para aceitunas" y "un cargador solar para teléfonos móviles", pero no tiene dinero para patentarlo. Entre invento e invento, trabajó nueve años en Madrid como maquinista, pero hace un año se quedó sin trabajo, mandó a su familia a Bucarest y se quedó en la calle. Cuando por la mañana tiene que irse del albergue, hace lo que la mayoría: "Me cuelo en el Metro y me pongo a dar vueltas a la línea 6 (línea circular) para pasar las horas". Luego, se busca la vida para comer en algún comedor social y regresa al albergue, a partir de las 16.30 horas, cuando vuelven a abrirlo.

Allí, muchos matan el tiempo en la sala de espera. De pronto, suena el teléfono de cabina que hay en el vestíbulo y uno de los indigentes lo descuelga y suelta: "¿Mansión de los Black?" para a continuación colgar. El resto de los presentes estalla en carcajadas. El efecto de la broma dura varios minutos, algunos lloran de la risa. "Es lo mejor que me ha pasado en días", afirma, doblado, el sin techo que ha descolgado el teléfono.