Archivo de Público
Martes, 5 de Enero de 2010

La ambigüedad moral en tiempos de guerra

La novela de intriga 'El cuarto oscuro de Damocles' analiza la actitud de Holanda frente al nazismo

CARLOS PARDO ·05/01/2010 - 06:00h

La resistencia de los Países Bajos durante la ocupación nazi no ha tenido el tirón romántico de, por ejemplo, la francesa. Se dice que los holandeses (como sus vecinos belgas flamencos) colaboraron con el invasor desde 1940 hasta 1945. Fueron "ocupados de primera". Pero qué duda cabe que las cosas no fueron tan simples. Esta ambigüedad es la matriz de la que han salido algunas de las mejores obras de la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX, como El cuarto oscuro de Damocles (Tusquets), primera novela de Willem Frederik Hermans publicada en España.

Hermans es uno de los principales escritores del existencialismo

Comparado a menudo con Kafka por su descreída visión de la libertad del hombre, Hermans (Ámsterdam, 1921-Utrecht, 1995) es uno de los principales escritores europeos de lo que en la posguerra se llamó existencialismo. Polemista nato, defendió su derecho a discrepar en algunas causas peligrosas entre ellas una visita a la Suráfrica del apartheid, estando casado con una mujer negra que le valieron la expulsión de la Universidad de Groninga. En 1973, se instaló en París.

El cuarto oscuro de Damocles es su novela más célebre, traducida a multitud de idiomas y con más de 40 ediciones en Holanda desde su publicación en 1958. Su protagonista, Henri Ousewoudt, bajito y con voz aguda, se convierte en un héroe de la resistencia holandesa casi a su pesar. Hasta entonces, la vida de Ousewoudt consistía en plegarse a unas circunstancias que rozan lo grotesco: su madre mata a su padre en un ataque de locura, él se casa con una prima mayor que él y vive con un sentimiento de inferioridad latente hasta que aparece Dorbeck, una especie de doble del propio Ousewoudt.

Dueño de su propia vida

Dorbeck es casi idéntico en altura y facciones, pero como si fuera una copia mejorada: emprendedor, con barba y voz viril. O más bien como si la copia fuera el propio Ousewoudt. Dorbeck le encargará misiones de sabotaje que harán de Ousewoudt el dueño de su vida, un hombre moral: "Después de conocer a Dorbeck, quise algo por primera vez, aunque sólo fuera ser como él, querer lo mismo que él. Y querer lo que quiere otro ya es más que no querer nada".

También es capaz de construir una compleja trama de intriga policial

Hermans profundiza en su análisis de la ambigüedad moral de la Holanda ocupada y de la tendencia delatora que todo burgués lleva dentro. Cada ciudadano es un policía al servicio alemán, primero, y luego un patriota liberado dispuesto a solventar rencillas.

En la imposibilidad de definir lo bueno por oposición a lo malo, Hermans es un moralista del pesimismo, capaz de poner en boca de un oficial de las SS que "para un político es más efectivo eliminar a una víctima inocente que castigar a alguien culpable, ya que la víctima inocente liberada le guardará rencor, mientras que alguien culpable, si es indultado, estará agradecido".

Ousewoudt sufre por ser bueno. Es triturado por una realidad sin justicia ni coordenadas morales, donde cada punto de apoyo es un nuevo abismo. En su huida de una cárcel a otra, dos figuras cobran una importancia especial: Marianne, una judía que le ayuda a ocultarse, y una parodia del súper hombre, que tendrá una aparición fugaz en uno de los presidios, fugaz y significativa para comprenderlos límites morales en los que se mueve esta novela.

Hermans posee una prosa construida con percepciones irónicas que desembocan en el absurdo, es capaz de construir una compleja trama de intriga policial que mantiene atrapado al lector. En su acerba visión del ser humano, aislado en un mundo donde el hombre es un fiscal para el hombre, el escritor holandés no tiene modelo.