Sábado, 15 de Diciembre de 2007

Envejecer entre rejas, el 2% de la población reclusa tiene más de 60 años

EFE ·15/12/2007 - 13:05h

EFE - Fotografía de archivo (19/10/05) del ex recluso Eduardo Tagua, de 68 años, en el exterior del centro penitenciario de Albolote (Granada).

El dos por ciento de la población reclusa española, unos 1.400 hombres y mujeres mayores de 60 años, de un total cercano a los 70.000 presos, pasa entre rejas el tramo final de su vida, si bien nadie muere hoy de viejo en la cárcel.

En octubre pasado, un juez de Monzón (Huesca) ordenaba el ingreso en prisión de José G., de 84 años, como presunto autor de la muerte de su cuñado. El mismo destino ha tenido el hombre de 78 que hace unas semanas se entregaba a la Guardia Civil tras asesinar a su esposa, de 76, en la localidad cántabra de Puente Arce.

En ambos casos se sobrepasa la edad, 70 años, a partir de la cual, y según el artículo 196 del Reglamento Penitenciario, un preso puede conseguir la libertad condicional por razones de edad o enfermedad terminal.

Según ese artículo, es el juez de vigilancia penitenciaria quien decide sobre la libertad condicional después de tener en sus manos un expediente cuya tramitación es iniciada por la Junta de Tratamiento del centro en el que cumple condena el penado septuagenario, y en la que están representados la dirección, psicólogos y educadores, trabajadores sociales, médicos y juristas criminólogos.

"Se analiza caso a caso. Los delincuentes habituales o reincidentes tienen un mal pronóstico, como los autores de delitos muy violentos, los pederastas,...", destaca José Díaz, jurista criminólogo en la prisión madrileña de Soto del Real.

El expediente, según el Reglamento Penitenciario, tiene que incluir, entre otros documentos, un informe pronóstico de integración social del penado, un resumen de su situación penal y penitenciaria, los permisos de salida disfrutados y sus incidencias, las sanciones, si las ha habido, un programa individual de libertad condicional y de seguimiento, y el compromiso de acogida por parte de la familia, personas allegadas o instituciones sociales extra-penitenciarias.

En el mismo artículo se dice que la Administración "velará para facilitar al penado el apoyo social externo cuando carezca del mismo".

En un porcentaje elevado, según José Díaz, el juez, "normalmente muy sensible a estos casos", concede la libertad condicional. "Siempre que el delito no sea ni muy grave ni muy reciente, o que el preso no sea reincidente", recuerda María Yela, psicóloga con larga experiencia profesional penitenciaria.

Existe además la alternativa de que el preso abandone la cárcel con una pulsera de vigilancia en un brazo.

EDAD Y SALUD

La edad es un factor que se toma en consideración "pero no es el único", insiste José Díaz, quien apunta que el estado de salud, física y mental, es también determinante. "El pronóstico -continúa- hay que relacionarlo con la actitud mental de delinquir y con la situación física".

"Se tiene muy en cuenta la buena conducta, que el preso no sea peligroso, que tenga sus necesidades vitales cubiertas y una cobertura familiar más o menos estable", añade Yela, quien insiste en la "especial atención y cuidado" que existe hoy con la población reclusa de más edad.

Matías Muñoz, director de la prisión de Aranjuez, tiene en su centro cinco presos mayores de 70 años, de un total de 1.700. Personas que o bien están pendientes de juicio o que por la gravedad del delito cometido no han conseguido la libertad condicional.

"Son presos, aquí y en cualquier otra prisión -dijo Muñoz a EFE- que conviven sin problemas con el resto de reclusos más jóvenes. Son buenos presos, en general".

El estado físico, la salud, determina su ubicación en el centro. Si es buena, conviven con el resto de presos en las unidades de adultos, pero si presentan algún problema son derivados siempre a la enfermería, donde cumplen su condena. "En general -apunta María Yela- los jóvenes veneran a los ancianos. Les respetan y cuidan".

El problema surge cuando un penado logra la libertad condicional o finaliza el cumplimiento de su condena y su familia se niega a acogerle -un caso muy frecuente en los delitos de violencia doméstica-, porque por medio casi siempre hay problemas psiquiátricos, o no tienen a nadie fuera que se haga cargo de ellos.

CENTROS DE ACOGIDA

En esos casos Instituciones Penitenciarias se encarga de buscar una residencia geriátrica pública, "aunque no es fácil", afirma José Díaz, o recurre a instituciones humanitarias que gestionan centros de acogida, como Cruz Roja o la ong Horizontes Abiertos, que trabaja dentro y fuera de las prisiones.

Para el fundador y presidente de Horizontes Abiertos, el religioso Jaime Garralda, el problema no es tanto la edad como el estado de salud, física o mental, de los que salen de la cárcel y no tienen a nadie.

"Nosotros les proporcionamos un hogar, un ambiente lo más parecido a una familia. Allí se convierten en los abuelos del resto de residentes, normalmente enfermos de SIDA. Con buena salud se aguanta todo", afirma el padre Garralda.

Aunque ocurre en contadas ocasiones, hay reclusos que, a pesar de conseguir la condicional, se resisten a abandonar la cárcel, porque allí "son alguien y tienen sus necesidades cubiertas. Pero no es lo normal", dice María Yela. Casi siempre sufren algún tipo de trastorno mental.

"Son casos muy aislados. Además ahora ya no se rompen totalmente los vínculos con el exterior, con la calle o la familia. Hay permisos, comunicaciones vis a vis, ...", comenta al respecto José Díaz.

De la cárcel "todo el mundo quiere salir", apunta Jaime Garralda desde su dilatada experiencia con presos. "Nadie quiere quedarse en prisión", abunda el director de Aranjuez, Matías Muñoz.

En lo que están todos de acuerdo es en que no haya centros exclusivamente para reclusos de la tercera edad, como ocurre en otros países. "No sería bueno -afirma Matías Muñoz-, porque la convivencia tiene que ser como es fuera, en la calle, con personas de todas las edades".

"Nadie lo ha propuesto, y confío que nadie lo haga. Eso sería como un gheto. Además, normalmente este tipo de presos no requieren una atención especial. Y cuando es necesario, hay alternativas fuera de la prisión, que no puede convertirse en un geriátrico", opina José Díaz.