Sábado, 15 de Diciembre de 2007

Confesiones del hombre que mató a 492 personas y duerme tranquilo

Como miles de matones en Brasil, Julio Santana presta sus servicios a alcaldes, políticos, empresarios, latifundistas o maridos celosos. Casi todas las muertes de este pistolero están aún sin esclarecer

BERNARDO GUTIERREZ ·15/12/2007 - 09:50h

Después de cada muerte, el ritual siempre era el mismo: rezar diez ave marías y veinte padres nuestros. Ni uno más, ni uno menos. Tras la rezo-terapia, Julio se deshacía de la culpa. Y tenía la certeza de que nunca iría al infierno. Hace treinta y seis años, cuando mató a su primera víctima, un imberbe Julio no consiguió pegar ojo ni probar bocado. Después de 492 muertes, aprendió a convivir con los cuerpos sin vida que dejaba a su paso, a olvidar el peso de sus víctimas. “Al principio, soñaba con los muertos constantemente. Pero llegó un día en el que entendí que era parte de mi profesión y lo asimilé”, asegura Julio Santana desde algún rincón perdido de la geografía brasileña.

Su voz suena tímida al otro lado del teléfono. Las frases, entre amplios silencios, llegan entrecortadas, como si el arrepentimiento le amordazase el cuello o el recuerdo de los muertos le asfixiase. “Tengo la conciencia tranquila. No maté a una sola persona por voluntad propia. Sólo porque alguien me pagaba para ello”, afirma Julio Santana.

Silencio. Respiración lenta. Ahora, Julio se relaja, se confiesa sin nervios/presión.

Después de que el periodista Klester Cavalcanti publicase el libro O nome da morte, editado en portugués por Planeta, Julio Santana ha pasado a ser un personaje público. Un héroe/villano que despierta miedo, desprecio e, incluso, admiración. Casi todas sus muertes –niños, adolescentes, mujeres, ancianos– están sin esclarecer. Impunidad para los contratantes y para la mano ejecutora. Y nadie (sólo Klester) sabe dónde se esconde Julio, el señor de la muerte, un asesino de alquiler al servicio de alcaldes, políticos, empresarios, latifundistas o maridos celosos. “Es una profesión como otra, nada más. Igual que la de chófer o camarero”, asegura Julio sin tono de arrepentimiento.

Matar al padre borracho

Desde que se jubiló, en junio de 2006, Julio quiere “vivir en paz con su mujer y sus dos hijos”. Su último trabajo fue, según Julio, “sencillo”: un joven de 24 años le contrató para matar a su padre porque siempre llegaba a casa borracho. Aquella madrugada, después del crimen, tomó un bañó. Se acostó al lado de su mujer. La abrazó. Y susurró: “Se acabó”. Atrás quedaron los muertos. Casi 500, entre ellos cuatro  menores de 16 años y 59 mujeres. 

Julio, entre silencios, recuerda cómo entró por casualidad en el negocio de la pistolagem, como se conoce en Brasil a la industria de pistoleros. Un día, el 7 de agosto de 1972, su tío Cícero llegó a su casa, en la paupérrima localidad de Porto Franco, aislada en la Amazonia, en el estado de Maranhão, a orillas del río Tocantins. Y le sugirió matar a Amarelo, un hombre que había violado a una ñiña. “Me ofreció mucho dinero y mucha comida. En mi familia, no teníamos nada. Acepté porque no tenía muchas salidas en la vida. No sabía entonces que mi tío era matador profesional”, asegura Julio. Aquella noche, después de “apuntar a Amarelo al corazón como si fuese una fiera” y apretar el gatillo, Julio durmió mal. Se juró que “nunca más mataría a nadie”. Apenas tenía 17 años. No sospechaba entonces que nunca tendría otra profesión.

Pato Donald mortal

Cada página, un nombre. Y los detalles del trabajo: fecha, nombre del contratante, precio. El cuaderno de la muerte, con una desgastada portada del Pato Donald, acompañó a Julio en sus últimos 36 años. En él, figuran historias que ni la imaginación más truculenta podría sospechar. Muertes, muertes, muertes. A navajazos. O con su inseparable pistola de 38 milímetros. Muertes/asesinatos como la del sindicalista Nativo da Natividade, en Carmo Verde, a quien liquidó en 1985 por encargo de Roberto Pascoal, el alcalde de la ciudad. O la de los seis agricultores que masacró en Pimenta Bueno, en 1987. O la de un banquero endeudado de Teresina, en 1983, que asesinó la misma noche en la que conoció a su futura esposa. O como la muerte de la guerrillera Julia Petit, en el sur de Pará, donde operaban la guerrilla del Araguaia contra la dictadura brasileña. El caso de Julia Petit ocupa un espacio relevante en el libro de Klester Cavalcanti. Y es que no es para menos: Julio Santana fue reclutado como pistolero a sueldo por el Ejército brasileño. Desde la destartalada ciudad Imperatriz –sembrada de prostíbulos y miseria–, Julio Santana se convirtió en todo un “caza comunistas”.

Entres sus hazañas principales, destaca la captura del José Genuino, futuro diputado y presidente del Partido de los Trabajadores (PT). “Yo ni tenía odio ni simpatía por los comunistas. En aquella época, no entendía por qué eran bien acogidos por la población que los ocultaba, pues mi tío los comparaba con el demonio. Pero para mí era un servicio más”, afirma Julio Santana. ¿Convicciones políticas? “No, nunca he votado en toda mi vida”, matiza el pistolero.

Dos momentos difíciles

Cuando a Julio se le pregunta si hubo alguna muerte especialmente difícil, no responde con claridad. ¿Alguna más difícil de ejecutar?¿Alguna que pese más en la conciencia? Julio reacciona. Habla de dos momentos difíciles. El primero, en mayo de 1987, en Tocantinópolis. Después de matar a Alzimara, una joven de  29 años, Julio fue detenido. La única vez en su vida en la que se vio entre rejas. Gracias a su mujer, que sobornó al comisario con una motocicleta, Julio salió libre. Y el segundo caso, la muerte por equivocación, en 1982, de João Baiano, un garimpeiro (buscador de oro) de 19 años, en la Serra Pelada, la mayor mina de oro del mundo. “Maté a un inocente, me equivoqué. Aquel es el muerto que más ha aparecido en mis pesadillas”,  confiesa Julio. 

¿Qué se siente al apretar el gatillo? ¿Al cobrar por ello? ¿Qué pasa por la cabeza de un mercenario de la muerte? Julio –voz amable, frases sencillas llenas de errores léxicos– confiesa que no produce placer, sino “más bien un alivio”. Y se refugia, erre que erre, constantemente en una idea: “Yo nunca maté con ganas de matar. Sólo porque me pagaban”.

Reconoce, eso sí, que entró en el la profesión porque le gustaban las “aventuras y cambiar de lugar”. ¿Y qué se siente después de disparar? ¿Haciendo desaparecer a una persona demasiado inocente? ¿Qué hay tras el disparo a bocajarro?.

–Julio, en febrero de 1978, usted mató a un niño de 13 años. Era el hijo de un matrimonio que trabajaba en condiciones análogas a la esclavitud. Ellos se escaparon y el terrateniente te contrató para matar a su hijo. Después, les amenazó con matar a los otros hijos para obligarles a volver. ¿No se sintió especialmente culpable?

La línea cae. Julio, sin voz ni eco al otro lado del teléfono, se hace invisible. Desaparece. ¿Será que Julio Santana, por un día, alguna vez, sintió una culpa que ni todos los padres nuestros del mundo pudieron limpiar?

Nadie al otro lado… “¿Julio, Julio?”. Julio no responde. Klester Calvancanti ya me advirtió: “Está nervioso. No quiere que su mujer le escuche”. Desde que Julio confesó a su mujer, muchos años después de casarse, que era asesino a sueldo, su matrimonio fue una tortura. Ella (de quien oculta el nombre a toda costa) le recriminaba constantemente su profesión. Incluso, le amenazó duramente con abandonarle y huir con los hijos. Julio, con sangre de plomo, respondía siempre lo mismo

–Mujer, es mi profesión. ¿Qué voy a hacer?

Currículum impecable

Julio nunca supo hacer otra cosa que matar. Y aunque prometió durante años colgar la pistola, no lo hizo. Su fama legendaria en Porto Franco (donde vivía). Su currículum impecable. Todo una vida de muertes perfectas. Y una lluvia de encargos.

Julio reaparece al otro lado de la línea. Su voz tímida renace. Ahora, algo nerviosa.

Llegó la hora de la mano izquierda. De la diplomacia.

–Julio, usted siempre fue un profesional que cumplió la ética de los pistoleros.

Silencio. Respiración relajada. Y Julio brillando, aparecido, limpiando su conciencia inconscientemente. “En el mundo de los pistoleros, existen reglas. Y yo siempre cumplí”, matiza. Julio se refiere a las cinco reglas que su tío Cícero le inculcó desde adolescente. Una especie de cinco mandamientos que compiten de alguna manera con el bíblico “no matarás”: “Nunca matar a una mujer embarazada. No robar a las víctimas. No matar a otros pistoleros. No hacer servicio sin cobrar antes. No matar a nadie cuando duerma”.

 En O nome da morte, Julio confiesa que se convirtió en un pistolero porque quería ser rico. Acumular bienes. Casas. Dinero. “Al final, me di cuenta de que tampoco tenía tanto. No sé si había valido la pena”, afirma Julio. Cuando embarcó con su familia hacia “un lugar remoto donde nadie me conociese”, hizo un balance de lo que había conseguido: una casa pequeña, una TV de 20 pulgadas, un aparato de sonido, un DVD, un Fiat 147. Y una lancha. ¿Había valido la pena derramar tanta sangre? Julio, aquel adolescente que comenzó a matar porque con lo que ganaba “compraba todas las coca-colas que quería”, habla cada vez más suave. Como anunciando una retirada definitiva. Antes, su última confesión: sigue soñando con João Baiao, el garimpeiro inocente. “Es como si Dios no me hubiese perdonado del todo”, matiza. Cuando aquel joven de 19 años interrumpe sus sueños, Julio se lava la cara. Respira en profundidad. Y reza. Como siempre: diez ave marías y veinte padres nuestros. Ni uno más ,ni uno menos. D

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