Martes, 11 de Diciembre de 2007

De menores inmigrantes a mayores mileuristas

Hicham y Mohammed llegaron escondidos en un camión y ahora viven felices en España

OLIVIA CARBALLAR ·11/12/2007 - 20:43h

"Éste es échame agua”. A Hicham se lo engullen sus carcajadas cuando recuerda que la pronunciación de Mohammed en español (mójame) es sinónimo de échame agua. Y así presenta a su amigo. Lo hace un segundo antes de que sus mismas carcajadas lo vomiten bañado en tristeza, justo cuando se le viene a la memoria el ruido del camión en el que llegó escondido a España. Hicham y Mohammed eran, hasta que cumplieron los 18 años, hace unos meses, dos de los 1.071 menores inmigrantes que viven en Andalucía en centros de acogida. Ahora son mayores y mileuristas.

Acaban de estrenar un piso de alquiler en Córdoba, por el que pagan 500 euros, junto con Omar, otro joven. “Tiene de todo, sólo faltan mujeres”, bromean. Ambos trabajan en la hostelería. Hicham es responsable de cocina en un fogón uruguayo y cobra 1.200 euros mensuales. Mohammed, 900. Aún es pinche.

Ese día no recibieron ni llamadas ni emails, pero tienen teléfono móvil y Messenger. También una bici. Y aunque Hicham es más presumido que Mohammed –se peina con gomina– los dos van a la última. Hasta aquí, la historia hace un favor a sus orígenes.

Hicham vivía en Beni Mellal, una ciudad cercana a Casablanca, con sus padres y sus tres hermanos. Dejó de estudiar a los 13 porque en la casa necesitaban dinero. Su padre, policía, se quedó ciego y sólo recibía una mínima pensión. El niño estaba desesperado y, sin decírselo a nadie, logró colarse en un camión en Tánger que lo llevó hasta Puente Genil (Córdoba). No recuerda cuántas horas pasó escondido, pero sí cada segundo del mes que durmió en la calle. Cuando se le pregunta cómo vivió –o malvivió– ese tiempo, a Hicham se le cae la mirada al suelo como si le pesara toneladas.

La suerte de Mohammed no envidia nada a la de su amigo. Su padre murió cuando tenía 12 años y la situación, junto a sus seis hermanos, en El Kelaa Sragnah –centro del país–tampoco era mejor que la de Hicham. Él sí contó a su madre que se venía. Y lo aceptó con “muchísimo miedo”.

Ejemplo de superación

Ahora Mohammed y Hicham trabajan en España, son felices en España y encarnan el ejemplo de superación en España. Pero no quieren quedarse. Quieren volver a Marruecos. “Cuando el dinero que gano aquí me permita hacer una vida allí”, dice Hicham.

“Si a esos niños se les envía a Marruecos sin finalizar su formación aquí, es muy probable que quieran arriesgar otra vez sus vidas en un camión o una patera”, asevera el Defensor del Menor andaluz, José Chamizo, sobre la reagrupación familiar de 988 menores no acompañados en Andalucía, actualmente paralizada.

El acuerdo, firmado en marzo por España y Marruecos, no gusta a las ONG. Según Amnistía Internacional, entre 2006 y este año, al menos 11 sentencias han constatado que se pone en riesgo la seguridad de los niños.  “Nos topamos con la inexistencia del sistema de protección marroquí”, afirma el vicepresidente de Andalucía Acoge, Ángel Madero. La Junta de Andalucía, sin embargo, reitera que se dan las garantías legales.“El derecho del menor comienza por devolverlo a su familia”, recalcó recientemente la consejera andaluza de Igualdad, Micaela Navarro.

Por la frontera, y ya de forma legal, pasó dos veces Hicham este verano. De ida –“me dio alegría ver a mi familia”, dice– y de vuelta. Casi todos los cd y dvd que hay en el piso se los trajo de Marruecos en ese viaje. Hicham se queda embobado frente al televisor ante Nabila. “¿A que es guapa?”, pregunta. Nabila, morena y voluptuosa, es cantante.

Dinero para casarse

Son casi las siete de la tarde. En la casa comienza a oler a tomate y cebolla. Mohammed cocina un revuelto. Han ido a hacer la compra: leche, té, detergente... Ponen la primera lavadora. Y tienden. Hicham lo hace a regañadientes. “No me voy a casar hasta que tenga dinero. Quiero que ella esté en casa”, aclara Mohammed. ¿Y por qué no puede trabajar, como las mujeres que hacen este reportaje? Mohammed calla y disfraza una sonrisa tímida de mueca.

Y la mueca se convierte en miedo. “¿Vas a contar lo del camión?”, insiste Hicham. “No te va a pasar nada, ya tienes papeles”, lo tranquiliza su antiguo tutor.  “¿Y esto va a salir en toda España? Te dejo mi móvil y me avisas, ¿vale?”. Hicham, aquí está.