Archivo de Público
Viernes, 23 de Octubre de 2009

Millennium 2... o un esfuerzo para no dormirse

RUBÉN ROMERO ·23/10/2009 - 10:49h

En titánica lucha contra mi yo íntimo, fui capaz de no cerrar los ojos durante los 129 minutazos que dura este producto audiovisual llamado Milleniun 2. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, adaptación de una novela multimillonaria del escritor sueco de novela negra Stieg Larsson.

Yo conseguí no dormirme, pero no ocurrió así con el colega periodista que tenía al lado, que al cuarto de hora estaba sopa perdido. Cuando le recriminé y afeé su falta de profesionalidad, propia de próceres de esto del cine y el periodismo, de quienes se hallan a miles de kilómetros de distancia (sobre todo en retribuciones económicas), mi amigo argumentó lo siguiente: "Cuando voy a un cine, quiero ver cine, no televisión".

¡Acabáramos! Lo que da a un crítico cinematográfico el derecho a echar una cabezadita o no es el destino último de la obra expuesta y, como quiera que en principio la segunda y la tercera parte de las adaptaciones de las novelas de Larsson estaban destinadas a la pequeña pantalla, pues eso: cine, bueno; tele, caca...

Entonces, ¿cómo explicar que una de las mejores películas de cine negro de finales del siglo XX, La última seducción (John Dahl, 1994) estaba destinada a la televisión? ¿Y que una de las mejores películas de la historia, Psicosis (1960), fue rodada con el equipo televisivo de Alfred Hitchcock presenta...?

'Psicosis' fue rodada con un equipo de televisión

Está bien claro: el medio no define la calidad del producto, por más que la crítica rancia afirme lo contrario una y otra vez. Dicho esto, podemos afirmar con total y absoluta tranquilidad que Millennium 2 es mala de solemnidad por sí misma, sin excusas televisivas que valgan: porque la historia no tiene ritmo, porque es un thriller que no cumple el mínimo común denominador de la aritmética del suspense, porque las escenas están rodadas como si fueran pruebas de casting y porque tiene una no-puesta en escena que, en ocasiones, provoca la sensación de que su director, el sueco Daniel Alfredson, ha dado como tomas buenas aquellas en las que los actores ensayaban mientras el operador de cámara se estaba zampando con toda tranquilidad el bocata del mediodía. Para olvidar.