Viernes, 7 de Diciembre de 2007

Delibes y sus "Cinco horas con Mario"

EFE ·07/12/2007 - 10:17h

EFE - El escritor Miguel Delibes observa el libro "Luces, trazos y palabras", un homenaje artístico y literario al escritor vallisoletano, que se presentó el pasado octubre.

Dedicar esta crónica semanal a un autor vivo no es un contrasentido, y afirmar que escritores como Gabriel García Márquez o Miguel Delibes son clásicos vivos de la literatura en español creo que es un aserto que pocos se atreverán a rebatir.

El escritor vallisoletano, con 87 años, asegura en sus últimas entrevistas que ya ha escrito cuanto tenía que decir, pero su silencio actual no hace olvidar que deja tras de sí una obra rica y entrañable que vencerá sin dificultades el paso del tiempo, ya que es este, a la postre, el crítico que concede la patente de clásico.

Cualquiera de las novelas de Delibes, incluida la última, la magnífica "El hereje", sería merecedora de un comentario, pero quiero fijarme hoy en una de sus obras más emblemáticas, "Cinco horas con Mario", ya que en ella arriesga con un formato complicado, el del monólogo interior, y logra que el estriptis de la protagonista desnude en realidad a la sociedad española de la época.

Carmen, como indica el título, vela durante cinco horas el cadáver de su marido, Mario, un catedrático de instituto, y en ese tiempo, que coincide más o menos con las cinco horas que se tarda en leer la novela, recordará la vida en común con su marido, al que dedica constantes reproches que, sin embargo, no empañan la imagen que el lector se va forjando del difunto.

A través de los recuerdos de Carmen se van retratando los caracteres de los dos antagonistas. Ella, hija de militar, representa la educación más clásica de la mujer en la posguerra española, inculta, superficial y con todas sus miras puestas en el matrimonio.

Mario, en el otro extremo, es una persona culta y comprometida, que acude a trabajar al instituto en bicicleta, como signo de austeridad, lo que avergüenza a su esposa, que siempre le recriminará que ni siquiera hayan comprado un seiscientos.

La verborrea de Carmen, su resentimiento por los más ínfimos detalles, su egoísmo, su cortedad de miras, incluso sus tics y gestos, como el estirarse constantemente el suéter negro que se le ha quedado algo estrecho, acaban provocando en el lector una aversión irrefrenable. Esa mujer tan pagada de sí misma es una lerda odiosa.

Por el contrario su marido, constantemente vituperado por ella, se va perfilando como un hombre preocupado por los demás, serio, responsable, crítico con el régimen franquista, avanzado en sus ideas y con una personalidad insobornable.

Muchos lectores caen en la trampa que les tiende Delibes y terminan aborreciendo a Carmen e idealizando a Mario. Pero el lector atento recapacita y, si es honrado, trata de vencer su repulsión por la esposa, pues esta mujer podría ser nuestra madre, o nuestra abuela, y su única culpa es la de ser producto de la educación de su tiempo.

La estupidez de la viuda es irritante, sí, pero debemos ver también a la madre abnegada que ha zurcido muchos calcetines y ha hecho muchos números para sacar a su prole adelante; mientras tanto el marido, tan perfecto, se ha volcado en los demás, pero, ¿ha hecho algún esfuerzo por desasnar a su mujer y hacerle partícipe de sus inquietudes?