Jueves, 6 de Diciembre de 2007

El coste de la Amazonia

Frenar la deforestación de la mayor selva tropical en 30 años supondría una inversión de 177.241 millones de euros, según un informe presentado en la Cumbre de Bali

BERNARDO GUTIÉRREZ ·06/12/2007 - 21:37h

Imagen de un bosque arrasado en la selva de la Amazonia. AFP

¿Por qué no pagar a quien mantenga las selvas en pie? Si los países contaminantes adquieren créditos de carbono en el tercer mundo, ¿por qué no ampliar el mecanismo y comprar oxígeno directamente en los bosques húmedos? Eliminar la deforestación de la Amazonia ahorraría al planeta la emisión de 47.000 toneladas de dióxido de carbono. Exactamente 23,5 veces más que lo contemplado en los Mecanismos de Desarrollo Limpio del protocolo de Kioto (2.000 millones de toneladas). Y el coste para conseguir la meta de deforestación 0 en 30 años no es tan elevado como podría parecer a primera vista: 177.241 millones de euros. O sea: 3,70 euros por tonelada.

Un informe presentado en la XIII Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC), que se celebra en Bali, evalúa el precio de la deforestación amazónica. El estudio, elaborado por el Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (IPAM) y por The Woods Hole Research Center (WHRC), propone medidas para salvar el pulmón del planeta.

"El mundo tiene que reconocer los servicios ambientales prestados por la Amazonia. Por eso la humanidad tiene que compensar a Brasil para que la preserve", afirma a Público Paulo Moutinho, director de investigaciones del IPAM, que se encuentra en Bali.

En las últimas semanas, la idea de pagar a los países que conserven sus bosques está tomando fuerza. Además del citado informe, en Bali se han presentado dos más en la misma dirección. Greenpeace ha propuesto la creación de un fondo internacional de 9.550 millones para compensar a los países que mantengan la superficie de sus selvas.

Ambición indonesia

La propuesta de Indonesia, el tercer país en superficie selvática tras Brasil y República del Congo, es más ambiciosa: el precio de Yakarta para conservar sus 73,2 millones de hectáreas asciende a 191.724 millones de euros. "Sin dinero no hay bosques y no hay futuro. Los mecanismos de venta de derechos de emisión de carbono puestos en marcha por Kioto son insuficientes e ineficaces", aseguró esta semana en Bali Paulo Adagio, máximo responsable de la Campaña por la Amazonia de Greenpeace.

Y es que el tercer mundo se ha dado cuenta del potencial de sus selvas para combatir el cambio climático. Y cada vez hay más unanimidad: la factura verde debería pagarla el primer mundo. El estudio del IPAM, en palabras de Paulo Moutinho, sugiere la creación de tres fondos compensatorios para la Amazonia. El primero, el Fondo para los Pueblos de la Selva, propone donar 124,13 millones de euros por año a los habitantes de la Amazonia. La cantidad serviría para incentivar la agricultura sostenible y mejorar la atención sanitaria de esta población de la que depende el 26% de la Amazonia. El segundo sería un fondo gubernamental para Brasil que alcanzaría hasta 131 millones de euros por año. Y el tercero, 6,20 millones, estaría destinado a los propietarios privados de selva, para que aumenten el porcentaje conservado.

Sin embargo, a pesar del clamor popular para pasar el cheque verde de la Amazonia al primer mundo, la postura oficial de Brasil se opone a ello. Cuando menos, es reacia. Thelma Drug, secretaria de los Cambios Climáticos del Ministerio de Medio Ambiente de Brasil, aseguró esta semana en Bali que está en contra "de incluir las selvas en los mecanismos de crédito de carbono porque incentivaría a que el primer mundo siguiese contaminando". "Los problemas ambientales tienen que ser resueltos allí donde se crean", matizó Drug.

 

El fantasma de la internacionalización 

En Brasil, la leyenda de la internacionalización de la Amazonia es una de las más extendidas. Muchos brasileños piensan que en los mapas escolares de Estados Unidos se estudia que la Amazonia “pertenece a un poder internacional” e incluso que en Inglaterra circulan pegatinas con el lema: “Conserva la Amazonia, mata un brasileño”. De hecho, uno de los discursos más difundidos por Internet es la respuesta de Cristovam Buarque, ex ministro de Educación de Brasil, a un estudiante estadounidense que le preguntaba si no debería internacionalizarse la Amazonia. Después de afirmar que apoyaba la medida si el mundo internacionalizase la riqueza y patrimonios históricos como los de París o Venecia, Buarque concluía el discurso, contundente: “Mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia sea nuestra.... ¡Sólo nuestra!”. 

A mediados de los setenta, los militares brasileños comenzaron a tachar a los ambientalistas de “enemigos apátridas”. En la cumbre del clima de Río de Janeiro, en 1992, se llegó a pedir la “utilización de las FuerzasArmadas para proteger la Amazonia”. El tráfico internacional de biotecnología azuzó el fantasma de la tesis de la internacionalización en los años noventa. Y provocó, según la socióloga Andréa Zhouri, la vigilancia militar de la selva. De hecho, el presupuesto del Sistema de Vigilancia de la Amazonia (Sivam), militar, consume 965 millones de euros por año, está infinitamente mejor dotado que el Sistema de Protección de la Amazonia (Sipam), 100 % civil.

Noticias Relacionadas