Miércoles, 5 de Diciembre de 2007

La reconstrucción tras las cenizas

PATRICIA RAFAEL ·05/12/2007 - 21:16h

Daniel Pozo - Las familias trataban ayer de reconstruir sus casas tras el incendio.

Unos les dieron mantas. Otros ayudaron a quitar los restos de las chabolas chamuscadas. Algunos más les llevaron ladrillos y cemento. Y así, uno tras otro, para lograr que una veintena de familias rumanas gitanas, que suman 30 niños, puedan volver a dormir bajo un techo después de que el lunes ardieran sus 10 chabolas.

El terreno para ubicar las nueva casas vuelve a ser el mismo: uno de los tantos recovecos de la carretera de Valdemingómez, la zona más degrada de Cañada Real Galiana. Ayer a las cuatro de la tarde las nuevas viviendas, esta vez hechas de ladrillo para evitar la propagación del fuego, ya se levantaban medio metro sobre el suelo.

Ionel, de 32 años, casado y con ocho hijos, escuchaba las indicaciones de un arquitecto voluntario de la parroquia de Santo Domingo de la Calzada. "Han venido unos albañiles y nos están ayudando a levantar las casas, aunque ahora se ha acabado el cemento y estamos esperando a que traigan más", cuenta el hombre, que trabaja construyendo piscinas y tuvo que pedir unos días libres a su jefe para dedicarse a su vivienda.

"Oímos una explosión, una chabola empezó a arder y el fuego se propagó muy rápido", describe Parashiva, de 29 años. En la zona había 10 chamizos, todos fabricados con tablones de madera, por lo que el incendio los consumió en un momento. Salieron con lo puesto, no les dio tiempo a salvar nada.

"Llevo dos días con la misma ropa, igual que los niños, tampoco nos hemos podido lavar", se lamenta Parashiva. Desde el lunes duerme con su familia en casa de su hermana, que también vive en la Cañada. Dice que en tres habitaciones se hacinan unas 43 personas, la mayoría, inquilinos de las chabolas quemadas.

Dominica tiene 28 años, pero aparenta muchos más. Arrastra un carricoche con su hija de dos años. Su chabola también ardió. Ella y su familia llevan dos días durmiendo en casa de un primo, pero ayer pensaban hacerlo en su coche. Por eso, su marido, Marcel, se ufanaba en cargar la batería del vehículo, para tener calefacción, y en colocar los cristales de las ventanas delanteras que alguien les había robado.

Las nuevas casas discurren en hilera y todas comparten pared. Todas, menos la de Dominica. "Me da mucho miedo el fuego y prefiero que estemos un poco más alejados por si vuelve a pasar", se justifica la mujer.

Junto a los cimientos de las viviendas, donde ahora se apila un montón de tablones, quieren construir unos baños. De momento un viejo quiosco de helados les da una intimidad provisional. A las cinco de la tarde el camión que debe llevar más cemento y ladrillos está a punto de llegar. En menos de tres días esperan estrenar sus nuevas casas.

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