Martes, 4 de Diciembre de 2007

«Volé en mitad del bosque y desde entonces soy inválido»

Channeng perdió las piernas por un explosivo oculto en la tierra

D.B. ·04/12/2007 - 10:35h

Víctor Lerena / EFE - El obispo español Enrique Figaredo y un joven mutilado por las minas antipersona, durante la presentación de un informe que denuncia los efectos de este armamento.

Los cuatro niños juegan y sonríen ante decenas de cámaras en la sede de Greenpeace en Madrid con total naturalidad. Son Kuen, Mao, Nak y Channeng, cuatro niños de Camboya tan acostumbrados a vivir la tragedia de cerca que no pierden la sonrisa. Sólo cuando Channeng, el mayor de los cuatro con 19 años, cuenta su drama vital endurecen el gesto.

“Nací huérfano y a los dos meses mi madre nos abandonó por la pobreza”. Channeng comienza así el resumen de su tortuosa vida, que apenas llega a los 20 años. Con 15 y un trabajado futuro laboral por delante junto a su hermano mayor, su vida saltó por los aire. Fue al bosque a por leña para construir su casa y una mina antipersona le dejó sin las dos piernas y sin uno de sus brazos.

“Volé hacia arriba en mitad del bosque. Me llevaron al hospital y desde entonces estoy inválido. Durante tres meses no quería hacer nada con mi vida, hasta que la Cruz Roja me trajo una silla de ruedas y me llevó con el padre Kike”. Channeng, entre lágrimas, se presta a contar sus penas para colaborar con la persona que le sacó adelante: Kike Figaredo.

El único momento de flaqueza en su voz aparece al recordar el momento en el querecuperó el optimismo. El religioso, que le acogió en su centro para niños discapacitados en Camboya, trata de tranquilizarle mientras traduce sus testimonios. “Cuando llegué al centro vi a otros niños con problemas que reían y jugaban felices. Eso me abrió los ojos y me ayudó para mirar hacia adelante”.

A su lado, atentos al discurso de su amigo, los otros tres niños recuerdan con su mirada sus experiencias. Mao, una chica de 17 años, retoca el dobladillo de su pierna invisible, perdida también en una excursión por leña. Los dolores que sufre a veces le hacen mirar al futuro con ganas de ser médico.

A su lado, Nak, de 11 años, observa su brazo de plástico. Hace 10 meses vio un objeto redondo, metálico y llamativo. Lo cogió y explotó. Se llevó también uno de sus ojos. Su sonrisa e inquietud enseñan a sus compañeros el camino. A Nak no le ha dado tiempo a pensar en su porvenir, pero Channeng sí lo tiene claro, quiere ser informático.

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