Lunes, 3 de Diciembre de 2007

Mucho dolor y algún grito extemporáneo

Contenido funeral de Estado por el agente Raúl Centeno

JUANMA ROMERO ·03/12/2007 - 07:30h

EFE - El padre de Raúl Centeno, deshecho por el dolor, ayer, en el funeral de Estado por su hijo.

La entereza tiene un límite. Las rígidas costuras de las convenciones, también. Aquella franja en la que el dolor salta como un resorte, se arroja hacia fuera, asciende hasta hacerse visible. Entonces ya es insoportable y nada puede pararlo.

La punzada, profunda, recorrió ese trayecto zigzagueante ayer. Serpenteó en los rostros de los padres, el hermano, la novia y los familiares más próximos de Raúl Centeno durante el funeral de Estado que presidieron los reyes y los príncipes de Asturias en el patio de Armas de la Dirección General de la Guardia Civil, en Madrid. El dolor empujaba por salir al comienzo de las exequias. Sacudió pronto y con fiereza al hermano del guardia asesinado por ETA. Explotó cuando el acto avanzaba hacia el final.
Los padres arrinconaron ya la templanza. Lloraron. Se derrumbaron cuando el general jefe de Información de la Guardia Civil les entregó la bandera que cubría el ataúd, el tricornio y las condecoraciones que el rey le había impuesto: la Cruz de Oro al Mérito de la Guardia Civil y la Medalla de Oro al Mérito Policial, los máximos galones en ambos cuerpos.

El himno de España y la Marcha fúnebre de Chopin despidieron las exequias y taparon la congoja de los allegados. Se podía entrever la cara descompuesta de sus compañeros, agentes llegados de todas las unidades de España y de todos los empleos. Allí estaban también sus más inmediatos colegas, los del Grupo de Apoyo Operativo (GAO). Ocho de ellos se encargaron de portar el ataúd a la llegada y a la salida del patio. Después de la misa corpore in sepulto, que finalizó pasadas las dos de la tarde, los restos de Raúl fueron trasladados al cementerio de La Almudena para ser incinerados en una ceremonia más íntima.

Que ETA “salga de la ceguera”

En el funeral hubo palabras y mucho silencio. Ninguna autoridad habló. Sólo se oyó la admonición del vicario general castrense, Ángel Cordero: “Que [ETA] salga de la ceguera y abandone el camino de la destrucción”. El prelado tocó el “inmenso dolor por este trágico y vil atentado”, justo cuando "todos esperábamos el final de la violencia", recordó los 206 guardias civiles muertos por ETA y trajo el lamento del Papa. Benedicto XVI, dijo, está "profundamente apenado".   

Por eso los gritos sonaron extemporáneos. Los hubo. Afloraron, tímidos, suaves, tras la vitoreada llegada de los reyes. “¡Viva Zapatero!”, “¡Viva la Guardia Civil!”. Nadie se inmutó. El presidente del Gobierno y sus seis ministros (Pedro Solbes, José Antonio Alonso, Alfredo Pérez Rubalcaba, Miguel Ángel Moratinos, Mariano Fernández Bermejo y Elena Salgado) mantuvieron su rictus hierático. Igual que los miembros del PP (Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Ángel Acebes), IU (Gaspar Llamazares) o el propio presidente del Supremo, Francisco José Hernando.

Pero acabada la misa varios asistentes al funeral y unas 60 personas ya en la calle insultaron al presidente del Ejecutivo (“¡Hijo de puta!”, “¡Cabrón!”, “¡Traidor!”, "¡Sinvergüenza!", "¡Échale huevos, Zapatero!"). Los populares formaron corrillo y salieron después. Ellos se llevaron los aplausos. La política, la bronca política, se volvió a colar sin invitación.

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