Domingo, 2 de Diciembre de 2007

"De repente, te consideran inútil"

El caso de J.L. es paradigmático de la prejubilaciones en España. Trabajó durante casi 50 años en BBVA; denunció ante los tribunales que le discriminaron por negarse a jubilarse y ganó.

V. ZAFRA / A. ESTRADA ·02/12/2007 - 20:32h

J. L. empezó a trabajar en BBVA, entonces Banco Bilbao, a los 15 años. Entró de botones, pero estudió Económicas y se presentó a todas las oposiciones que se convocaron en el banco, lo que le permitió ascender paulatinamente hasta llegar a jefe de área de Informática y responsable de administración en el departamento de Soporte Técnico de Oficinas (jefe de tercera, según las categorías bancarias).

Ahí se paró su carrera. La entidad le propuso prejubilarse a los 57 años y él se negó a aceptarlo con las condiciones que le proponían porque suponía perder el 40% de su pensión de jubilación (le pagaban hasta los 60 años y a esa edad pasaba a cobrar la pensión con una reducción del 8% anual durante los cinco años que faltaban hasta los 65 años). A partir de ahí, su vida laboral se convirtió en un infierno.

"Me hicieron la propuesta antes de vacaciones y la rechacé. A mi vuelta, me encontré la mesa ocupada. Habían puesto a una persona para sustituirme y nadie me había avisado. Para colmo, tuve que estar tres meses formando a mi sustituto", explica J. L.

A partir de ahí, dejaron de darle tareas. Sus funciones durante muchos meses consistieron en hacer fotocopias o poner etiquetas en archivadores. Por entonces, todavía tenía el sentido del humor suficiente para ironizar; aseguraba que era el empleado mejor pagado del banco por cada minuto de trabajo.

Traslados y sueldo congelado

La desaparición de sus responsabilidades fue unida a la congelación del salario porque las valoraciones anuales para el bonus variable pasaron a ser "horrendas". El día que dejó la entidad no cobraba mucho más que seis años antes.

Además, le cambiaron de lugar de trabajo en varias ocasiones. En una de ellas, se encontró sin mesa, sin silla, sin ordenador y sin tarea asignada, ni siquiera la de hacer fotocopias. En ese momento, decidió presentarse como delegado sindical. "Nunca he tenido espíritu sindicalista, pero es la única fórmula de defensa que se me ocurrió para que no siguieran trasladándome", afirma. A la media hora de salir elegido, le dieron mesa, ordenador y teléfono, pero no trabajo.

Pidió muchas veces que le encomendaran funciones, pero siempre se negaron porque estaban convencidos de que no iba a aguantar la presión y se iba a prejubilar.

No contaban con el aguante de J. L., una cualidad que comparten todos los montañeros. Precisamente, uno de sus compañeros de escalada, abogado de profesión, le animó a denunciar a la entidad.

Te hacen sentir un inútil

Ahora que ha ganado el caso, después de tres largos años de proceso y una baja de 18 meses por depresión, J. L. sigue sin entender "por qué se ensañaron así" ni "por qué, de la noche a la mañana, de ser una persona válida paso a ser un inútil". "Un día, de repente, te consideran inútil y te hacen sentir que no vales nada".

Te sientes impotente e injustamente tratado, porque  llevas toda la vida tirando del carro y, de repente, ya no sirves", añade J. L., quien asegura que en sus últimos años de trabajo le llamaron de todo "menos guapo" y le apartaron del trabajo sin justificación.

Él se animó a pleitear, con el apoyo de su amigo de la montaña, pero no se atreve a recomendárselo a otros compañeros en la misma situación: "psicológicamente es muy duro", conseguir las pruebas suficientes lleva mucho tiempo, y cada vez es más difícil porque las entidades "van aprendiendo".

Incluso asegura que se lo pensaría dos veces si tuviera que volver atrás, aunque también se dice a sí mismo que nunca se hubiera perdonado  no haber luchado hasta el final. "El que quiera, que se arme de valor porque se puede ganar, pero hay que tener mucho aguante porque es David contra Goliat", recomienda.

Una de las cosas que más le enfada es que los altos directivos de las entidades financieras son personas de más edad que los que obligan a prejubilarse. "Para ellos todo es válido. Ellos sí pueden ejercitar la labor y, sin embargo, nosotros estamos acabados", concluye.

No obstante, comprende perfectamente a quienes se prejubilan en cuanto se lo ofrecen y admite que él lo hubiera hecho si las condiciones hubieran sido mejores.

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