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Viernes, 30 de Noviembre de 2007

25 años del falso corazón

El primer corazón artificial, llamado Jarvik 7 en honor a su inventor, Robert Jarvik, se diseñó con el objetivo de sustituir a la bomba, en pacientes con insuficiencia cardiaca terminal. El primer receptor vivió 112 días.

AINHOA IRIBERRI ·30/11/2007 - 17:46h

Mañana se cumplen 25 años desde que el cirujano William DeVries implantara, en el Centro Médico de la Universidad de Utah (EEUU), un dispositivo que pretendía sustituir de forma permanente el órgano más importante del cuerpo humano, el corazón.

Sin embargo, la efeméride se puede calificar como agridulce. Aunque sin duda constituyó un hito en la medicina moderna, un cuarto de siglo después, el sueño que perseguía DeVries sigue sin cumplirse del todo.

No existe un corazón artificial que permita a un paciente de insuficiencia cardíaca terminal reemplazar un órgano que ya no es capaz de cumplir con su principal función: bombear la sangre que el cuerpo necesita para mantenerse con vida.

Conseguir un corazón artificial es un reto tradicional de la medicina. En palabras del responsable del servicio de Cirugía Cardíaca del Hospital de Bellvitge de Barcelona EduardCastells, a mediados de los años sesenta, la ciencia tenía dos grandes aspiraciones: llegar a la Luna y desarrollar un corazón artificial. “Evidentemente, se dedicaron muchos más recursos a la primera que a la última. En 1969, el hombre llegó a la Luna y, hoy día, todavía no existe el corazón artificial permanente”, lamenta Castells.

Es evidente que el médico estadou-nidense especialista en biomateriales Robert Jarvik no pensaba así, cuando presentó al mundo la criatura de cuya primera implantación se cumplen ahora 25 años, el Jarvik 7.

Su prototipo no era el primer intento de corazón artificial. En 1969, el cirujano Denton Cooley, del Hospital de Saint Luke, implantó un prototipo a Haskell Karp, un paciente de 47 años que llevaba 11 meses esperando un trasplante. Karp vivió 65 horas conectado a esta máquina, para fallecer mientras recibía un corazón real de un donante.

A diferencia del implante de Cooley, el Jarvik 7 no pretendía ser un puente temporal hasta un hipotético trasplante. Sustituir el corazón, a secas, era su único objetivo.

Con ese fin se había experimentado en animales cuando se tomó el paso decisivo de implantarlo en un cuerpo humano. Precisamente por eso, el recipiente que se buscó no era candidato a trasplante cardíaco y su salud estaba en muy mal estado.

Con una insuficiencia cardíaca terminal, Barney Clark apenas podía levantarse de la cama y, tal y como explicó a Público DeVries, “cada vez que veía a su mujer, la emoción hacía que su corazón estuviera cada vez peor”.

Tras firmar un consentimiento informado (un documento que explica los riesgos de cualquier operación quirúrgica) de 11 páginas, Clark entró en la mesa de operaciones donde DeVries extrajo su corazón para siempre, sustituyéndolo por el Jarvik 7, que desde ese momento pasó a conocerse como el primer corazón artificial.

El caso de Clark fue ampliamente publicitado e incluso llegó a conceder entrevistas a alguna televisión. Menos de cuatro meses después de recibir en su cuerpo el Jarvik 7, el paciente falleció. Castells recuerda que el caso fue muy discutido entre la comunidad médica: “Había gente que consideraba que era prematuro, poco ético y más, si se tenía en cuenta el elevadísimo presupuesto empleado en el desarrollo e implantación del corazón artificial”.

De Vries implantó cuatro Jarvik 7 más. La vida de estos enfermos no era fácil con este dispositivo. “El paciente tenía que estar conectado a una consola neumática de gran tamaño; daban muchos problemas y el afectado apenas podía abandonar la habitación, además de tener un riesgo alto de infecciones”, explica Castells.

El resto de los pacientes

Los medios de comunicación recogieron cada una de las operaciones y, siempre parecía que el paciente podía burlar al destino y sobrevivir más allá de unos meses con el corazón artificial. Sin embargo, el resultado siempre fue el mismo y, el máximo tiempo de vida logrado con el Jarvik 7 fue de 620 días.

En ese tiempo, se sucedieron las anécdotas. Por ejemplo, a pesar del tradicional distanciamiento entre médico y paciente, DeVries leyó el panegírico en el funeral de uno de los enfermos a los que implantó el corazón artificial.

Otra curiosidad la protagonizó el único paciente no estadounidense que recibió un Jarvik 7 con visos de permanencia, el sueco Leif Stenberg. Fue acusado de evadir impuestos, pero asistió a la retirada inmediata de los cargos tras la operación: según la Ley de su país, una persona deja de estar viva cuando su corazón no emite latidos.

Durante estos años, fue tomando cuerpo la idea de que el corazón artificial serviría más como puente a la espera de un trasplante que como solución definitiva.

De hecho, numerosos Jarvik 7 se implantaron con este fin, incluyendo algunos en España, como el que un equipo del Hospital Puerta de Hierro de Madrid colocó a la paciente Josefa Castro, que vivió cinco días con él, hasta recibir con éxito un trasplante de corazón.

La Food and Drug Administration (FDA, el organismo que regula fármacos y procedimientos quirúrgicos en EEUU) retiró la autorización para implantar el Jarvik 7 de forma permanente el 11 de enero de 1990, poco más de siete años después de que DeVries hiciera historia.

Aunque la explicación oficial fue que se habían encontrado deficiencias en la planta de fabricación del dispositivo, se asumió que el Jarvik 7 no había cubierto las expectativas.

El siguiente hito

Tuvieron que pasar casi 20 años para que el corazón artificial volviera a protagonizar las portadas de los periódicos. El nuevo artefacto, bautizado como Abiocor, se implantó con éxito en el paciente Robert Tools, con insuficiencia terminal, el 2 de junio de 2001.

La gran diferencia frente a su predecesor fue la autonomía: Abiocor funciona con baterías, lo que permite que el paciente tenga una autonomía de hasta dos horas.

De nuevo, la realidad frenó las expectativas médicas, ya que Tools falleció a los 151 días de la operación para sorpresa de sus médicos, que habían visto cómo abandonaba la Unidad de Cuidados Intensivos e incluso hacía ejercicios de recuperación con un fisioterapeuta.

Los siguientes receptores de AbioCor no superaron los dos años de vida, lo que retrasó la aprobación del aparato hasta septiembre de 2006. En esta ocasión, la propia FDA se adelanta a los acontecimientos: el dispositivo sólo puede implantarse a pacientes con enfermedad terminal y con una expectativa de vida inferior a 30 días.

Abiomed, la empresa fabricante, augura que en 2008 estará listo el AbioCor 2, que será más ligero y solucionará uno de los inconvenientes del primer modelo, que sólo puede aplicarse en personas corpulentas, debido a su gran tamaño.

Mientras tanto, según explica Eduard Castells, lo que realmente está ayudando a los pacientes de insuficiencia cardíaca que no responden a las terapias farmacológicas son los ventrículos izquierdos artificiales: “En los años 90, se vio que para sostener a un paciente de este tipo no hace falta sustituir los dos ventrículos, sino solamente uno; no tiene fallos mecánicos y es más fácil de aplicar”.

Para el experto español, que en junio implantó a una mujer de 43 años el primer ventrículo izquierdo artificial en España, este avance es equiparable “funcionalmente, aunque no anatómicamente” al corazón artificial permanente. No obstante, cree que éste acabará llegando.

Opinión que comparte el director técnico de la Unidad de Cirugía Cardíaca del Hospital Meixoeiro de Vigo, Gonzalo Pradas, miembro de la Sociedad Española de Cardiología. Pradas cifra en “entre 10 y 15 años” el tiempo que tardará en producirse este avance, que considera necesario: “Cada vez aumenta más la edad de la población y todavía no tenemos una solución definitiva para el fallo de la bomba cardíaca”.

En primera persona.

 

El cirujano William DeVries hizo historia el 2 de diciembre de 1982, cuando implantó el primer corazón artificial permanente, el modelo Jarvik 7. DeVries, de 64 años, trabaja hoy en el Hospital Militar Walter Reed, en Washington DC (EEUU). “Si vuelvo la vista 25 años atrás, recuerdo que teníamos claro que el Jarvik 7 era primitivo, pero también que era necesario investigar en seres humanos si queríamos avanzar en el desarrollo de este dispositivo”, explica.

La autorización para la operación tardó en llegar tres años. Luego comenzó la búsqueda del paciente idóneo. DeVries recuerda: “Estuvimos nueve meses buscándolo. No podía ser alguien candidato a un trasplante, porque no queríamos quitarle a nadie la posibilidad de tener un corazón nuevo por uno experimental, así que nos centramos en los pacientes mayores de 50 años, edad máxima en la que se hacían trasplantes cardíacos en esa época”.

El paciente idóneo

Barney Clark, de 61 años y con insuficiencia cardíaca terminal, cumplía todos los criterios y no se le mintió en cuanto a los riesgos. “Le llevamos al laboratorio y le enseñamos a animales con el Jarvik 7. Él nos dijo, “esto está yendo bien en esta vaca, pero ella está sana y yo estoy muy enfermo” y, nos comunicó que no creía ser el enfermo adecuado”, relata el cirujano.

Sin embargo, un día y medio más tarde, Clark cambió de opinión. “Yo le pregunté por qué y me dijo que llevaba cinco años suponiendo sacrificios para otras personas y que era el momento de devolver el favor”, añade y, sigue: “25 años después, se puede decir que su gesto ayudó a mucha gente, sobre todo a personas que esperaban un trasplante y que han usado el corazón artificial como puente”.

Aunque Clark sólo vivió 112 días, DeVries recuerda que, en ese tiempo, fue capaz de cumplir algunos de sus sueños: “A él le gustaba mucho jugar al golf y pudo golpear una bola en su habitación. También vio a su hijo casarse y llegó a cumplir 62 años”.

El cirujano reconoce que se enfrentó a muchas críticas. “Nos acusaron de estar jugando a ser Dios, de que el paciente sobrevivía con una calidad de vida no muy buena y de haber hecho poca investigación previa”, explica.

Sin embargo, el médico no se arrepiente y recuerda lo satisfechos que quedaron Clark y su mujer, que trabajó durante 15 años recaudando fondos para la Asociación Americana del Corazón. “En una situación así, tienes que saber cuándo dar el paso y creo que elegimos bien”, concluye.