Archivo de Público
Miércoles, 20 de Mayo de 2009

El mueble de cartón azul

MARIO MUCHNIK ·20/05/2009 - 08:33h

M. M. - El escritor argentino en la Provenza francesa,1974.

En aquellos tiempos, alguien había tenido la brillante idea de fabricar muebles de cartón. Eran baratos y livianos, de diseño discreto el cartón no da para mucho y los colores tiraban a lo alegre. Sorprendía que una silla de esa índole sostuviera el peso de un adulto. Eran ideales para niños, porque en caso de ser víctimas de la violencia infantil, podían reemplazarse fácilmente.

El día siguiente al sepelio de Cortázar, su albacea literario que, en ese entonces era testamentariamente Saúl Yurkievich me invitó a dar una vuelta por el piso de la rue Martel. Estuvimos largo rato mirando los discos, escrupulosamente clasificados por género; la biblioteca, en la que la Enciclopedia Universalis ocupaba un lugar destacado porque uno de sus tomos comenzaba o acababa con la voz "Cortázar, Julio", razón por la cual los editores habían puesto, siguiendo la norma, el nombre de Cortázar en el lomo; los muebles, especialmente el sillón tipo balancín, al que Julio Cortázar era muy afecto; los varios bibelots, pipas, pisapapeles, desparramados por todas las superficies horizontales del piso; y finalmente una especie de pequeña cómoda de color azul (profundo pero eléctrico), con cinco o seis cajones. Tengo la impresión de que es a esa pequeña cómoda que se refiere Álvarez Garriga en el prólogo de Papeles inesperados (página 15).

Dejé que Saúl abriera algún cajón, donde encontramos, entre muchos otros papeles, un manuscrito sobre Keats; luego otro cajón, con varios manuscritos difíciles de identificar; y otro más, lleno de facturas del gas, de la electricidad y demás servicios domésticos.

Nos miramos, y le pregunté: "¿No habrá algo para editar, en todo esto?". Saúl, con esa mirada triste que escondía su espíritu juguetón pero fatalista, bajó los párpados, alzó las cejas y dijo: "El día menos pensado aparecen las facturas completas de Julio Cortázar", de lo que nos reímos largo y tendido, ya bajando las escaleras hacia la calle, sobre todo porque a las facturas ya habíamos agregado los tickets de metro y las listas de la compra.

Será indiscreto, tal vez contrario a lo que habría querido Cortázar, pero regocijémonos con esta edición que con tanto candor nos introduce en la intimidad de uno de los seres más adorables de la literatura. Quizás Julio habría pataleado, pero habría sabido reírse con todos nosotros.