Archivo de Público
Lunes, 13 de Abril de 2009

El pueblo juzga

El sistema de la 'gacaca' en Ruanda busca la reconciliación pero algunos lo critican por intimidar a los testigos y ser utilizado para venganzas personales

SIBOMANA NYAKABANDA ·13/04/2009 - 01:16h

Un detenido ruandés presta declaración ante los siete miembros del tribunal popular gacaca, todos ellos con una banda con la bandera del país. La gacaca es un híbrido que une elementos de la justicia ordinaria con otros inspirados en un antiguo sistema informal de resolución de conflictos. - un experimiento judicial único en el mundo

Me lleno de ira al oír cómo el asesino de mi marido sigue mintiendo. Quiero, necesito perdonar. Querría escuchar la verdad para poder cerrar mis heridas. Han pasado 15 años, es hora de pasar página. Pero sus falsedades reabren mi dolor".

Hoy ha sido día de tribunal gacaca para Immaculé Mukamudenge. A menos de un metro del acusado, ha prestado declaración. Durante el resto de la sesión, ha ocultado su rostro lloroso tras su vestido.

En la gacaca no hay abogados y sus miembros no han estudiado Derecho

"El señor Ne tiene la vergüenza de pretender que intentó salvar a mi esposo. Dice que él modificó la etnia en su carné de identidad para protegerle, cuando fui yo misma quien rasgó la carta y escribí con mi propio puño: hutu". Immaculé, hutu, corrigió la etnia de su marido tutsi para que sobreviviera, pero el señor Ne, autoridad local durante el genocidio, le delató, firmando así su sentencia de muerte. El señor Ne lleva 10 años encerrado, en prisión preventiva.

El revivir de esta historia, una de millones, sucede en una sala destartalada ante una audiencia que se postra en el suelo o aguarda de pie. Los siete inyangamugayo (personas de integridad) son los sabios que dirigen la sesión y que dictarán sentencia. No han estudiado Derecho. Algunos ni siquiera han ido a la escuela. Pero, según la esencia que inspira estos tribunales populares, no lo necesitan para su misión: recuperar la verdad y construir la reconciliación.

Fueron elegidos por cada comunidad. Campesinos y ciudadanos de a pie decidieron cuáles eran las personas íntegras en las que más confiaban y ellas, voluntariamente, han estado realizando esta tarea durante los cinco años que llevan funcionando.

"Quiero perdonar pero oír falsedades reabre mis heridas", dice una víctima

Gacaca (pronunciado gachacha), que significa en el idioma ruandés justicia bajo el árbol o sobre la hierba, era un antiguo sistema que funcionó en el pasado para resolver, sin acudir a tribunales, disputas entre vecinos o familiares sobre la tierra o la herencia.

Después del genocidio, ante el reto de aligerar el sistema judicial y curar a la pequeña nación moribunda, se recuperó y oficializó.

"Hace hora y media que esperamos. Los acusados ya están casi todos aquí pero faltan algunos testigos", dice, paciente, Naphtal, que coordina la gacaca en un barrio de la capital, Kigali. ¿Dónde están los presuntos genocidas? Un jorobado, una parlamentaria, otra con gafas. Son civiles que han acudido tras recibir por carta una citación y se mezclan entre los curiosos y los supervivientes. Los presos que llegan custodiados por el guarda son hoy, en cambio, testigos que van a declarar. Solemne es la entrada de los inyangamugayo. Y más solemne el minuto de silencio. Todas y cada una de las audiencias callan unos instantes antes de empezar en recuerdo a las víctimas: los que murieron atrozmente, y los que, vivos, tratan de cicatrizar sus heridas.

En las sesiones, abiertas, todo el mundo tiene derecho a hablar

En las sesiones, abiertas a todo ciudadano que quepa en la sala, todo el mundo tiene derecho a hablar. Para aportar informaciones, si son conocedores de la situación, o, si son ajenos, para cuestionar o compartir impresiones, si así lo desean. Es un gran debate. Preguntas trampa y reflexiones. Objetivo: reconocer quién miente, quién dice la verdad, entre la batalla de contradictorios relatos que se entrelazan.

En estos juicios sin jueces, abogados ni fiscales, tampoco existen las pruebas. Todo el peso recae en la palabra, en los testimonios de los que ejecturaron el genocidio y de los que sobrevivieron.

En las horas tardías del 6 de abril de 1994 empezó en Ruanda la vorágine de muerte. Inmediatamente después que el presidente hutu Juvenal Habyarimana fuera asesinado, las milicias interhamwe empezaron a organizar los controles de carretera y a "perseguir al tutsi para exterminarlo", según los términos empleados por la versión oficial. Cerca de un millón de personas, tutsis y hutus moderados, fueron asesinadas brutalmente en 100 días, y miles torturadas, mutiladas y violadas.

En estos juicios sin jueces, abogados ni fiscales, tampoco existen las pruebas

Ola de detenciones

A la ola de masacres siguió otra de detenciones. La Ley de Genocidio creó tres categorías de delitos. La primera recoge a los organizadores y planificadores, así como a los violadores. A la segunda pertenecen los ejecutores. La tercera agrupa a quienes robaron o perjudicaron bienes materiales sin hacer daños personales.

Inicialmente, los cerebros del genocidio quedaban en manos de la justicia ordinaria ruandesa o del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, que tiene sede en la ciudad tanzana de Arusha. Pero en 2008 se cambió la ley y algunos casos de la categoría 1 se confiaron también a la gacaca.

"Se ha presionado a los tutsis para que no declaren a favor de hutus"

Estos son, en gran parte, los casos que se están celebrando ahora, además de apelaciones y revisiones. Muchas de las 12.000 gacacas que han llegado a funcionar en el país han terminado ya su tarea. Las que quedan activas se concentran en esos casos mayores que les llegaron recientemente.

El Sistema Nacional Gacaca pretende cerrar este gran experimento en junio de este año, aunque reconoce que se dejará margen, si es necesario.

Boniface Ndabananiye cuerpo octogenario, pantalón corto rosado, camisa a conjunto y bastón espera tumbado en el césped. En el código carcelario ruandés, el rosa lo visten los presos pendientes de juzgar. El naranja es para los que ya han sido condenados. "Llevo siete años en la cárcel. Estoy acusado de genocidio. Hoy van a dictar sentencia", explica. Mientras espera, sigue otro proceso que sucede paralelo al suyo.

Todas las vistas guardan un minuto de silencio en honor a las víctimas

De pie, bajo un árbol, el señor Buranganwa [nombre falso] se explica ante el jurado. Revive su pesadilla en la gacaca. Pasó un año y medio en la cárcel antes de que encontraran al asesino real del crimen que le atribuían. Fue condenado primero a 25 años de cárcel, y después le rebajaron la pena a 19 años, antes de que finalmente le declararan inocente. Sus parientes, quienes le acusaron la primera vez, le han llevado ahora de nuevo a la gacaca. Entre ellos pende un conflicto de tierras.

El señor Ka, que ha venido a supervisar el caso del señor Buranganwa, pertenece a un grupo de defensa de los derechos humanos. "Tristemente, a menudo ocurre que los ciudadanos usan este sistema para saldar cuentas personales. Los celos han contaminado los tribunales", señala.

"Pero hay un problema mucho más grave. Hay organismos muy influyentes que están manipulando y ejerciendo una fuerte presión sobre los tutsis", añade.

Según este activista, Ibuka, la asociación para la defensa de los derechos de los supervivientes, "ha intimidado a tutsis que iban a testificar a favor de hutus". El Fondo de Asistencia para los Supervivientes del Genocidio que da ayudas para la escolarización de los niños, construye viviendas para los supervivientes o paga mutuas sanitarias "usa este apoyo económico como chantaje". "Si una víctima tutsi declara a favor de un hutu ilustra, se le echa del fondo y se le retira el apoyo financiero. De esta forma, la gacaca se ha convertido en un aparato para fomentar que los tutsis acusen a los hutus, lo que deforma el efecto de la justicia".

Las grúas trabajan entre las calles impecables de la capital. Todo funciona aparentemente bien bajo el pesado silencio del miedo. "Aquí te pueden detener por atreverse a pensar", dice John, que conoce bien y desde dentro las entrañas de este Gobierno. "¡Hutu o tutsi, no! Ahora soy ruandés. Como todos. ¡No se puede preguntar a qué etnia perteneces! Prefiero quedarme al margen de la política", se protege Vincent.


Palabras vetadas

Hutu y tutsi son palabras vetadas en la calle. Los discursos oficiales tienen, en cambio, vía libre y explotan hasta la saciedad la victimización del tutsi. La dicotomía víctima/verdugo se asocia siempre a las etnias. ¿Se reconstruye así la unión o se exacerba la división, aunque bajo el sutil maquillaje de borrar parcialmente la nomenclatura?

Este discurso oficial se expresa mayoritariamente en inglés. El idioma delata su pasado en el exilio. Muchos de los que forman la nueva élite no estaban en Ruanda cuando ocurrió el genocidio pero son los que más drásticamente trazan la línea entre héroes y villanos.

Los ciudadanos de a pie, los hombres y mujeres humildes de las colinas, reencarnan en cambio a menudo el verdadero espíritu del perdón. Sin entender aún muy bien qué pasó, gente como Ubalp, Séverine o Geneviève buscaron a los asesinos de sus hijos y padres para escucharles y perdonarles, en un gesto inmenso.