Archivo de Público
Miércoles, 1 de Abril de 2009

Cautiva y desarmada

El golpe militar provocó la pérdida de un sentimiento cívico español unido a la modernidad

LUIS GARCÍA MONTERO ·01/04/2009 - 14:41h

JUAN OSSORIO - Ilustracion 2

Cuando el llamado bando nacional ganó la Guerra Civil, España perdió para siempre la posibilidad de sentirse con orgullo una nación. Se trata de una paradoja que encierra en sí misma la frustración de la ciencia, la literatura, la técnica, la economía y la ética de un país que fue obligado a sumergirse en una burbuja de tiempo seco cuando por fin rozaba con sus dedos las realidades de la modernidad. El tejido social de la nación fue separado de manera cruel de la España oficial y esa brecha iracunda afectó al propio concepto de España, que tanta gente había defendido con dignidad.

En la segunda mitad del siglo XIX, una parte decisiva de los científicos y los intelectuales españoles tomaron conciencia de la factura que la ilustración insuficiente y el caciquismo político habían pasado a la realidad nacional. Desde la apuesta pedagógica de la Institución Libre de Enseñanza hasta los esfuerzos de Ortega y Gasset por vertebrar España, la cultura del país trabajó para modernizar la nación, es decir, para equipararla con Europa. Aunque las Restauración no supuso desde el punto de vista formal una verdadera democratización, su estabilidad modesta y mentirosa permitió que poco a poco se consolidara una España real, dispuesta a aprovechar cualquier ocasión para sacar la cabeza de las sombras feudales.

Se impuso una derecha primitiva, dispuesta a vivir entre los siglos XVII y XIX

En el primer tercio del siglo XX, Madrid se convirtió en la verdadera capital de un Estado con una nueva energía cívica. Las generaciones de Unamuno, Azaña y García Lorca se cruzaban en los laboratorios de la Residencia de Estudiantes o en las mesas de los cafés. Fue entonces cuando Ortega empezó a pedir la nacionalización de la monarquía, la adaptación del tinglado oficial a la piel cotidiana del país. La corona no quiso perder ningún privilegio y facilitó en 1923 el golpe de Primo de Rivera. La maniobra no impidió que España siguiera consolidándose como realidad nacional. Cuando el joven Francisco Ayala fue a estudiar a Berlín, en 1929, becado por la Junta de Ampliación de Estudios, tuvo una sensación muy distinta a la de sus maestros. Ellos habían conocido en Alemania un sueño de futuro para España. Ayala no vio ya muchas diferencias entre Europa y su país. Madrid era también una capital de vanguardia.

La diferencia entre la España oficial y la España real no podía sostenerse por más tiempo. Los ciudadanos decidieron por sí mismos la nacionalización democrática de la monarquía, y en 1931 se proclamó de forma pacífica la II República. Más allá de las medidas concretas sobre agricultura, educación o religión, la República venía a representar la oportunidad definitiva de consolidar una nación, un tejido social identificado con su representación estatal. La modernidad se condensaba en el orgullo cívico de hacer Estado. Por desgracia se impusieron otro tipo de orgullos, programados por una derecha primitiva, dispuesta a vivir en un rincón perdido entre los siglos XVII y XIX.

Cuando Antonio Machado salió al exilio en enero de 1939 y los policías franceses le perdonaron por edad y fama el campo de concentración que esperaba al resto de los milicianos derrotados, la frontera impuso dos quiebras simbólicas. Quedó rota la alianza del mundo del trabajo y la cultura, viga maestra del pensamiento progresista español desde las conferencias de Giner de los Ríos a los discursos de Azaña. Además, volvieron a separarse, ahora con un abismo, el tejido social de la nación y la España oficial. 20 años después, al escribir su poema Camposanto en Colliure, Ángel González debería denunciar "esa curiosa España de las ganaderías/ de reses bravas y de juergas sórdidas".

No es gratuito que el regreso de la democracia coincidiera con una reorganización constitucional del territorio. El bando nacional provocó con su golpe militar la pérdida de un sentimiento cívico español unido a la modernidad. 70 años después no sabemos si será posible recuperarlo algún día. Aunque tampoco importa mucho, porque ya ha pasado el tiempo de los estados nacionales.