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Sábado, 14 de Febrero de 2009

Europa desarrolla un sistema para vigilar el espacio

La ESA quiere dejar de depender de la información del Departamento de Defensa de EEUU para saber si uno de sus satélites está en peligro de chocar contra otro

DANIEL MEDIAVILLA ·14/02/2009 - 08:00h

El choque entre dos satélites a 800 kilómetros de altura sobre Siberia -el primero de este tipo en la historia- ha mostrado que la saturación de la órbita terrestre supone un riesgo real. Aunque ya existen sistemas de vigilancia del tráfico espacial, la tecnología aún no permite controlar todos los satélites que giran en torno a la Tierra. Iridium, la compañía propietaria de uno de los satélites de comunicaciones desintegrados el martes, asegura que no recibió ninguna advertencia antes de la colisión.

"El control de los satélites no es tan general y preciso como el del tráfico aéreo, pero la órbita y las maniobras de cualquier satélite operativo se controlan con bastante precisión", afirma José Torres, director de programas espaciales del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). "El problema es que uno de los dos satélites que chocaron estaba fuera de servicio", añade. Según Torres, si la trayectoria de colisión se hubiese previsto con suficiente antelación, el satélite operativo hubiese podido maniobrar para evitar el desastre.

Por motivos de seguridad, los datos que ofrece EEUU son incompletos

El encargado de evitar estos percances es el NORAD (Mando de Defensa Aeroespacial de Norteamérica), un organismo que depende del Departamento de Defensa de EEUU. Además de las limitaciones técnicas, en ocasiones, por motivos de seguridad nacional, la información sobre órbitas de satélites y trozos de basura espacial que proporciona el NORAD a compañías como Iridium es incompleta. Utilizando los datos que el Pentágono hace públicos, el investigador T.S. Keslo realizó un análisis a posteriori de las órbitas de los dos satélites. Si esos datos hubiesen sido correctos, los dos satélites deberían haber pasado a 584 metros del otro.

No solo las empresas privadas se enfrentan a las restricciones de información impuestas por el Pentágono. La Agencia Espacial Europea (ESA) también depende de EEUU para obtener información esencial sobre tráfico espacial. Según advirtió en noviembre Nicolas Bobrinsky, director de la División de Sistemas de Estación de Tierra de la agencia europea, en el último año, tanto la ESA como la agencia espacial francesa evitaron que algunos de sus satélites fuesen alcanzados por trozos de basura espacial gracias a información proporcionada por terceros países. Si por algún motivo estos datos hubiesen estado restringidos, las agencias europeas no habrían podido realizar las maniobras de evasión necesarias.

Dependencia europea

El control de los satélites no es tan preciso como el del tráfico aéreo

Para acabar con esta dependencia, en la última reunión de ministros de países socios de la ESA en La Haya (Holanda), se presentó el programa de preparación del Space Situational Awareness (SSA). Esta red de vigiliancia del espacio empleará radares y telescopios para poder seguir de manera precisa e independiente satélites, trozos de basura espacial e incluso asteroides que amenazasen la Tierra. Además, el SSA vigilará el clima espacial, prestando particular atención a los efectos de la actividad solar en los satélites y algunas infraestructuras terrestres como las instalaciones eléctricas.

El incremento del tráfico espacial ha obligado a idear sistemas para evitar la saturación y los riesgos provocados por la basura cósmica. Uno de los territorios con más densidad de satélites, pero al mismo tiempo mejor ordenados, es la órbita geoestacionaria. Allí, a 35.768 kilómetros de distancia, se ubican satélites meteorológicos como el Meteosat o de comunicaciones como los de Hispasat. Los espacios para colocar satélites son distribuidos por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), dependiente de las Naciones Unidas, de un modo similar a como son repartidas las frecuencias de radio para que unas no interfieran con otras. Además, según explica José Torres, los operadores que tienen satélites en esta órbita "están obligados a reservar un poco de combustible para que al final de su vida útil puedan dirigirse hacia una órbita un poco más alta que se conoce como órbita cementerio". De este modo, cuando un satélite deja de funcionar, puede ceder su espacio para que lo ocupe un nuevo artefacto.

Quemar satélites

Algunos satélites obsoletos se dirigen hacia una órbita cementerio

Otro de los lugares con gran densidad de satélites es la órbita baja, entre los 600 y los 800 kilómetros de altura, precisamente donde tuvo lugar la colisón el martes. Aunque para muchos usos la órbita geoestacionaria es más útil que la baja, el menor coste de situar allí un artefacto y la menor complicación técnica para transmitir información a la Tierra hace que sea muy utilizada.

A esta altitud, el método más sencillo para deshacerse de un satélite jubilado consiste en emplear una última reserva de combustible para lanzarlo contra la atmósfera. Eligiendo el grado de reentrada adecuado, el satélite se desintegraría por el calor de la fricción contra la atmósfera. La regulación de la órbita baja no es tan estricta como la de la geoestacionaria y esto permite que satélites como el ruso puedan continuar girando en torno a la Tierra años después de haber agotado su energía.

Junto a la retirada controlada de los satélites obsoletos, se han producido otras mejoras técnicas para reducir la cantidad de basura espacial incontrolada. "Antes, cuando los tanques de combustible se vaciaban, explotaban. Ahora ya se ha regulado para que no pueda suceder", explica Torres.

Los artefactos reservan parte de su combustible para llegar a su retiro

18.000 objetos

Este tipo de explosiones, las fases que llevan los satélites hasta el espacio o los restos de choques como el del martes están en el origen de una gran cantidad de basura espacial que amenaza con dañar satélites que cuestan cientos de millones de euros. El inventario del Pentágono tiene localizados 18.000 objetos de más de diez centímetros de diámetro, el mínimo observable con la tecnología actual. "El peligro está en los trozos que miden entre uno y diez centímetros", apunta Torres. "Para los más pequeños, se pueden colocar protecciones y los más grandes se controlan", añade. A 27.000 kilómetros por hora, un tornillo de cinco centímetros se convierte en un proyectil con gran capacidad destructiva. Los paneles solares del telescopio espacial Hubble, devueltos a la Tierra después de una misión de recambio, muestran numerosos impactos de pequeños objetos, y las cicatrices también son numerosas en el fuselaje de los trasbordadores espaciales. Ellos, al menos, sobrevivieron.