Archivo de Público
Miércoles, 11 de Febrero de 2009

Eluana: el derecho a morir con dignidad

 

 

BENJAMÍN FORCANO ·11/02/2009 - 08:00h

De haber aplicado el sentido común y las exigencias de una ética elemental, no se hubiera suscitado la absurda controversia por la situación de Eluana. La cuestión, en términos actuales, se resuelve desde una aplicación de la ortotanaxia, es decir, desde un conjugar e integrar con equilibrio los dos valores en conflicto: el derecho a la vida y el derecho a morir dignamente.

No hay más que valorar los siguientes aspectos: 1. Con ser importante, la vida no es un valor absoluto, sino relativo y finito. 2. Deber de todos es atender al enfermo y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida. 3. Pero hay situaciones extremas en que los dolores pueden ser persistentes y agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación. Es entonces cuando el enfermo demanda el derecho a morir con dignidad y a que no se le apliquen medios extraordinarios o desproporcionados que le prolonguen artificialmente la vida. Sería inútil y reprobable este "uso encarnizado terapéutico". 4. No es, por lo tanto, ilícito dejar de aplicar esas técnicas, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.

Este modo de pensar, aunque muchos puedan no creerlo, fue expresado con claridad por la Conferencia Episcopal Española en 1989 al aprobar un modelo de testamento vital donde se dice: "Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos".

Igualmente, el Catecismo Romano en el Nº 2.278 dice: "La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el encarnizamiento terapéutico (...). Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad, o si no, por los que tienen derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable e intereses legítimos del paciente".

* Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo.