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Jueves, 5 de Febrero de 2009

La palabra peligrosa

ALBERTO OLMOS ·05/02/2009 - 08:00h

Puede parecer increíble que una persona, sentada en una silla, tecleando en un portátil, esté jugándose la vida. Un oficio cuya rutina diaria resulta tan poco emocionante como lavar los platos depara a veces situaciones en principio reservadas a los espías de las películas. Escribir es arriesgarse a que te lean, y ya sabemos lo mal que leen algunos, y lo poco que a otros les gusta que hablen de ellos.

Cuando uno escribe con honestidad, comprometido con una visión del mundo, escuchando el borboteo de su sangre, la queja del alma, queda satisfecho ante su escritura; pero cuando esa escritura se hace pública siempre hay alguien que hubiera preferido el papel en blanco, la boca callada o, al menos, palabras blanditas.

De estas hay muchas. Palabras como palomitas de maíz, simpáticas, inocuas, que forman novelas inocuas, simpáticas, y procuran a su autor una entrada con honores en el sistema, que encuentra en sus obras una elegante forma de legitimación. Escribir para estar de acuerdo es lo contrario a la literatura. Las personas que están de acuerdo no hacen literatura, hacen catequesis.

El compromiso literarios

 

La palabra peligrosa, sin embargo, es la palabra que perturba. No sólo escribir para denunciar, para levantar acta de injusticias o iniquidades; también está el peligro de escupirles a los demás sus rincones oscuros, saltarles un ojo con una novela, desenmascararles con un cuento, incomodarles. El que escribe lo que realmente quiere escribir no puede parecer siempre una buena persona; de hecho muchas veces ha de parecer un hijo de puta.

Porque el compromiso literario, a día de hoy, es un compromiso con el mal, dado que el mal es lo que, durante los últimos años, ha sido exiliado de la superficie. Ahora que hasta los bombardeos se proponen humanitarios, ahora que cualquier gran multinacional dona millones a la causa justa que va más a juego con su logotipo, ahora que la solidaridad es una forma de ocio como otra cualquiera, se hace especialmente necesaria una literatura que abandone la catequesis y las buenas intenciones (como hace insoportablemente el cine español) y empiece a desmaquillarnos con azufre el corazón.

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