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Martes, 3 de Febrero de 2009

El otro Juande

Juande Ramos debe tener cuidado con cuidar lo que dice sobre su plantilla para que sus triunfos se vean acompañados de respeto

ELÍAS ISRAEL ·03/02/2009 - 08:00h

Xalok - Juande Ramos.

Existen dos versiones de Juande Ramos: una, la que se ve sobre el campo, con un equipo armado defensivamente, tácticamente bien colocado, con seis futbolistas defendiendo y rezando para que Robben no se lesione, para que Higuaín la ponga entre los tres palos o que Raúl supere la estela de Alfredo Di Stéfano. No le quito ni un ápice de mérito a su labor deportiva, sabiendo de dónde viene y el Madrid que cogió, con alfileres, con jugadores vitales lesionados. Su equipo juega mal, pero saca los partidos. Seis partidos consecutivos ganando hablan de un entrenador que sabe lo que hace sobre el césped. Ese es el Juande prudente de las ruedas de Prensa, que no dice una palabra más alta que otra, que desliza algún mensaje, pero que nunca ataca como en el césped.

En el análisis del técnico no se puede obviar la falta de horizonte que le ofrece este Madrid, institucionalmente roto, donde los parches no llegan para tapar los agujeros. Llegó con un presidente, Calderón, que se arrepiente cada cinco minutos de haber anunciado su dimisión y que, por cierto, dice tener papeles para poner en aprietos a los que le pusieron contra las cuerdas y parecen tener alfombra roja para volver a regir el club después del verano.

El técnico del Madrid tiene una cara oscura en la que sólo mira por él

Se fue Calderón, roto en su credibilidad, sufriendo por su familia, y con él el sueño de un manchego que quería y quiere convertirse en entrenador del Madrid durante muchos años. Juande sabe que tiene fecha de caducidad. Incluso en la hipótesis, o habría que decir utopía, de que gane la Champions, no tendría garantizada su permanencia en el Madrid. Le debe parecer surrealista hacerse la foto oficial y que no acuda Vicente Boluda buen gesto el suyo y tener a su derecha a Mijatovic, a quien muchos habían puesto fecha de caducidad para el día de ayer. Por cierto, el director deportivo ha estado siempre tranquilo. Se siente en el centro de una diana, con cien escopetas esperándole, pero le ha dicho a sus más cercanos que tiene todo controlado y que seguirá hasta las elecciones.

Pero nada de todo esto justifica la otra versión de Juande Ramos, que no habla bien de sus jugadores, que cuestiona la profesionalidad de Sneijder sabiendo que no ha superado un problema personal, o que pone en solfa la calidad de sus hombres, algo evidente. También critica al jugador inglés después de su mala experiencia en el Tottenham o al del Betis por el famoso episodio Halloween cuando acompañó a Lopera a casa de Benjamín.

Aún teniendo razón en muchas cosas, ser entrenador del Madrid le obliga a cuidar lo más sagrado que tiene un técnico: su plantilla. Es el sino de un club donde cortarse las uñas en el banquillo se puede convertir en debate nacional. Está obligado a una discreción, aunque no haya avalado el fichaje de Faubert. Me juran que lo hace sin un ápice de maldad, en un tono de resignación. Sabe mejor que nadie que el único aval que le quedará cuando deje el club es cómo hablen los que han trabajado con él y, por su bien, espero que sea mejor de lo que él habla de ellos. Su salida del Sevilla ya fue demasiado complicada como para haberlo olvidado.

En todo este convulso proceso que ha vivido el Madrid, si alguien ha estado a la altura han sido los jugadores, que han sabido aislarse, aferrarse al fútbol, sacar resultados y esperar que llegue la hora de la verdad ante el Liverpool para intentar dar la campanada, conociendo su déficit cualitativo, pero sabiendo estar a la altura del escudo. Juande debería dar gracias a Dios por haber reencontrado la mejor versión de Casillas, la versión sana de Robben y de Pepe. Hay que darle el mérito por recuperar a Ramos y que su equipo encaje tan pocos goles. Si encuentra la manera de hacer disfrutar al madridismo con estos mismos resultados, puede encontrarse una sorpresa. Siempre que respete pública y privadamente a su gente, claro.