Archivo de Público
Miércoles, 21 de Noviembre de 2007

El Juicio de los horrores

Hace 62 años comenzó el Proceso de Nuremberg , la causa que sentenció a los altos mandos del nazismo

JESÚS CENTENO ·21/11/2007 - 18:00h

AFP - Los líderes nazis en el Palacio de Justicia de Nuremberg. En la tercera fila y de izquierda a derecha, Hermann Goering, Hess y von Ribbentrop.

Una fría mañana del 20 de noviembre de 1945, el Palacio de Justicia de Nuremberg acogió la primera sesión del proceso criminal más importante del siglo XX. En el estrado, los líderes del nazismo aún con vida, pues Hitler, Goebbels y Himmler se habían suicidado tras la derrota de Alemania. Al otro lado, la fiscalía, que acusó a los nazis de crímenes contra la paz, la humanidad, de guerra y conspiración.

Nuremberg fue el primer proceso que se permitió el lujo de juzgar a una nación perdedora en una guerra. La idea de crear un tribunal para procesar a los nazis se cocinó durante la conferencia de Yalta, en febrero de 1945, ante la inminente victoria aliada. Churchill, Stalin y Roosevelt necesitaban dar ejemplo, establecer un nuevo orden internacional y dejar el camino libre para mantener Alemania bajo control.

En el juicio se emplearon cuatro idiomas: ruso, francés, ruso y alemán. Las actas llenaron 16.000 páginas, los fiscales presentaron casi dos mil documentos con pruebas y el tribunal oyó a unos 400 testigos.

Por su parte, la defensa se negó a aceptar la competencia de los jueces. Puso de manifiesto la dificultad de aplicar unas leyes con carácter retroactivo y recordó cómo EEUU y Rusia toleraron a Hitler durante los primeros años de guerra. De hecho, algunos países no aceptaron la validez del proceso, pues los vencedores "no podían ser justos jueces de los vencidos".

El extraño caso de Rudolf Hess

Hermann Goering, lugarteniente del Führer, era el único jerarca de alto mando que quedaba con vida. Junto a él, Rudolf Hess, jefe del partido nazi y Ministro de Estado. El mismo hombre que, en 1941, se arrojó en paracaídas sobre Escocia para iniciar "conversaciones de paz" con Gran Bretaña, decidió que lo mejor era aparentar locura para evitar la horca.

Durante la vista, Hess esbozaba sonrisas sin justificación, garabateaba dibujos en los banquillos o miraba al techo sin motivo aparente. Pero cuando se refirió a Hitler como "el hombre más importante de Alemania en los últimos 1.000 años", firmó su sentencia, que no fue de muerte, sino de cadena perpetua. Pasó el resto de su vida entre rejas.

Cobardes y ajusticiados

El proceso se alargó durante casi un año. La mayoría de los nazis juzgados aseguraban que sólo seguían las órdenes de sus superiores. Un acto de cobardía que indignó a Goering, el único con valor como para defender a Hitler. El comandante supremo de la Luftwafe desafió a los aliados y recordó que fueron los americanos quienes utilizaron la bomba atómica, "el peor de los horrores".

Pero las pruebas exhibidas fueron suficientes para los jueces que lo condenaron a muerte. Al final, Goering, derrotado, sólo respondía con monosílabos. O simplemente fingía no escuchar. El tribunal dijo que debía ser ahorcado, sentencia que sólo se le infligía a los traidores en Alemania.

Justo dos horas antes de la ejecución, se suicidó ingiriendo una cápsula de cianuro. En su celda se encontró una carta en la que aseguraba que había sido dueño de su destino, y nunca se supo cómo pudo llegar el veneno a sus manos.

Del resto de prisioneros, Albert Speer, el arquitecto del Reich, asumió su culpa y fue condenado a veinte años. Von Ribbentrop, ex ministro de Exteriores, se arrastró hasta el final para salvar el pellejo. Fue el primero en morir.

A él le siguieron Wilhelm Keitel, Jefe de las Fuerzas Armadas; Ernst Kaltenbrunner, Jefe de la Oficina Central de Seguridad; Wilhelm Frick, ministro del Interior y Julius Streicher, director del periódico antisemita Der Stürmer.  Así hasta completar once condenas a muerte, tres cadenas perpetuas y dos sentencias a quince y diez años. Otros, como Schacht, Fritzsche y von Papen fueron absueltos "ante la falta de pruebas".

El proceso sirvió para establecer las reglas básicas en futuros conflictos y dejó como legado la Corte Penal Internacional de 1998.