Domingo, 18 de Enero de 2009

El nuevo mundo que hereda Obama

El presidente deberá romper con la era Bush aplicando una combinación inteligente  de diplomacia y defensa, y con decisiones que le exigirán mucho coraje para recuperar aliados

LUIS MATIAS LÓPEZ ·18/01/2009 - 08:00h

Más diplomacia y menos guerra, pero sin bajar la guardia. Un mundo con más aliados que enemigos. Ese es el lema de la política exterior de Barack Obama.

Agobiado por la agenda interna, pero consciente de que es difícil separar lo interno de lo internacional, será él quien marque las líneas maestras, pero dejará la gestión directa en manos de su rival en las primarias, Hillary Clinton. John Kerry le apoyará desde la presidencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.

Joseph Biden, su compañero de candidatura, quedará en una segunda línea. El objetivo es una combinación inteligente de diplomacia y defensa. O sea: la zanahoria en una mano, como bandera, y el palo en la otra por si acaso.

Obama se presenta como el anti-Bush, pero debe demostrar que su liderazgo moral se basa en convencer, no en imponer. Necesita un gesto inicial, como el de Zapatero al retirar las tropas de Irak.

El anuncio del cierre de la vergüenza de Guantánamo será insuficiente si se retrasa su aplicación por los obstáculos jurídicos y la búsqueda de países que acojan a la cincuentena de presos que no pueden ser devueltos a su tierra porque allí les espera la tortura o la muerte.

Dejar su impronta exige más: una acción mayor en el conflicto de Oriente Próximo que, más allá de detener la ocupación y la matanza en Gaza, no podrá darse por resuelto mientras no se cree un Estado palestino viable. Obama tiene que demostrar un cambio de tendencia. Por dos vías: presionar a su aliado israelí para que sea más flexible y menos brutal; y abrir el diálogo con Hamás y su padrino iraní.

¿Quién sino el líder del país de cuya ayuda económica y militar depende la supervivencia de Israel puede forzar un cambio en la actitud de sus halcones, incluso con unas elecciones en puertas en las que los muertos palestinos valen su peso en votos? Eso le exigiría romper una tradición de décadas de apoyo incondicional al Estado judío y resistirse a su influyente lobby, en el que cosechó un fuerte apoyo electoral.

¿Utopía? Más bien una prueba de fuego para su lema: "Yes, we can (sí, podemos)". Si no es tan valiente hará mal. Como causa o pretexto, ese contencioso está en el origen del extremismo islámico que, con el 11-S, entró en guerra contra el imperio único.

De ahí deriva el principal disparate de la presidencia de Bush: la invasión de Irak. Se equivocó de enemigo, se dejó engañar y se enlodó en una ocupación, con 146.000 efectivos, que está saliendo muy cara: en dólares (300 millones diarios) y en vidas (4.000 sólo de norteamericanos), más que las perdidas en las Torres Gemelas y el Pentágono. La decisión de retirada militar escalonada parece tomada, pero el volumen del fracaso se medirá por lo que deje atrás.

La batalla decisiva de la guerra contra Al Qaeda y el yihadismo no se libra en Irak, sino en Afganistán y Pakistán. En su incontrolable frontera, protegido por la geografía y sus fanáticos, se oculta muy probablemente Osama Bin Laden, que sobrevive a la mayor caza del hombre de la historia.

Por eso, Obama ha enviado a Joseph Biden a Kabul e Islamabad. El plan es: menos vinculación en Irak y más en Afganistán, donde los talibanes reconquistan territorio y el Gobierno de Hamid Karzai es cada día más débil. El plan es doblar antes del verano el contingente actual, de 31.000 soldados.

Parece que toca palo, pero la solución militar es imposible. Habría que empeñarse a fondo en la reconstrucción de un país al que la ocupación deja la misma pobreza y más inseguridad.

Lo peor para los países que colaboran en la misión y a los que se piden más tropas (como España) es que la línea de separación, que parecía nítida, entre la intervención ilegal y bélica (Irak) y la legal y pacificadora (Afganistán) es cada vez más tenue.

El mal afgano contagia a Pakistán y amenaza su estabilidad. Empobrecido, azotado por la violencia terrorista, las tensiones étnicas y la corrupción política, corre grave riesgo de desintegración.

Antaño gran aliado de Estados Unidos en la zona, su futuro como tal está tan en entredicho que Obama se ha mostrado partidario de bombardeos selectivos contra bases de Al Qaeda en su territorio, en la frontera más caliente del mundo. Con el permiso de Islamabad, si es posible.

Sin él, si es necesario. El presidente Asif Alí Zardari, viudo de la asesinada Benazir Bhutto, no parece capaz de controlar a sus servicios secretos, a los que India relaciona con los últimos atentados de Bombay y con otros en el pasado, pero el apoyo a la democracia en Pakistán es fundamental para impedir que el país se hunda definitivamente en el caos.

Acuerdo nuclear con India

Nueva Delhi ha heredado el favor de EEUU que un día tuvo su vecino. Con Bush en la Casa Blanca se ha suscrito un acuerdo nuclear que ilustra cómo el doble rasero es moneda corriente en las relaciones del imperio con el exterior.

Pese a ser una potencia nuclear con un arsenal de decenas de bombas, Washington venderá tecnología atómica a India, lo que China ve como un intento para segar su condición de gran potencia asiática y afianza la pretensión atómica de Teherán.

Obama tiene muy presente que el fracaso en Irán estigmatizó el mandato de Jimmy Carter

Obama tiene muy presente que el fracaso en Irán estigmatizó el mandato de Jimmy Carter. Por eso ha fijado ahí una de las prioridades máximas de su política exterior, sin apearse del objetivo de evitar que el país se convierta en una potencia nuclear. Lástima que no diga nada sobre el arsenal oficioso de Israel: unas 200 bombas atómicas.

Tanto él como Hillary Clinton parecen convencidos de que se puede negociar con el régimen sobre la base de un compromiso mutuo: que la República Islámica renuncie a su programa nuclear y deje de apoyar a "grupos terroristas" como Hamás y Hezbolá, y que Washington (y, por delegación, Israel) renuncie a la opción bélica. Si se sigue el guión, aquí tocará zanahoria.

Si algo le interesa a Obama de Europa es crear un clima de confianza que le permita contar con su dinero y sus tropas (a través de la UE y la OTAN) para apoyar acciones militares y de reconstrucción que forman parte de las obligaciones de EE UU como superpotencia global y única pero excesivamente gravosas para asumirlas en solitario.

Desde financiar infraestructuras en Gaza (que las bombas israelíes destruyen luego) a engrosar las misiones de pacificación o humanitarias en Afganistán, Congo o Darfur. Estas dos últimas regiones, donde el genocidio es más que un riesgo, son buenos ejemplos para poner a prueba si el liderazgo moral al que aspira Obama no es simple palabrería (véase el artículo "Nunca más, Obama", en Público del 4 de enero).

Ningún presidente desde John Kennedy levantó tantas expectativas en el Viejo Continente, pero que nadie espere una atención especial por su parte. Mira más al Este. Con Vladímir Putin (que ha dejado la presidencia, pero no el poder), Rusia, cansada de vivir de rodillas en la época de Borís Yeltsin, exige ser tratada con respeto.

La guerra del gas con Ucrania muestra cuál es su arma económica: la energía. La militar es evidente: su poderío nuclear. Si Obama quiere recuperar una buena relación con su antiguo rival tendrá que reconsiderar si merece la pena despegar su escudo antimisiles para hacer frente a una amenaza que, en teoría, no viene de Moscú, sino de Teherán.

Pero no bastará con eso: la guerra del pasado agosto en Georgia, en la que el presidente Saakashvili fue muy probablemente alentado por EEUU, mostró que Rusia ha trazado un línea roja en su antiguo imperio para que Ucrania y Georgia no entren en la OTAN. Obama tendrá que evaluar si le merece la pena cruzarla.

La amenaza económica de China

Y China. Al final, pero no menos importante. No es motivo de preocupación por cuestiones de seguridad, ni siquiera en el único conflicto latente, el de Taiwán, que los intercambios económicos y humanos tienen adormecido. El Imperio del Centro, a los 30 años del comienzo de su segunda larga marcha, la del capitalismo comunista, persiste en su prioridad: crecer y modernizarse. La crisis global ha frenado el ritmo, pero el proceso sigue suponiendo una formidable amenaza a la hegemonía económica de EEUU.

Obama tiene que hacer frente a este desafío con pragmatismo. Podría presionar en la cuestión de los derechos humanos, pero no serviría de mucho. Si algo han demostrado los líderes chinos desde Deng Xiaoping es que no se dejan desviar por nada ni por nadie de su propio camino y que la apertura política no es urgente. Y, antes de dar lecciones, el nuevo presidente debería corregir los excesos de la guerra contra el terrorismo y firmar el estatuto de la Corte Penal Internacional. Ya lo hizo Bill Clinton, pero Bush lo desfirmó. Un mal ejemplo.