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Viernes, 16 de Enero de 2009

Electroshock

El cine se empeña en retratar la terapia electroconvulsiva, que se sigue usando en la actualidad, como algo inhumano

AINHOA IRIBERRI ·16/01/2009 - 22:00h

AP - Un equipo de médicos aprende cómo aplicar la terapia electroconvulsiva en EEUU EN 1955.

Vuelve a suceder en la última película de Clint Eastwood, El Intercambio. El personaje que interpreta Angelina Jolie es ingresado en una institución mental aun estando completamente cuerda. Una vez dentro, es amenazada con administrarle una terapia de nombre terrorífico, el electroshock, que, aún sin decirlo, promete acabar con su rebeldía y, de paso, con su lucidez. Es un retrato clásico en el cine que, sin embargo, tiene nefastas consecuencias para los pacientes que, en la actualidad, reciben el tratamiento, que sigue siendo una alternativa válida y, con eficacia clínicamente demostrada, para un porcentaje muy pequeño (aproximadamente un 1%) de enfermos con trastorno depresivo mayor.

La historia de la terapia electroconvulsiva (TEC) –electroshock es el nombre del aparato con el que se administra–, es de por sí digna de una película. Surgió como una evolución de la teoría que decía que administrar reiteradamente insulina provocaba comas hipoglucémicos y convulsiones con efectos favorables en la esquizofrenia. Para causar dichas convulsiones se probó con diversos agentes hasta que el psiquiatra italiano Lucio Bini se atrevió a sugerir que podía usarse para ello la corriente eléctrica.

El primer caso de éxito

Como se describe en el Consenso español sobre la TEC, Bini fabricó el primer aparato de electroshock –de corriente alterna, con un potenciómetro para regular de 50 a 150 voltios– en 1938. En abril de ese año se administró por primera vez a un ingeniero esquizofrénico al que la policía había encontrado en la estación Termini. Se le sometió a una descarga de 70 vatios (V), insuficiente para inducir una crisis convulsiva; de hecho, el paciente empezó a cantar.

El psiquiatra Ugo Cerletti, considerado el padre de la TEC, propuso una segunda descarga, desaconsejada por el resto de médicos presentes. El enfermo, presente en el debate, se incorporó y grito: “¡Non una seconda! Mortifera!” (¡No una segunda, una mortal!). Cerletti se impuso y durante 0,5 segundos se aplicaron 110 V al cerebro del ingeniero, que sufrió una crisis típica de la epilepsia. Tras 11 sesiones completas y 3 incompletas durante dos meses, el enfermo fue dado de alta con una remisión total de sus síntomas, lo que llevó a la publicación en la revista The Lancet de los trabajos del psiquiatra italiano.

A lo largo de los años se amplió el uso de la TEC en enfermos mentales, sin distinción de patologías. Aunque el mecanismo seguía siendo el mismo, se fue mejorando el propio electroshock y, a partir de los años 50, se decidió la administración previa de un barbitúrico anestésico (se generalizó en la década de 1970) para evitar el sufrimiento de los pacientes, la mitad de los cuales sufría fracturas de columna vertebral por las violentas convulsiones.Sin duda, ésta es una de las razones que justifican la mala fama de la TEC que refleja el cine pero existe otra, al menos, igual de poderosa. Se ha documentado que la terapia también se prescribía –por supuesto, sin ningún efecto– a personas cuerdas encerradas en cárceles o instituciones psiquiátricas.

Según el psiquiatra del Hospital Clínic de Barcelona Víctor Navarro, la visión negativa que acompaña a este tratamiento tiene varias explicaciones. “Estéticamente, es nefasto”, comenta. Al administrarse una descarga eléctrica –y más cuando el voltaje no estaba regulado– el olor que se desprendía era muy desagradable. Además, la ausencia de anestesia hasta hace más o menos 30 años, provocaba que los pacientes fueran conscientes de todo el proceso. “Aún hoy hay pacientes de 70 años que recuerdan sus primeras sesiones de TEC despiertos”, comenta Navarro.

Además, en las últimas tres décadas se ha evolucionado mucho en el conocimiento de para qué dolencias es eficaz la TEC. “Antes no había psicofármacos y se usaba el electroshock para todas las patologías, por lo que el índice de fracasos era muy elevado”, apunta el psiquiatra del hospital catalán.

Juego en la gran pantalla

Para la psicóloga Beatriz Vera, autora de Imágenes de la locura (Calamar Ediciones, 2006), la utilización histórica de la TEC ha sido “como matar moscas a cañonazos”. Vera, que ha visto decenas de películas para estudiar el tratamiento de las enfermedades mentales en el cine, subraya que, hasta la reforma psiquiátrica de la década de 1960, los hospitales psiquiátricos eran cárceles “donde había locos, pero también homosexuales y delincuentes”.

Esto ha sido recogido en las películas y lo sigue siendo “a pesar de que la situación ha cambiado completamente”. “Hoy en día es casi al revés, es muy difícil conseguir que a una persona la ingresen, aunque lo necesite, pero el cine no ha reflejado el cambio”. Respecto al retrato del electroshock, cree que es una imagen que, en la gran pantalla da juego. “Se ha creado un mito”, puntualiza.

Como ejemplo del tratamiento erróneo de la técnica destaca la película española Mater Amantisima (1980), donde se aplica la TEC a un niño autista. “Prácticamente nunca se usa electroshock con un niño y desde luego jamás para el autismo”, destaca Vera que denuncia además que la película transcurre en una época moderna.

El hecho es que la TEC es el tratamiento de elección para muy pocos pacientes psiquiátricos pero, paradójicamente, es una de las terapias más eficaces (su eficacia oscila entre un 100% para la depresión y un 40% para el trastorno bipolar) y más rápidas, mucho más que los antidepresivos, que tardan al menos tres semanas en hacer efecto. Explica Víctor Navarro que sólo alrededor del 1% de los pacientes con depresión severa –una modalidad de depresión que supone el 2% de todas las diagnosticadas– se puede beneficiar de la TEC.

Antes de prescribir esta terapia, el psiquiatra –en cuyo servicio, centro de referencia en Catalunya, se hacen 35 TEC a la semana– explica que se debe intentar al menos durante tres meses el tratamiento con antidepresivos. Sin embargo, hay excepciones. Se aplica antes cuando el paciente tiene riesgo de morir, bien por suicidio o por haber dejado totalmente de comer. También se aplica en aquellos pacientes de esquizofrenia que no responden a los antipsicóticos con las tasas de eficacia menores, en torno al 60%. Navarro destaca que la TEC no tiene efectos secundarios graves y que el riesgo de mortalidad es el mismo que el de cualquier operación que implique anestesia (cerca de un uno por 1.000).

El cine afecta a los familiares de los enfermos asignados a TEC, los que suelen firmar el consentimiento informado, por incapacidad del enfermo. “Quedan muy sorprendidos, pero también lo estaban antes por lo mal que veían a su familiar”, dice Navarro. Lo confirma Ignacio Yurrita, que superó una depresión severa hace ya más de un año tras recibir 10 sesiones de TEC: “Te llevan de la mano”. A Yurrita, que define los resultados como “muy positivos”, le extraña que en el cine informen así sobre el tratamiento. “La gente tiene una idea muy errónea de la depresión”, apunta. “Es como si se te desconectara el cerebro”. Tan sólo apunta un efecto negativo: “Se te agudiza la falta de memoria, que ya tenía por la depresión en sí”. Y concluye: “La TEC es una técnica “como otra cualquiera”.

De la eficacia inmediata a la ausencia de anestesia

Los psiquiatras Garry Walter (de la Universidad de Sydney) y Andrew McDonald publicaron en 2001 el artículo ‘El retrato de la TEC en las películas estadounidenses’. Encontraron 22 películas con referencias a la TEC producidas entre 1948 y 2000 y analizaron cómo se reflejaba esta terapia en las mismas.

Nido de víboras (1948), junto con ‘El precio del éxito’ (1956) es el exponente de lo que los autores denominan “la edad dorada de la psiquiatría en Hollywood”. En esta época, los psiquiatras eran retratados como profesionales competentes que ayudaban a los enfermos. Aún así, son frecuentes los errores en torno a la TEC.

En ‘Nido de víboras’, la terapia hace efecto tan sólo tras cuatro sesiones (se considera en la actualidad que por lo menos hacen falta 10) y en ambas se retrata a la TEC como tratamiento previo a la psicoterapia, algo sin fundamento científico.

Las cosas comenzaron a cambiar con la película ‘Corredor sin retorno’ (1963), que cuenta la historia de un periodista que se interna en un manicomio en busca de un reportaje digno del Pulitzer. Por supuesto, acaba volviéndose loco y sometido a TEC. A pesar de que en aquella época ya se sedaba a los pacientes que recibían esta terapia, no hay signos de anestesia. Sólo una sesión consigue mejorar al protagonista que, eso sí, vuelve a recaer para convertirse en un esquizofrénico catatónico, mudo e inmovil.

La década de 1970 fue la del nacimiento y fama del movimiento conocido como “antipsiquiatría”, en el que la especialidad médica se veía como un agente de control social y un arma contra la libertad individual. La película ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ es quizás la que más daño haya hecho a la imagen del TEC.

Cuando el protagonista, un ladrón de poca monta que decide hacerse pasar por loco para evitar la cárcel, recibe el tratamiento, no sólo no es sedado sino que, a pesar de la elevada potencia (algo que ya se controlaba en aquella época) no sufre ningún efecto secundario (aunque lo simula) y ninguna eficacia. Al final, le someten a una brutal lobotomía (1975). El retrato erróneo de la TEC no se limita a las películas más antiguas y en ejemplos mucho más recientes como ‘Requiem for un sueño’ (2000) se refleja esta terapia como una salvajada ineficaz. Como en la mayoría de los filmes, la TEC no se aplica a un depresivo ni a un bipolar, sino a una mujer desquiciada tras un tratamiento con anfetaminas para perder peso. Las escenas de administración de la TEC, de nuevo sin anestesia, muestran a una mujer aterrorizada que recibe tres descargas de golpe, algo inaudito en la práctica clínica.