Martes, 13 de Enero de 2009

Los nudos de Laforet

La hija de la escritora que revolucionó la literatura de la posguerra reúne en el libro ‘Música blanca’ la intimidad de los tres últimos años de vida de su madre, cercada por una enfermedad degenerativa

PEIO H. RIAÑO ·13/01/2009 - 21:56h

EFE - Cristina Cerezales Laforet posa durante la presentación en Madrid, del libro "Música blanca", en el que ofrece detalles sobre la vida y la obra de su madre, Carmen Laforet.

Ella juega con sus manos. Las mueve y las contempla. Después recorre con la punta de los dedos su frente, las cejas. Es un gesto que hace a menudo cuando quiere concentrarse en algo. O eso interpreta su hija, que la mira con ansiedad. Quiere leer su pensamiento; es difícil entender a una mujer en silencio, en un cuerpo bloqueado y mudo. Una mujer brava y luchadora, postrada en un mundo lejano, que divaga entre sus recuerdos. Leer la memoria de Carmen Laforet (1921-2004), en sus tres últimos años de vida.

La autora que revolucionó el panorama literario español de posguerra con su primera novela, escrita a los 22 años de edad, Nada, aparece ya mayor, divagando en silencio, en el libro Música blanca (Destino), que escribe su hija Cristina Cerezales Laforet. Podría ser una novela, podrían ser unas memorias o, incluso, una biografía novelada, en la que se rastrea la relación de madre e hija. Podría ser cualquier cosa, pero al margen de géneros, Música blanca es el desvelo de la intimidad de una mujer que se cuidó de no volverse una figura pública.   

Recuerdos para revivir

El escrito corre y Cristina se presenta no en una primera persona directa, sino en segunda para hablarse a ella misma, protegiéndose de quedar demasiado expuesta en un texto de intenciones tan descarnadas: “En las cartas que ella escribe a tu padre desde los lugares de veraneo donde ella pasaba con vosotros los tres meses de vacaciones, has encontrado frases que delatan una sumisión por parte de ella que le desconocías y que debió utilizar para mantener un falso equilibrio matrimonial que acabó por romperse”.   

Con la intención de ayudar a su madre a deshacer los nudos de su vida y de deshacer los nudos de la relación entre ellas dos, Cristina Cerezales combina esos textos con falsos escritos de su madre que la retratan. Recrea esa voz también a partir de escritos inéditos que ha recuperado. “Hay cartas, manuscritos que guardo en casa y apuntes de ella en los márgenes de libros”, explica la escritora a Público. Así es como se viste de ella, de doña Carmen Laforet, para resolver enigmas. Quiere ir despertando los recuerdos parareanimar la vida de una persona que pasa por una enfermedad degenerativa, que “no Alzhéimer como se ha dicho”, apunta la propia Cristina.

Batalla y tormenta

“Acudía a visitarla con álbumes de fotografías y los revisaba desde atrás adelante”, explica. Y así se presenta Música blanca en su verdadera dimensión, como una terapia a corazón abierto para remediar entuertos y tropiezos. Acude a la memoria de la autora de La insolación (1963) para aclarar sus propias conjeturas sobre la azarosa vida de Carmen Laforet, madre, mujer y escritora.  “Porque tú eres como yo, una batalla y una tormenta, un puñado de sentimientos siempre en lucha”, escribe la hija en voz de la madre.

“Fue una persona con falta de seguridad en sí misma”, apunta Cristina. Y ese es el perfil más definido que aflora en la lectura de este libro. Una mujer en eterno debate para elegir entre ser mujer o ser escritora: “Las limitaciones persiguen a la mujer, muchas entrevistas acaban de la misma manera, preguntando a quién quiere más Carmen Laforet, si a sus novelas o a sus hijos…”. Quería escribir, pero no ser escritora. Rechazaba la fama.  De hecho, en el libro se aclara que dejó pasar ocho años desde su primera novela hasta la siguiente, La isla y los demonios, por la crisis interna entre ser mujer y ser escritora.

En otro momento dado, Cristina escribe un pensamiento de su madre: “Tengo miedo a mi naturaleza física, a mi capacidad particular de amar y de inspirar amor, miedo a que mi éxito literario despierte los celos de mi marido”. De hecho, su hija recupera también de entre sus miedos el recuerdo satisfactorio del lanzamiento de Nada: “La única novela que lancé al mundo con entusiasmo”, escribe su hija en boca de su madre.

Memorias atadas en corto

Sin embargo, las revelaciones son muy prudentes para conseguir la imagen que se quiere transmitir. En el fondo, son unas memorias comedidas porque desarrolla con mucho pudor la tensión que se vivía entre la madre, el padre y su impacto sobre sus cinco hijos. Por eso, cada vez que aparece una de las cartas de Laforet, reproducidas literalmente, de manera parcial o íntegra, la lectura salta por los aires. Sin duda, de las más sobrecogedoras es esa en la que confiesa a una amiga suya, que ha tenido una revelación de fe. Que conoce la verdad y que todo lo demás ha dejado de interesarle: “Mi literatura ya no me importa. Sé que tengo que hacerla, que tendré que trabajar más que nunca, pero mi nombre ya no me importa”.

En otro momento, durante el proceso de creación de la novela La mujer nueva, escribe a su amiga Elena Fortún: “[Escribo mi novela porque] me sirve de huida de mis malos fondos revueltos”. No camina hacia ellos, no los combate, sino que huye de ellos. Pero las cartas que aparecen son escasas y limitan la percepción de la escritora. De hecho, su relación epistolar más intensa, la que mantuvo con el escritor Ramón J. Sender a lo largo de 76 cartas, ya fue publicada por la propia Cristina Cerezales en 2003, con el significativo título Puedo contar contigo. En ellas la escritora desvela el porqué de su silencio literario, su patológica inseguridad y su distanciamiento de la vida pública, acelerado por la enfermedad degenerativa.

Entre ellas no hay palabras, sólo algo que podríamos llamar comunicación sensible. Cristina Cerezales Laforet recoge una expresión de Alessandro Baricco para definir un silencio cargado de señales: “música blanca”. Dice que no sabe qué canal ha utilizado para transmitirle su recuerdo, pero que hay una nueva vía de comunicación que se ha abierto entre ellas dos. Más allá de las palabras.

En este sentido, es enigmático el capítulo en el que conocen al Profesor W (“Parece un insecto con cabecita pequeña y antenas en la frente y detrás de las orejas”, reza en el libro), y explica a Cristina que existe un canal energético fortísimo entre ella y Carmen. Que él puede percibir las dolencias de su madre a través de ella, su hija. Perplejos.

¿Dónde estás, Carmen?

Cristina pasa con ella todo el tiempo que puede, aunque la escritora permanece “muda, absorta en sus pensamientos, aparentemente cerrada al entorno”. Le pregunta varias veces: “¿Dónde estás, Madre?”. Y al hilo interpreta que está en plena batalla con sus recuerdos. Ordenando. De repente, Carmen Laforet reacciona ante un libro de sonetos de Rafael Alberti. Con el libro entre las manos, acariciándolo, murmura algo: “Por ti dejé mis bosques, mi perdida arboleda…”.

Cada vez que a ella le interesa un tema, le aprieta suavemente la mano. “Me haría mucha ilusión que me escribieras algo”, le pide su hija. Insiste. Quiere tirar del hilo, para devolverla a la realidad. Bien, accede a su deseo. Toma un lápiz y escribe. Sólo dos palabras: “Una… Único”. Su hija vuelve a insistir, porque no entiende qué quiere decir su madre. Es insuficiente. Carmen coge un lápiz rojo y “subraya las palabras con energía”. No hay más.