Lunes, 12 de Enero de 2009

Heroína, hip hop y superación personal

Santiago Zannou estrena ‘El truco del manco’, drama social protagonizado por El Langui que opta a tres premios Goya

CARLOS PRIETO ·12/01/2009 - 22:02h

Santiago Zannou, director y profesor de cine. EDU PARRA

Si El truco del manco fuera un chiste empezaría así: van por la calle un gitano, un negro y un minusválido… Pero es una película. La ópera prima de Santiago Zannou, que se estrena el viernes, nació hace seis años durante la grabación, en el estudio de su hermano Woulfrank, del debut del grupo de hip hop La Excepción, el mítico Cata cheli.

Así, mientras El Langui rapeaba cosas como “Zapato ortopédico bien feo de los más feos hasta los trece calcé, a ver, no hubo más remedio ni misterio pa que en verano me sudara el pinrel”, a Zannou se le iluminó la bombilla. “Ahí había dos personas, El Langui (con una minusvalía) y  mi hermano (negro de familia humilde), que, pese a haber sufrido situaciones de exclusión social, se organizaban para sacar adelante sus proyectos. El truco del manco es, pues, la historia de dos personas que tienen que superar barreras”, cuenta Zannou, hijo de inmigrantes de Benin.

Poco a poco, el guión se fue alimentando de las vivencias del rapero madrileño, convertido en el inesperado protagonista, y el director, criados en el barrio madrileño de Carabanchel.

Vuelven los ochenta

Rodado en los barrios barceloneses de Bellvitge, Ciutat Badia y la Catalana, el filme vuelve a llevar a la pantalla una sustancia que parecía haberse esfumado de las ficciones españolas: la heroína. “En los años ochenta, el cine reflejó la realidad de la entrada masiva del caballo en las calles desde finales de los setenta”, recuerda. “Como mi película transcurre en el extrarradio de una gran ciudad, tenía que aparecer: en esas zonas sigue habiendo núcleos donde se consume y se trapichea”, explica.

“Hay temas en los que hay que ponerse serio”, cuenta el director. “Si quiero filmar una escena en la que alguien se fuma una base o se pincha es justamente eso lo que debo filmar. Hay que mostrarlo como es, sin caer ni en el morbo ni en las coñas. A la hora de tratar temas como la adicción o los problemas familiares hay que ser lo más honesto posible”.

Dentro de lo que el director entiende por honestidad entraría buscar a sus actores entre los bloques de edificios de la periferia, en un intento por “escapar de los referentes habituales de nuestro cine”. Eso sí, Zannou no quiere oír hablar de la expresión “actores no profesionales”. “¿Cómo no van a ser profesionales si les hacía ensayar 11 horas al día de lunes a domingo? Como mucho se les podría llamar actores sin experiencia. Intenté concienciarles de que rodar un filme es un trabajo de mucha responsabilidad”, cuenta.

En efecto, Zannou montó un plan de trabajo leonino que incluía la prohibición de fumar porros nada más levantarse y visionados diarios de clásicos como Pat Garret y Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1973), porque “no todo van a ser dramas sociales”.

Con todo, el inicio de los ensayos fue digno de una parodia del Método Stalisnavsky. Según cuenta entre risas El Langui, los actores, “obligados” a interpretar a unos macarrillas de barrio, decidieron adquirir experiencia interpretativa por la vía rápida “robando un chándal del Real Madrid para el hijo de Chacho”, en un conocido centro comercial de la capital.  

No obstante, Zannou, haciendo bueno aquello de que tragedia más tiempo igual a comedia, dice que “ahora suena todo muy gracioso, pero en su momento estaba muy puteado. Llevé a los cuatro actores a vivir al mismo hotel para que se fueran conociendo. Bueno, pues los pusieron en la calle. Como en el filme discuten mucho, decidieron pasarse el día montando bulla a grito pelado ante el estupor del personal del hotel. Me los tuve que llevar a dormir a mi piso de 37 metros. Parecía un circo ambulante”, zanja.