Archivo de Público
Viernes, 2 de Enero de 2009

Una princesa en armas por la patria

En 1848, Cristina Belgiojoso abandonó la corte para luchar por la Unidad de Italia

JESÚS CENTENO ·02/01/2009 - 08:00h

JESÚS CENTENO - Retrato de Cristina Trivulzio di Belgiojoso (1808-1871), por Francesco Hayez.

Cuando entró en el balcón del palacio Marino de Milán, la princesa lombarda Cristina Trivulzio di Belgiojoso lucía radiante, en el pecho, una escarapela tricolor. La aristócrata, que había viajado hasta Lombardía junto a 250 hombres para levantar la moral de los miles de voluntarios que habían tomado Milán para levantarse contra el opresor austriaco, izó un estandarte blanco, rojo y verde sobre los puntos más altos de la ciudad. Era 1848 y, por primera vez, los austríacos tuvieron que ceder. Desde entonces, la tricolor se convirtió en el gran símbolo de la incipiente nación italiana.

Aunque perteneció a la alta sociedad, esta joven desconocida para los libros de Historia prefirió sus ideas y las armas a los lujos de la corte. Se sabe de ella que, aunque aristócrata, reconocía en la república la forma más justa de gobierno y que disfrutó una existencia rica en aventuras. Filósofa e historiadora, inspiró personajes femeninos de la época gracias a su inquietante belleza: sus enormes ojos, su palidez, su cabello negro y su figura grácil no pasaron inadvertidos en los salones parisinos, donde acudía vestida de blanco, obteniendo más éxitos en lo mundano que en lo intelectual.

El carbonarismo, en la sombra

Di Belgiojoso era una princesa indolente y de costumbres muy libres que la llevaron a rebelión. Su primer matrimonio fracasó y Cristina visitó Génova, Florencia y Nápoles, donde se acercó al Carbonarismo, una asociación burguesa, patriótica y antimonárquica que nació con el objetivo de librar una revolución que lograse unir la península itálica.

Il Resorgimento, como es conocido en Italia este proceso, fue complejo y violento. Tras la caída de Napoleón, el Imperio austriaco anexionó Lomardía y el Véneto, mientras se creaban el Reino de Piamonte y el de las dos Sicilias. Sin embargo, las ideas nacionalistas no tardaron en propagarse, incentivadas por la vuelta del absolutismo y la influencia del romanticismo. Así, las sociedades secretas fueron las encargadas de propagar muchas de las ideas del Risorgimento.

La Carbonería era una organización jerárquica con núcleos locales (barracones) que se reunían en grandes eventos llamados venditerias. Su primer objetivo, lograr la libertad política y un gobierno constitucional. No en vano, era un movimiento burgués y casi aristócrata dividido en logias (una pacífica, destinada a la propaganda, y otra militar, destinada a la guerrilla). A ella se unieron políticos liberales como Silvio Pellico o Giuseppe Mazzini, aunque el movimiento se diluiría con el tiempo.

Por su parte, Cristina editó varios periódicos de corte revolucionario, donde apeló a la unión de los diferentes estados en que estaba dividida la península vinculados a dinastías extranjeras, como los Habsburgo y los Borbones. Tras dos décadas de amagos de revolución, Mazzini organizó los primeros levantamientos populares que, sin embargo, fracasaron estrepitosamente.

Las cinco jornadas de Milán

La princesa fue entonces acusada de conspirar por los austriacos. Obligada al exilio en París, Viena bloqueó sus bienes. Entró entonces en escena un viejo amigo, Pietro Bolognini, al cual los espías asignaron el papel de amante. Tras recuperar su patrimonio, Cristina abrió en París una hermosísima casa, cerca de la Madeleine, que se convirtió en el lugar de reunión de los intelectuales italianos, franceses y alemanes. En París conoció a intelectuales como el poeta Heinrich Heine y el compositor Franz Liszt, según narra la escritora Patrizia Carrano en su libro Las escandalosas (Siruela). Gracias a su dinero, la princesa ayudó a los exiliados italianos y organizó envíos de armas para las revueltas.

"Publicó precisos apuntes sobre la realidad de Lombardía y se convirtió en una fuerza activa", escribe Carrano. Cristina ayudó a las instituciones de asilos y construyó comedores públicos hasta que, en 1848, en Nápoles, recogió a 250 hombres y los llevó en una nave hasta Milán. Allí, el pueblo de la ciudad luchó contra las tropas del mariscal Radezky en lo que se conoce como las Cinco Jornadas de Milán, uno de los episodios más importantes del Risorgimento. Fue la primera cita en la que participó por primera vez el pueblo de forma decisiva. La ciudad entera combatió levantando barricadas, disparando desde las ventanas y enviando mensajes por medio de octavillas en las que animaba a la población a rebelarse contra el opresor.

La resistencia triunfó y el asedio terminó con la huida de Radetzky y la creación de un Gobierno provisional presidido por Gabrio Casatil. Sin embargo, los austriacos no tardarían en reconquistar la ciudad y Cristina terminó supervisando los hospitales de los guerrilleros. Tras una azarosa vida por distintas ciudades europeas, acabó en Asia Menor, donde sobrevivió volcada en la escritura. La Unificación tendría que esperar, pero las bases ya se habían afianzado.