Archivo de Público
Miércoles, 31 de Diciembre de 2008

Los hijos de la revolución

Nacieron en 1959, cuando los barbudos entraron en Santiago y en La Habana. Su vida resume medio siglo de castrismo

BERNARDO GUTIÉRREZ ·31/12/2008 - 08:00h

REUTERS - Una escena cotidiana en La Habana.

Unas horas antes de que Fidel Castro se asomase al Ayuntamiento de Santiago de Cuba el 1 de enero de 1959, Gregoria Padrón sintió una contracción inconfundible. Se dirigió al hospital Sagrado Corazón. La alegría del parto llegó por duplicado. El Ejército Rebelde con el que su marido, Horacio Escobar, simpatizaba acababa de derrocar a Fulgencio Batista.

El bebé, en homenaje al líder, se llamó Fidel. "Mi nombre me costó el no tener madrina. Mi tía se negó. Y huyó a Miami". Fidel Escobar pulcro bigotito, mirada serena habla en el hospital Calixto García de sus primeros días de vida. Y repasa su historia, hecha por y para la revolución. "Se lo debo todo a ella", matiza. Fidel representa como nadie los frutos de aquellos tenaces barbudos que, tras ser masacrados al desembarcar del Granma, se alzaron contra un Ejército con apenas doce fusiles.

"Se lo debo todo a la revolución" proclama Fidel, un hijo ejemplar del 59

Fidel nos cita en su casa de la calle 7, Alta Habana. Su mujer, Marlene Magariño, hija de la crisis de los misiles de 1961, habla con orgullo: "No tenemos lujos, pero ni estamos endeudados ni nos falta nada".

Marlene, licenciada en Matemáticas, sirve un pollo criollo. Fidel ensalza los logros de la revolución: "Educación gratuita, hasta libros escolares. Sanidad para todos".

Fidel y Marlene ganan poco (unos 15 euros mensuales cada uno) pero no pagan casi nada. Ni siquiera la casa. Su hija Daniela, de 13 años, sonríe. Y pone algún punto sobre la i: "Cada vez hay más alumnos por clase". La cifra, matiza Fidel, "todavía es buena". 20 alumnos por profesor en primaria. En secundaria, 15.

Fidel recuerda su experiencia de cooperación en la Nicaragua sandinista, en 1984 (Cuba firmó el primer acuerdo migratorio con Estados Unidos y Gorbachov llegó el poder en la URSS). "Los niños vendían periódicos en la calle, llorando", recuerda. Marlene destaca "la solidaridad de Cuba" frente al "egoísmo" del mundo.

Medianoche. El pollo se acaba. El taxi no llega. Fidel encuentra la solución. Parar un coche particular: un taxi ilegal. ¿El precio? Tres euros, casi su sueldo de una semana.

"¿Cuánto me cuesta el papeleo para viajar a España? Lo mismo que si tú quisieses ir a la luna". La voz amable de Ernesto Mejías (el nombre es ficticio) esconde rabia y algo de miedo. También es hijo de la revolución. Nació el 7 de marzo de 1959. Su discurso es ácido. "No quiero un Mercedes ni jamón serrano. Pero ya no puedo dejarle tres huevos al vecino", afirma este licenciado en Educación Física. Su vida "es cómoda". Trabaja en un hotel extranjero. Gana 10 euros fijos y 8 como incentivo. Y recibe algo de fuera. Sus padres están en Miami. Su hermano arquitecto, en Mallorca. "No entiendo que se hagan siete hospitales en Bolivia y aquí no. Que no tengamos pescado en una isla. Que un viejito quiera vender café en la esquina y no le dejen". Ernesto abre un vino tinto.

Contradicciones

Y se hizo la sombra: clásico apagón habanero. Ernesto, armado de un flexo, recuerda "con amargura" 1968, cuando el Gobierno intervino la carnicería de su padre (Cuba nacionaliza los negocios privados; en agosto la URSS invade Checoslovaquia, Fidel la apoya).

"Esta situación es tétrica", deplora. Critica, primero, con timidez. Después, llega Ernesto Sin Piedad: sanidad mediocre, una cartilla de racionamiento raquítica... "El sistema socialista me parece mejor que el capitalista. Nunca me iría a Miami, pero...", concluye Ernesto.

"Mi madre aprendió a leer con la revolución" recuerda Marcial

Fidel, el hijo ejemplar de la revolución, y Ernesto, el díscolo y crítico, viven en el mismo país. Ninguno de los dos entonó nunca el Cuando salí de Cuba dejé mi vida de Celia Cruz. Y desprecian llanamente las reivindicaciones de las 400.000 familias que dejaron el país en 1959. Ambos comparten educación y edad. Y hasta extracción social: clase media de antes de la revolución. Pero su visión es radicalmente distinta. No es apenas una botella medio vacía o medio llena. Es una frontera interna. Un muro que separa a un país desde estadísticas contradictorias y hasta opuestas. Los que defienden el legado de la revolución (Fidel, el médico, por ejemplo) presumen de la baja mortalidad infantil (5,3 por cada mil nacidos) o esperanza de vida (77 y 78 años, veinte más que en 1959). Los nostálgicos y críticos tal vez Ernesto recuerdan el desarrollo capitalista de la Cuba de Batista: 160.000 coches, seis millones de cabezas de ganado, un teléfono por cada 28 habitantes, 600 salas de cine, 40 kilos de consumo de carne per cápita al año (tercero más alto de América).

Sin embargo, las estadísticas del nivel de vida de los cubanos anterior a la revolución, de Guillermo Jiménez, no convencen a la mayoría. Marcial Escandrón, nacido el 10 de julio de 1959, denuncia con contundencia la desigualdad preFidel: "Mi madre sólo aprendió a leer en 1961, con la revolución. No tenía ni zapatos para ir al médico". En 1958, en Cuba había 28 televisiones por cada 1.000 habitantes (segundo lugar de América). Pero un 42% de las casas no tenía electricidad.

Lucky Luciano y Meyer Lansky se repartían el dinero sucio de Cuba en El padrino II. Hemingway creaba a Henry Morían, su gran héroe habanero, metáfora de un país corrupto. Y la ciudad "de lo cojo, de lo asimétrico", mitificada por la pluma de Alejo Carpentier, se desmoronaba en una espiral de desigualdad, pobreza y violencia.

Por eso Marcial, informático y dueño de una casita en el popular barrio de Marianao, ensalza su vida entregada al trabajo limpio. Estudió mecánica. Y empezó a trabajar como mecánico en 1976 (primera Constitución socialista en Cuba, muere Mao Zedong, el terrorista Luis Posada Carriles vuela un avión cubano y mata a 73 civiles).

"La revolución nos enseñó a resolver las cosas por nosotros mismos", matiza Marcial. Su mujer, Sandra Martínez, auxiliar de laboratorio, nacida el 19 de julio de 1959, es la compañera revolucionaria perfecta. Voluntaria en las zafras de caña de azúcar. Entusiasta participante de los mítines relámpago que el partido organizaba en los centros de trabajo.

"Esta situación es tétrica", deplora Ernesto Mejías, otro hijo del 59

Primero uno, después el otro, pronuncian palabras de Fidel: "Cuando el pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla". Son 100% fidelistas. Y responden con automatismo a preguntas incómodas. "No existen las condiciones necesarias para implantar Internet en Cuba" (Marcial), "mi marido no es creyente, es militante del partido" (Sandra).

Celeste Álvarez (28 enero de 1959) es doblemente revolucionaria. Nació el mismo día que el mártir de la patria, José Martí. Y en el año de los barbudos. "Pero ya no soy comunista, soy cristiana", afirma. Celeste no quiso charlar en su trabajo, la peluquería La Diadema. "Esta es zona congelada, enfrente vive Raúl", afirmaba. En su casa, en la avenida 25 del barrio del Vedado, desmelena el verbo. Recuerda cuando se compró unos zuecos búlgaros "preciosos y baratos" en 1980 (125.000 cubanos dejan el país desde el puerto de Mariel) .

"La revolución", prosigue Celeste, "nos aportó mucho, sigo defendiéndola aunque con distancia". Celeste fanática de la iglesia pentecostal justifica por qué ya sólo cree en Cristo: "La revolución borró el santoral y santificó a personajes civiles". Los días festivos son inevitablemente revolucionarios. 8 de octubre (muerte del Ché), 28 octubre (muerte de Camilo Cienfuegos)... "No había Dios, pero teníamos a Fidel", finaliza esta apasionada peluquera.

La fe interior

Como Celeste, María López Pared, nacida el 1 de enero de 1959, también sufrió en silencio su fe (católica). "La vivía de una forma interior", afirma María. Sin embargo, esta mujer que dejó el Ministerio de Economía para dedicarse a la venta de arte, defiende la revolución con uñas y dientes. La sanidad. La igualdad. La inexistencia de juegos de azar. "Aquí el juego es sinónimo de ajedrez, de dominó", afirma en el salón de su casa, en la avenida 17, rodeada de cuadros sugerentes (una cabeza mulata con un paisaje en el cerebro, un tonel de madera con barcos presos/ahogados).

María apenas critica el problema de la vivienda: "Hay casas donde viven 20 personas". Pero donde María es ferreamente socialista es en la lucha contra la riqueza. Nada de iniciativa privada. La legalización del dólar de 1993 (Cuba autoriza el trabajo por cuenta propia) trajo una brecha salarial rellena de "consumismo, frustración y violencia". Ricos, pobres, clases.

Desde el otro lado de la ciudad, en el barrio Mónaco; desde la otra orilla interna de Cuba; desde ese país paralelo de cifras opuestas, Sara Valdés Oropesa (3 de septiembre de 1959) desmonta la teoría de la "demoníaca propiedad privada". "Aniquilaron cualquier iniciativa personal. Ni puedes vender artesanía ni nada".

Mientras el régimen protege a los minifundistas de Pinar del Río que garantizan la exportación de habanos, los cuentapropistas (gerentes de casas particulares, restaurantes) son la peste social del castrismo. En los culebrones televisivos fuman mucho, beben alcohol y cogen taxis sin parar. "Se han hecho mal muchas cosas", matiza esta productora del grupo musical Síntesis.

Marlene destaca "la solidaridad de Cuba" frente al egoísmo del mundo

 

Sara tiene una vida vinculada al arte. Ballet, decoración, música. Es tía de X Alfonso, el músico under más famoso. Y critica abiertamente la "persecución que han sufrido los gays". "Le tuve que explicar a mi hija"afirma "que mi amigo Vladimir, gay, no era un catarro que se pega".

Entre la Cuba ideal de la propaganda y el país de cifras capitalistas de los años cincuenta del filme Hormigas en la boca, Regla Hernández (7 de junio de 1959) habla de la revolución sin mitificar ni demonizar: "Papá Fidel nos enseñó a amar. Pero me decepcionó".

Ahora Regla piel negra brillante, santera ataca: "no entiendo por qué marginaron las creencias africanas". Y una de arena-tras-la-cal. Reglita ríe. Y muestra una carta de felicitación del presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) una especie de vigilante del buen comportamiento socialde su barrio, Cerro.

La cesta se acaba el 10

Regla sólo sabe que en los ochenta, bajo el paraguas de la URSS, "no faltaba de nada". Que en el periodo especial, cuando se derrumbó el bloque soviético, "Cuba aprendió a sobrevivir" (María, la cristiana oculta, plantaba ajo en los yogures, su vecina criaba gallinas en su fina casa burguesa). "Y ahora", dice Reglita, "la cesta básica se acaba el día 10 de cada mes". ¿Y el futuro con Raúl? "Sólo con FE. Familiares en el extranjero". Risas.

¿Y el futuro-sin-Fidel-pero-con-Castro? La respuesta ya no baila a ritmo de la habanera , de Eduardo Sánchez, que se escucha en El padrino II cuando Michael Corleone llega a La Habana (En Cuba, la isla hermosa de ardiente sol, bajo su cielo azul). Tal vez suene al ritmo de los nietos de la revolución, aunque esa es otra historia. Letras divididas, doblemente cubanas. Escindidas. Tal vez antagónicas. X Alfonso, el sobrino de Sara, criticando: "calles de mi Habana, tu tristeza y tu dolor reflejan tus fachadas". El rapero Papo Records, desde su exilio londinense, alabando al castrismo en Revolución. Y Porno para Ricardo, con sus acuchilladas letras punks: "Raúl es un farsante a ti no hay quien te aguante". Pero quizá sea el más prosaico contenido del blog Generación Y, de Yoani Sánchez, quien mejor resuma la Revolución para los hijos de sus hijos: "Déjenla descansar en paz y comencemos pronto un nuevo ciclo: más breve, menos altisonante, más libre".

¿Y el castrofuturo? Regla, la hija de las dos-Cubas-en-una, es optimista: "No sé. Escríbelo bonito, mi amor, pa ver si esto cambia".