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Sábado, 20 de Diciembre de 2008

Hábitos y árbitros

Está claro que en nuestro país, como en casi todos los demás países desarrollados del mundo, la gente lee

CRISTINA CERRADA ·20/12/2008 - 08:00h

Hábitos de lectura es una de esas expresiones que, a fuerza de ser escuchada a todas horas en los medios de comunicación, casi ha perdido su sentido para convertirse tan sólo en otro concepto de moda.

Pero significa algo. Un hábito de lectura es una práctica adquirida por repetición, marcada por tendencias y que forma costumbres frecuentes de lectura, a través de las cuales pueden identificarse frecuencias, intensidades, modos, lugares, etc.

Está claro que en nuestro país, como en casi todos los demás países desarrollados del mundo, la gente lee. De hecho, parece ser que mentirían quienes aseguran que cada vez se lee menos, ya que, según parece, el número de lectores y lectoras se ha mantenido a lo largo de los últimos cuatro siglos: leen más o menos las mismas personas que leían ya en el siglo XVII.

Sin embargo, lo que realmente es un misterio y lo que constituye un auténtico arcano en todo este juego de la cultura es por qué 85.000 españoles leen el mismo libro a la vez. ¿Es que se han puesto todos de acuerdo? ¿Han llegado, a través de idéntica información e idéntico historial de lecturas, a ese concreto y singular volumen que tienen ahora mismo en sus manos? ¿Acaso alguien les dijo lo que tenían que leer?

Más importante que la pregunta acerca de los hábitos de lectura me parece que sería esta otra: ¿por qué leemos lo que leemos?

En tiempos de Cervantes, pese a la explosión que supuso la imprenta, la producción literaria era muy reducida, insignificante en comparación con la de hoy. Es evidente que, de entre el centenar de libros que podía venir engrosando la lista de novedades de entonces era más sencillo elegir.

Hoy, en cambio, es muy distinto. Difícilmente podría una persona tener noticia de todos y cada uno de los títulos que se publican ¡Tan sólo en un mes! Y si así fuese, se volvería loco si intentase leerlos todos. Es más, se volvería aún más loco si intentase elaborar una selección de los mejores él solito.

Y es aquí donde entra en juego el papel de la mediación. Traductores, compiladores, editores, agentes literarios, críticos, presentadores de televisión, libreros Todos ellos tienen una tarea tan meridiana como sibilina: la de elegir por nosotros. Probablemente, más que nunca antes en la historia de la literatura, los mediadores tienen en el presente la última palabra, tanto en la fortuna de un libro, como en la orientación de los gustos del lector.

¿Cuánto depende, pues, la suerte de una obra del papel de estos árbitros? Más que cuántos libros llegan a nuestras manos, lo que deberíamos preguntarnos los lectores es cuántos no llegaran.

Árbitros en el juego del mercado de la cultura, los mediadores ostentan en la actualidad estas posiciones de poder con fines no siempre honestos del todo, al menos, para con la cultura. Lejos de limitarse a esa labor de arbitraje que habían conocido hasta ahora, se erigen a menudo en auténticos inquisidores enviando libros a la hoguera por razones tan ajenas a la literatura como preñadas de intereses.

Yo me pregunto: ¿por quiénes deberíamos preocuparnos más hoy en día, por los hábitos o por los árbitros?