Archivo de Público
Sábado, 13 de Diciembre de 2008

Malestar y populismo

El descontento social por la crisis favorece el ascenso de Rosa Díez

GONZALO LÓPEZ ALBA ·13/12/2008 - 16:49h

El malestar es una semilla de lenta germinación, pero una vez que brota se convierte en un arbusto que se propaga arrollador como las plantas trepadoras, con las que no sirven podas parciales. Todas las recesiones económicas acarrean desequilibrios sociales y los tiempos de crisis son el mejor fertilizante para acelerar el estallido del malestar, un cóctel de infelicidad, angustia y agitación, según lo explicó Freud.

La violenta revuelta social en Grecia constituye una advertencia en toda regla que trasciende sus fronteras. Los cabecillas de la protesta inicial reconocen que la muerte de un adolescente por el disparo de un policía sólo fue "la gota que colmó el vaso", un vaso lleno de hartazgo por "el deterioro de nuestra vida", del que no sólo beben estudiantes y parados. El efecto de contagio que anida en este tipo de protestas suele ser incontenible. El miércoles, jóvenes antisistema llegaron a atacar la sede de la Policía Municipal en el distrito Centro de Madrid.

Los dirigentes que se comportaron como miopes ante la crisis que se avecinaba como un tsunami corren ahora el peligro de padecer astigmatismo. Los gobiernos europeos han atropellado todos las reglas y mecanismos institucionales para inyectar liquidez al sistema financiero. La decisión, que era inevitable para evitar el colapso, ha dejado al descubierto las vergüenzas de la escuálida arquitectura institucional de la Unión Europea.

Blas Piñar, Ruiz-Mateos, Gil...

Cuando las instituciones no funcionan y los partidos tradicionales no son capaces de canalizar las preocupaciones de los ciudadanos y dar respuesta a sus necesidades, florecen los líderes populistas. Aunque todavía no pasa de ser un atisbo, sólo así se justifica que Rosa Díez se haya convertido, según el Publiscopio del 1 de diciembre, en el político mejor valorado por los españoles y la única que supera el listón del aprobado.

Como ocurre con todos los líderes populistas, Rosa Díez engorda con lo que adelgaza a los demás

No es un fenómeno nuevo, tampoco en España. En las primeras elecciones generales, en junio de 1977, apenas medio año después de la muerte de Franco, la coalición de nostálgicos que lideró Blas Piñar se quedó sin representación parlamentaria, pero en 1979 fue elegido diputado por Madrid con el apoyo de 379.463 votos, un escaño que perdería en 1982. En 1989, el empresario José María Ruiz-Mateos obtuvo 608.560 votos y dos escaños en el Parlamento Europeo. En 1991 surgió el gilismo de Jesús Gil, que ese año logró mayoría absoluta en Marbella, aunque, al igual que le ocurrió a Ruiz-Mateos, no pudo entrar en la carrera de San Jerónimo. En cada una de las fechas de referencia citadas había un caldo de descontento.

La gran ventaja de salida para Rosa Díez es que conjuga una cultivada imagen de política antisistema con una larga trayectoria política dentro del sistema, lo que mantiene el atractivo y reduce los temores. Como ocurre con todos los líderes populistas, Díez engorda con lo que adelgaza a los demás. El descontento recorre todo el espectro ideológico, pero en estos momentos es de mayor intensidad en la derecha y por ahí crecen más sus adeptos, por ahora.

Por las rendijas

En el PP no han dejado de supurar las heridas que quedaron abiertas en el congreso de Valencia, en junio. Los críticos han puesto la proa a María Dolores de Cospedal, la secretaria general; Javier Arenas, el gran vencedor de aquella cita, ha vuelto a refugiarse en su trinchera de Andalucía para ponerse a cubierto de las balas; Francisco Camps, que llegó al cónclave valenciano como la estrella emergente, ahora sólo refulge bajo la lámpara incandescente de Esperanza Aguirre... y cala el ánimo interno de desesperación, el que necesita Alberto Ruiz-Gallardón para que los suyos le acepten.

Por sus rendijas se volvió a colar esta semana Rosa Díez. Con Rajoy apremiado para morder al Gobierno y Cospedal balanceándose para que la lista de sus detractores no se vea engrosada por quienes fueron sus mentores -fue subsecretaria de Interior con Acebes- , la derecha ha decidido que ANV sea la pústula en la no bien recuperada unidad contra el terrorismo.

Tampoco el PSOE es inocente. Haciéndole pagar al PP la factura por sus emboscadas parlamentarias, quedó expedito el campo para que la diputada de UPyD protagonizara en el Pleno del Congreso la defensa, con sus tintes más demagógicos, de las posiciones que en este asunto mantiene la derecha.

La tensión entre socialistas y conservadores ha difuminado la zapatiesta entre los nacionalistas

Tras el cambio de estrategia sobrevenido por la ruptura de la tregua de ETA, Zapatero está decidido a desalojar de las instituciones a quienes amparan el terrorismo. Pero no al precio de una precipitación legal que en poco tiempo puede devolver en procesión bajo palio a los expulsados, desandando así el camino recorrido en el arrinconamiento social del terrorismo, riesgo que dirigentes del PP reconocen en privado. Y tampoco en vísperas de unas elecciones que pueden alumbrar el hito de que el PSE desbanque al PNV como primera fuerza de Euskadi.

La tensión entre socialistas y conservadores ha difuminado la zapatiesta entre los nacionalistas, que intentan endosar al Gobierno la responsabilidad de los partidos vascos, incapaces de aunar fuerzas para desalojar a ANV por la vía más democrática, la de los votos agrupados en mociones de censura. Ese tablero de división nacionalista, que PNV y EA se han visto obligados a corregir en Azpeitia, favorece electoralmente a los socialistas, entre los que la discrepancia puede surgir después, cuando se planteen las alianzas de gobierno, ante las que los intereses de Zapatero y los del PSE pueden no ser coincidentes.

El partido de Rosa Díez se presentará en las tres citas electorales del próximo semestre: Galicia, Euskadi y Europa. En Euskadi, a pesar de que el escenario propicia el voto útil, tiene serias posibilidades de conseguir representación porque un escaño por Álava sólo cuesta 8.000 votos. Pero su gran trampolín a corto plazo serán las elecciones al Parlamento Europeo, ante las que el principal adversario de los partidos tradicionales es la apatía de los votantes. Los 303.535 votos que recibió en marzo prácticamente le garantizan un euroescaño, pero peleará por acercarse lo más posible a la cifra mágica del millón de votos. Será un recuento de descontentos. D