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Lunes, 8 de Diciembre de 2008

El dragón que ya no podrá salvar el mundo

CARLOS ENRIQUE BAYO ·08/12/2008 - 08:46h

Cuando Deng Xiaping puso en marcha la modernización industrial de su país, en 1978, los economistas occidentales argumentaron: "Sólo el capitalismo puede salvar a China". Han pasado exactamente 30 años y hoy muchos expertos proclaman que "sólo China puede salvar al capitalismo".

Así comenzaba The Economist hace tres semanas su gran dossier sobre el súbito "enfriamiento" económico del gigante asiático. El venerable semanario conservador aducía que el parón chino no es debido tanto al frenazo de sus exportaciones (que en los primeros diez meses del año crecieron un 21%), sino a medidas internas como la nueva ley laboral que pretende acabar con las condiciones de semiesclavitud de los obreros en la fábrica del mundo.

Los dirigentes chinos están convencidos de que el país necesita crecer a un ritmo del 8% anual para absorber el impacto del mayor flujo migratorio desde la colonización de América: el éxodo de cientos de millones de míseros campesinos hacia las florecientes zonas costeras.

Para conseguirlo, han sacrificado sus redes sociales (no existe la sanidad pública gratuita), su medio ambiente (la mitad de sus aguas dulces están envenenadas y cuentan con ocho de las diez ciudades más contaminadas del mundo) y su cultura ancestral.

China ha estado creciendo al 12% anual, pero a cambio de autodestruirse interiormente, al tiempo que se convertía en el gran depredador del planeta, esquilmando las materias primas de África, Australia, Asia y América para mantener la espiral de producción intensiva. Pekín parecía no darse cuenta de que nunca podrá importar el agua y aire limpios que necesita su gente para vivir.

Pero, por encima de todo, el gran peligro de China es el abismo que ha creado entre inmensamente ricos y extraordinariamente pobres. Ésa es la bomba de relojería que puede destruir al dragón.