Archivo de Público
Domingo, 7 de Diciembre de 2008

El arsenal talibán

La ciudad de las armas. A 35 kilómetros de Peshawar se encuentra el mayor supermercado de armas del mundo. Las milicias islámicas compran su armamento a los vendedores y traficantes de esta región

ANTONIO PAMPLIEGA ·07/12/2008 - 08:00h

TARIQ MAHMOOD / AFP - Las armas que se fabrican en talleres como el de esta fotografía se hacen pieza a pieza.

Las yemas de sus dedos se apoyan con sutileza sobre la fina lija, mientras una tenue luz brilla en lo alto de la estancia. Su figura recortada por las sombras permanece imperturbable en el suelo mientras la rugosa textura de la lija acaricia la madera.

Sus manos expertas se detienen, sopla la pieza de madera para apartar las impurezas y la coloca en alto para que la luz de la bombilla incida sobre ella. La observa, la gira para ver todos los ángulos. "Perfecta, simplemente perfecta", repite mientras en la comisura de sus labios aparece un leve gesto de aprobación.

Con una voz fuerte llama a su hijo, que espera en el exterior de la tienda enseñando el género a unos posibles clientes. El muchacho, que no debe de superar los 10 años, entrega a su padre una pieza envuelta en unos trapos. El artesano los aparta con sumo cuidado y muestra un alargado objeto metálico. Después, el hombre coloca la pieza de acero contrachapado de madera que acaba de tallar en la parte posterior, deposita la pieza en el suelo e introduce dos dedos en un bote de grasa que aguarda a su lado. Por fin, embadurna el cerrojo y lo mueve adelante y atrás para que la grasa se mezcle con el metal.

Las 30.000 personas residentes en Darra viven de la fabricación de armas de fuego

"Perfecta, es perfecta", susurra Asad mientras nos ofrece el AK-47 que acaba de terminar de fabricar. "El señor Kalashnikov estaría orgulloso", afirma mientras se atusa la enmarañada barba que empieza a teñirse del color de la ceniza. Asad es uno de los miles de comerciantes y fabricantes que viven en la ciudad de las armas.

A escasos 35 kilómetros al sur de Peshawar, adentrándonos en las zonas tribales bajo dominio de los talibanes, nos topamos con un peculiar enclave, el pueblo de Darra Adam Khel; el lugar del planeta con más concentración de armas por metro cuadrado.

Un negocio ancestral

"En Darra habrá más de 4.000 tiendas de armas y calculo que somos unas 5.000 ó 6.000 personas las que nos dedicamos a hacer las réplicas", explica Asad mientras no pierde de vista los progresos de su hijo en el montaje de una pistola Beretta.

"Nuestros padres y abuelos comenzaron a fabricar armas a comienzos de 1.900, cuando dos soldados del ejército de la provincia de Punjab desertaron y se refugiaron en el pueblo. Ellos enseñaron a nuestros antepasados a fabricarlas" sentencia Asad, orgulloso de sus raíces.

"Para venir aquí hay que estar muy loco o ser muy estúpido", dice el comerciante Ahmed

La práctica totalidad de las 30.000 personas que componen la población de Darra (paso, en urdu) vive exclusivamente de la compraventa y la fabricación de armas de fuego. Para acceder a este peculiar enclave, donde las leyes las dictan los talibanes, se tiene que dejar atrás un puesto de control custodiado por los militares paquistaníes. Los extranjeros son una codiciada pieza de caza en estos parajes y así nos lo hacen saber. "Entra usted bajo su responsabilidad", nos recuerda el sargento del puesto.

Darra Adam Khel está muy cerca de Afganistán Pakistán y Afganistán comparten más de 2.500 kilómetros de frontera y en lugares como este los traficantes de armas afganos vienen a vender sus armas, que luego se utilizaran contra los infieles en la yihad (guerra santa). El guía que acompaña a Público nos da las últimas instrucciones. "Nada de fotos, sacar la grabadora o hacer preguntas. Tú limítate a permanecer en silencio. Como se huelan que eres periodista de aquí no salimos con vida", agrega haciendo una mueca de complicidad.

Los extranjeros no son bienvenidos. Un mugriento cartel marrón con letras blancas en inglés nos invita a que nos vayamos por donde hemos venido. Foreigners go home ("Extranjeros marchaos a casa").

Orgullosos de su trabajo

Las paredes de las casas están decoradas con llamamientos a los jóvenes para que acudan a luchar en la yihad contra los dozakh (infieles en urdu) en Afganistán.

El corazón de la ciudad está seccionado por una alargada y estrecha calle donde cientos de tiendas taller muestran su género sin ningún pudor. Los Kalashnikov, las P-90, los M-16 o los fusiles de asalto israelíes Galil cuelgan de las tiendas como si se tratasen de ristras de chorizo.

Aquí todo el mundo se dedica a lo mismo y están orgullosos de su trabajo, que no esconden. Según avanzamos, a ambos lados de la arteria principal, se van bifurcando más y más ramales que van a parar a más tiendas. Un enrevesado laberinto de callejuelas donde las armas son fabricadas a mano por estos artesanos de la muerte. Las tiendas de armas se suceden una tras otra.

Ojos vigilantes observan desde la sombra al infiel que se ha atrevido a acceder a su santuario. Desde hace meses, esos mismos ojos que ahora nos escrutan no han visto a un extranjero. "Para venir aquí hay que estar loco o ser muy estúpido", comenta Ahmed riendo a carcajadas.

Copias de originales

 Ahmed, un hombre de unos 60 años, nos invita a pasar al interior de su taller para que comprobemos nosotros mismos la calidad de sus armas. En el suelo, junto a la entrada sus dos nietos trabajan con él en el negocio familiar. "Todas las armas que tengo en mi tienda las he hecho yo mismo. Copiamos los modelos de los originales y luego los vendemos a los clientes".

Los compradores son pastunes (la etnia mayoritaria entre los talibanes) que no se pueden permitir grandes desembolsos de dinero, que se acaban de sacar la licencia de armas, y quieren comprarse alguna para tenerla en casa.

"Aquí puedes comprar un rifle por menos de 70 dólares (59 euros) y de la mejor calidad". Le preguntamos por qué son tan baratas. "La mano de obra es de Darra, por lo que nos ahorramos los costes de importación; además, la materia prima es de Pakistán y eso también las hace más baratas. ¿Quieres probar una?", nos ofrece.

Seguimos a Ahmed hasta llegar al tejado. Allí nos tiende un AK-56, réplica del rifle chino, y que se diferencia del AK-47 en que su cargador tiene forma de banana. Quita el seguro apunta al cielo azul y aprieta el gatillo. La bala se pierde en el infinito y el casquillo es vomitado con desprecio por el rifle. "Aquí no tenemos campos de tiro, así que si queremos comprobar que el arma está en perfectas condiciones subimos a los tejados de las casas y disparamos varias ráfagas para que el cliente se quede satisfecho", afirma enseñando su desdentada boca.

Orillados en la carretera un grupo de niños se afanan en su tarea. Sobre grandes manteles blancos extendidos en el suelo miles de casquillos de bala vacíos aguardan su turno para que estos niños los devuelvan a la vida. Trabajan como uno solo; cada uno tiene la tarea asignada y la cumple escrupulosamente. Seleccionan el casquillo, lo rellenan con pólvora, meten el proyectil, lo colocan en cajas de 12 unidades y las plastifican.

Sus manos se mueven expertas y no les tiembla el pulso a la hora de manejar la pólvora

Sus manos se mueven expertas y no les tiembla el pulso a la hora de manejar la pólvora. El futuro de estos niños está dictado por las guerras y por un negocio que mueve miles de millones de dólares en todo el mundo. No van a la escuela y la mayoría apenas sabe leer y escribir, pero no importa: aquí se les valorará por la perfección y la maestría con la que fabriquen las réplicas.

La visita turística por esta singular ciudad prosigue. Para los ojos poco entrenados las armas son lo más llamativo, pero por encima de todo destaca la nula presencia de mujeres por las calles. Aquí, la mujer tienen una única función, quedarse en casa para cuidar de los niños y ser diligentes con el marido. No se les permite pensar y se las anula como persona, son simplemente autómatas que acatan órdenes sin posibilidad de rechistar. Junto a un vendedor de comida ambulante, dos mujeres ataviadas con sendos burkas de color azul celeste y blanco buscan alimentos para preparar la comida.

El negocio de la droga

Pero en Darra no sólo se venden o se compran armas, sino que varias tiendas comienzan a introducirse en nuevos mercados. En los escaparates no se ven armas de fuego sino unas maletas un tanto especiales. "Tienen un doble fondo y las puedes utilizar para meter varios kilos de hashish", nos afirma el comerciante mientras abre la maleta y nos enseña una cremallera oculta en sus laterales, que se utiliza para esconder la droga. Por menos de tres euros, se pueden comprar 250 gramos.

Las tienda no sólo venden armas; el tráfico de droga empieza a florecer como negocio

De regreso a Peshawar hacemos un alto en el camino para visitar a un conocido traficante de armas de la ciudad. Su casa es una fortaleza custodiada por media docena de hombres armados y donde ningún occidental ha entrado hasta ahora.

Usman Khalid nos saluda afectuosamente: "Assalam aleikum" (La paz sea con vosotros). Nos acompaña hasta la parte trasera de su casa donde dos de sus hijos juegan a la pelota sobre el césped del jardín. Usman es un hombre de rostro sereno y mirada penetrante. Ante un té con leche y pastas, las armas no tardan en entrar a formar parte de la conversación.

Armamento de importación

"Todas las armas que se venden en Pakistán proceden de Afganistán. Los traficantes afganos cruzan la frontera por las zonas tribales, bajo dominio talibán, y vienen hasta Peshawar para vender su mercancía. Estas armas son todas de importación. Los afganos se las compran a los traficantes extranjeros en Kabul o en Jalalabad", cuenta mientras se remanga el traje típico de Pakistán, el shalwar kameez, y agarra la taza de té.

Los traficantes a los qu0e se refiere Usman proceden de lugares tan remotos como China, Rusia, Irán o Estados Unidos. Ellos son los que venden directamente la mercancía a los afganos para que éstos las distribuyan al otro lado de la frontera, donde los talibanes tienen más facilidades para poder comprarlas.

"Los americanos venden las armas a los afganos que a su vez las revenden a los talibanes para que luchen contra los americanos. Los soldados yanquis mueren por armas que han sido fabricadas en Estados Unidos", afirma rotundo.

Antes de la guerra de 2001 contra Afganistán, una caja con diez balas de M-16 costaba unos 10 euros, ahora, debido a la saturación de esta munición, los precios han bajado y no es difícil encontrar cajas de diez unidades por menos de 2 euros. Pero lo que de verdad da beneficios es la venta de armas. "Los afganos son los que más beneficio sacan. Calculo que un millón de rupias (10.000 euros) cada vez que vienen a Pakistán a hacer negocios. Nosotros, se las compramos a ellos y las revendemos, pero no ganamos mucho. A lo mejor podemos ganar 100 euros con la venta de una sola arma".


Armas con el escudo de EEUU

La calidad de las armas se ha elevado de manera considerable desde el inicio de la contienda en el país vecino. Durante los primeros años de lucha entre los talibanes y las tropas norteamericanas, las armas procedían de los soldados estadounidenses muertos durante los combates.

"Se notaba que habían sido utilizadas porque estaban arañadas, sucias o viejas, pero ahora las armas vienen empaquetadas en cajas de color verde con el escudo de Estados Unidos en la parte superior. Son armas nuevas que no se han utilizado nunca. Las pistolas incluso vienen con su funda para poder ponértelas en el cinturón", afirma mientras nos muestra su última adquisición, un rifle Volkov de fabricación búlgara y que lleva incorporado un lanzagranadas. "Lo he comprado por 300 euros la semana pasada", cuenta Usman mientras nos pasa el rifle.

"Los soldados yanquis mueren por armas que han sido fabricadas en EEUU", dice Usman

El traficante está al corriente de supermercados de armas como el de Darra pero afirma que sólo acuden allí los que quieren comprar un arma para tenerla en casa. Los que las utilizan para ir a combatir a Afganistán se las compran a él.

"Las armas de Darra disparan dos veces y al tercero se encasquillan: no te puedes permitir que tu arma no dispare en medio de un combate. Los talibanes acuden a mí si quieren armas y yo se las vendo; saben que con las mías no tendrán problema".

Antes de despedirnos, Usman lanza un mensaje para las tropas extranjeras que están combatiendo en Afganistán. "Los pastunes llevamos la guerra en la sangre. Somos como una pelota, con cuanta más fuerza nos lances contra el suelo más alto subimos, una y otra vez; nunca nos cansamos. Por eso, la mejor solución es no tirar la pelota contra el suelo y comprarla", se ríe entre dientes mientras nos da un abrazo.