Domingo, 30 de Noviembre de 2008

"Lo peor que te puede ocurrir es ponerte de moda"

EDUARDO CASTRO ·30/11/2008 - 11:57h

EFE - El escritor español Juan Goytisolo.

Desde la aparición en 1954 de su primera novela, Juegos de manos, Juan Goytisolo Gay (Barcelona, 1931) ha dado ya a la imprenta otro medio centenar largo de títulos, la mayoría de ellos traducidos a diferentes idiomas y publicados en numerosos países.

Sin embargo, a pesar de tan vasta y prestigiosa producción narrativa y ensayística, este “joven y contestatario” escritor de 77 años, no en vano considerado como uno de los más internacionales de nuestra literatura contemporánea, no había recibido hasta ahora el reconocimiento institucional que la crítica y los lectores le venían ya otorgando desde hace décadas.

El pasado lunes, la concesión del Premio Nacional de las Letras Españolas al conjunto de su obra puso fin a tan injusta situación. La noticia coincidió con la del próximo estreno televisivo del documental Releyendo La Chanca, realizado por el sevillano Nonio Parejo para conmemorar el cincuentenario de la experiencia que originó el impactante libro de Goytisolo sobre el barrio almeriense.

Cuando en 1962 publicó en Francia la primera edición de ‘La Chanca’, usted era consciente de que el libro no sería autorizado en nuestro país...

Creo que aquello supuso para mí una buena lección, incluso podría decir que le estoy agradecido a la censura. El caso de Campos de Níjar es tal vez el ejemplo más claro, porque cuando lo estaba redactando, y a sabiendas de que lo iban a censurar, yo me obligaba a escribir de forma que no me pudieran cortar nada, y lo logré. Más tarde, esta victoria se convirtió para mí en una especie de derrota. Es decir, me di cuenta de que finalmente había sido yo mismo el que me había autocensurado. No hacía falta ningún censor porque yo era mi propio censor. Sin embargo, con La Chanca, y sobre todo a partir de Señas de identidad, con aquel aprendizaje comprendí que yo tenía que hacer mi trabajo y dejar que el censor hiciera el suyo.

"Fue una buena lección, incluso podría decir que le estoy agradecido a la censura"

¿No es con ‘La Chanca’ cuando se consolida el estilo de prosa poética con que se ha etiquetado su obra?

No me gusta la expresión “prosa poética”. Mi estilo es a la vez prosa y poesía. La prosa poética es de una escuela determinada así llamada, que a mi entender resulta superficial y no me gusta nada. Pero hay textos míos que son y se leen a la vez como prosa y como poesía. En realidad, los dos libros del periplo almeriense fueron para mí como un ejercicio de disciplina que me permitió luego escribir Señas de identidad. Pero la considero como una etapa necesaria para llegar a lo que yo llamo mi escritura adulta. Entonces todavía era un joven que buscaba cómo expresarse.

Ha dicho que sin el contraste entre la pobreza y la belleza, el arte no hubiera sido posible; que el resultado sería un panfleto, pero nunca literatura.

Sí, para mí, todo el arte brota de la contradicción. Me parece que si se tiene todo claro, no se escribe. La gente que se cree en posesión de la verdad absoluta, que no ve ningún problema, pues no escribe. Cuando a mí me dicen: “Usted se contradice”, yo contesto: “Pues claro que me contradigo, si no, no escribiría”. Ahora bien, una cosa es ser contradictorio, y otra, mantener una coherencia. Y toda mi obra tiene una coherencia artística y ética muy clara. Pero, eso sí, basada en la contradicción.

¿Cómo van las que llama sus “obras incompletas”? Han aparecido cinco de los siete volúmenes previstos.

Es una edición muy seria, un trabajo muy serio. Lo hago con Antonio Muné, que es quien lo revisa todo. Se trata de una persona extraordinaria, que no sólo me ayuda a detectar todo tipo de erratas y errores ortográficos, que a veces te pasan inadvertidos y estropean la obra, sino que también me ha permitido reflexionar. De hecho, en cada volumen se incluye una reflexión. En el primero, figura una sobre el conjunto de mi obra, y en el segundo, otra sobre los relatos. Muchos de ellos hacía años que no los leía, y al hacerlo ahora, con una mirada en la que prevalece la lucidez de la distancia, a veces me llevo sorpresas agradables y otras no tanto.

Así que la presente edición no está respetando la versión original de algunas de sus obras. ¿Por qué?

Es que, además de al conde Don Julián [ríe], también he reivindicado el derecho de todo autor a revisar y mejorar su obra cuando así lo crea conveniente. Por eso, aunque en algunos casos no he quitado ni añadido nada y el texto va tal cual apareció en su primera edición, y en otros, como en Señas de identidad, he hecho pequeños retoques, algún párrafo que me parecía que sobraba y otros detalles sin importancia. En otros me he visto obligado a reformar incluso la estructura de la novela. En Juan sin tierra, por ejemplo, he suprimido unas 40 páginas que obviamente sobraban. También en Carajicomedia (2000), a pesar de ser una de mis obras más recientes, he suprimido bastantes páginas y he añadido cosas.

"Quien se cree en posesión de la verdad absoluta, quien no ve ningún problema, no escribe"

Sé que los premios, las distinciones, los homenajes y agasajos en general, se llamen Nobel, Cervantes, Academia…, ni le llaman la atención ni le agradan.

Nunca he buscado ningún premio: si me lo dan, me lo dan; si no me lo dan, pues no me lo dan. No vivo en función de los premios. En cuanto al Nobel, no lo sé, nunca me he parado a pensarlo. Los únicos honores que he aceptado en mi vida son los de Vecino de honor de la Chanca y Gitano de honor. La Legión de honor de Francia, la rechacé con bastante insolencia, por cierto, al ministro Jacques Lang. Tampoco he aceptado doctorados honoris causa de universidades.

Me consta que algunos de los que ha recibido, como el Octavio Paz de 2002 o el Juan Rulfo de 2004, sí han tenido para usted especial significación. ¿En algún pensó rechazar este último?

No, en absoluto, no soy un maleducado, aunque tampoco me haya causado ninguna emoción especial. Ya he dicho que si me dan un premio dudo de mí, pero si me declaran persona non grata, como sucedió en El Ejido hace unos años, entonces sé que tengo razón. Así que en aquella ocasión me reconfortó y reafirmó en mi creencia de que tenía razón.

Seguro que le gusta que la biblioteca del Instituto Cervantes de Tánger lleve su nombre.

Bueno, para esto hay una razón muy evidente. La visita del personaje de Don Julián a la biblioteca de Tánger, donde va aplastando insectos en las páginas de los libros durante su lectura de los clásicos del nacional-catolicismo español, pues me pareció que tenía una relación fuerte con esta biblioteca, y cuando me propusieron darle mi nombre a la del Instituto Cervantes, además de aceptar con gusto, en el acto de la inauguración distribuí insectos de plástico y los repartí entre los asistentes para que los aplastaran en todos los libros fundamentalistas, religiosos, nacionalistas…

"Comprendí que yo tenía que hacer mi trabajo y dejarque el censor hiciera el suyo"

Supongo que también le agrada que la del instituto de Marrakech haya sido bautizada con el nombre de su amigo José Ángel Valente. ¿No cree que tanto la obra de Valente como la suya no están reconocidas?

Ya digo que nunca he buscado reconocimiento de la prensa o la crítica, ni tampoco palmaditas en la espalda. Si una obra vale, se leerá, se estudiará y quedará; pero si no vale, por mucho que se hable de ella, seguirá sin merecer la pena. Mire, Manuel Azaña, habla de la diferencia entre actualidad y modernidad. Dice que lo actual que era ayer, no es hoy, y lo que es hoy, no será mañana. En cambio, hay una modernidad que circula, que hace que yo lea La lozana andaluza como un autor contemporáneo mío. Tengo más relación con La lozana que con muchos escritores contemporáneos.

A sus 77 años, tiene fama de intelectual rebelde. Parece como si se empeñara en ir siempre a contracorriente de las modas y los gustos.

Mire, lo peor que le puede ocurrir a un escritor es ponerse de moda, porque pasará de moda. De esto tuve una experiencia directa en Italia entre los años 1958-59 y 1965. Entonces era yo el escritor español de izquierdas de moda, pero en cuanto escribí cosas que no se correspondían con aquella imagen que se habían creado de mí, dejaron de traducirme. Traducían a cualquier escritor execrable antes que a mí.

¿Entonces primó su etiqueta ideológica por encima de su calidad literaria?

Así es, era la imagen de moda lo que hacía que las editoriales italianas se interesaran por mi obra, y me parece un castigo muy justo que dejaran de hacerlo, porque si uno acepta ser un escritor de moda, ya sabe a lo que se arriesga, pues antes o después pasará de moda. Es lo mismo que ocurre con los best-sellers y tantos autores actuales: ¿Quién se acordará de ellos dentro de unos años? ¿Quién se acuerda ahora de Pombo Angulo?

Perdone, ¿de quién?

Compartí una anécdota con Rafael Sánchez Ferlosio cuando fuimos juntos a Barcelona para ver a José Manuel Lara, que todavía era un pequeño editor, pero ya influyente, aunque con la carga propia de su ideología. Fuimos a verle, Ferlosio con una novela que se llamaba El pensamiento y que nunca publicó, una novela muy bonita, muy kafkiana, y yo con Duelo en el paraíso (1955), sobre el tema de los niños durante la Guerra Civil. Lara nos recibió a los dos el mismo día, pero en horas distintas, y a mí me dijo esta frase memorable [imita el acento andaluz del editor]: “Loh niñoh, loh niñoh no zon comercialeh”. Con Ferlosio fue mejor, le dijo: “Uztéh ezcribe bien, pero que mu bien, hazta que demaziado bien”, y añadió: “Uzteh, que va a Italia, por qué no me ezcribe una novela de un muchacho ezpañol que conoce una novia italiana, el amor entre loh doh y todo ezo. Porque uztéh, con zu eztilo, uztéh me llegaría a zer un Pombo Angulo”. Cuando nos lo contamos el uno al otro, nos reímos lo nuestro. Un Pombo Angulo, ¡qué ocurrencia! ¿Sabe alguien ahora quién era el tal Pombo Angulo?