Lunes, 17 de Noviembre de 2008

Congo olvida a los huérfanos de la guerra

Los voluntarios de las organizaciones humanitarias tratan de ayudar a los cientos de niños que huyen a los campos de refugiados tras la muerte de todos sus familiares

GEMMA PARELLADA ·17/11/2008 - 08:00h

AFP - Los insurgentes obligan a los civiles a unirse a ellos.

Entre las cabañas hechas de hojas secas, las lonas de Unicef y la humareda que desprenden escuálidas fogatas, Norbert Basagvvo anda buscando dónde inscribirse. Acaba de llegar al campo de desplazados de Kibati, a unos 15 kilómetros de la capital provincial de Goma, en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Una camiseta de manga corta y un pantalón, nada más. Ni unas galletas ni un jersey. Salió muy temprano para recorrer andando las decenas de kilómetros que separan su localidad de Rumangabo bajo control de los rebeldes del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP) de Kibati, territorio controlado por las Fuerzas Amadas de la RDC (FARDC).

Norbert muestra sus manos vacías. "El CNDP está reclutando. Estos días están llamando a los ex combatientes, que ya pasaron por el programa de desmovilización después de la última guerra, y ahora van a por los diplomados, así que me fui antes de que me conviertan en miliciano". Él es profesor.

"Los insurgentes convocan a los civiles a reuniones, y los invitan a unirse a su milicia. Una invitación que no se puede rechazar", explica Norbert. La escuela, de todas formas, está cerrada desde el 8 de noviembre y él tiene claro que no quiere agarrar un arma.

Informadores

Poco después de ocupar la zona, los CNDP instalaron su administración, su pequeño gobierno y hasta su policía de tráfico. También una red de nyumbakumis. En swahili, la palabra significa diez casas, y es el término con el que los civiles llaman a los informadores que habitan y controlan cada pequeño bloque de casas. "¡Ah! ¡Los nyumbakumis lo saben todo!", suspira Norbert.

Los insurgentes invitan a los civiles a unirse a ellos, y no se pueden negar

 

"¿Dónde tengo que apuntarme para tener acceso a la comida, a la ayuda?", insiste Norbert tras sacar la cabeza del puesto equivocado. En esa caseta de plástico, los voluntarios se ocupan sólo de menores de edad. Están elaborando una lista con los niños que han perdido a sus padres en el proceso de fuga. Mientras esperan a que aparezcan sus familiares, tratan de buscarles familias de acogida.

Sibomana Janvier, de cuerpo delgado y menudo, duerme bajo un trozo de plástico fijado al suelo por tres piedras. Perdió el rastro de su madre y de sus hermanos hace un mes. "Yo me ocupo de las cabras, las estaba cuidando en el campo cuando empezaron los ataques. Fui corriendo a casa, pero ya no había nadie. Encerré al rebaño y empecé a correr". Una vecina lo encontró y lo recogió. "Ella pagó mi pasaje para el camión y me instalé con ella y sus hijos en el campamento de Kibati", cuenta.

Pero Sibomana robó un poco de harina y lo echaron, según cuenta Bienfait Mutabazi, supervisor del Programa de Identificación, Rastreo yReunificación familiar. La madre prestada le dio el trocito de plástico que es ahora su casa y le dijo que se ocupara de sí mismo.

Familiares perdidos

Desde el 27 de octubre, día de la ofensiva rebelde que puso en fuga a más de 30.000 personas, se han registrado 166 casos de pérdida de familiares considerados de urgencia. De ellos, 120 han encontrado familias de acogida y 46 permanecen absolutamente solos.

Una niña toma de la mano a su hermanito menor. Gloire Mutoka, de 7 años, mira curioso a su alrededor, y sigue obediente las órdenes, con gestos, de Jessie Fatuma Mutoka. Huyeron hace tres semanas. Esperaron en casa a que sus padres volvieran. Hasta que "vi entrar a los soldados de Nkunda y tres cadáveres, y decidí correr", cuenta Fatuma.

En Kibati, más de 60.000 desplazados sobreviven listos para huir de nuevo

Una anciana viuda que escapaba también les recogió y se hizo cargo. "Pero sus 5 hijos naturales, todos varones mayores de 18 años, nos pegan e insultan cada vez que cometemos un pequeño error, como hacer tarde la colada En cuanto la madre se va, no nos dejan ni comer", se quejaFatuma.

Mientras, el maestro Norbert sigue dando vueltas por Kibati. "Ése también es un recién llegado", dice apuntando con un ladeo de cabeza a un joven asustado y visiblemente cansado. "Cuando le dispararon, se metió en la selva, y no ha salido de ella hasta saber que podía llegar aquí".

Kibati está en la retaguardia de los combates, a unos escasos tres kilómetros de la línea del frente. Son más de 60.000 desplazados los que intentan sobrevivir, preparados para moverse, una vez más, si sereanudan los tiros.

Naciones Unidas está planeando trasladar a todas estas familias a un nuevo campo, en la carretera que lleva a Sake, porque la cercanía del actual con el frente mantiene a los desplazados en situación de riesgo permanente.

En la última barrera de los militares gubernamentales, el teniente general Androzo Zara Dark, combina sus conversaciones con tragos de su botella. "Que no salga en las fotos", advierte. Él y los efectos de su cerveza ya consumida explican cómo fueron los últimos combates. "Los rebeldes empezaron. Yo tengo que defender a mis hombres, eso es la guerra. Reaccioné y no hubiera parado si la Misión de la ONU (MONUC) no nos lo hubiera pedido!", exclama.

Un millón de desplazados

Al otro lado de la línea del frente, los insurgentes permanecen con el ojo en la mirilla, y abrazados a los fusiles, plantados en el suelo.

Al fondo, siempre humeante, el volcán Nyragongo, cuya erupción en 2002 enterró una parte de Goma en lava. El este de la República del Congo es otro volcán a punto de estallar, donde además de los 250.000 nuevos desplazados, hay un millón más que ya lo estaban antes de la última gran ofensiva. Todos, siempre, en guardia permanente.

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