Viernes, 14 de Noviembre de 2008

La cuestión humana

GONZALO DE PEDRO ·14/11/2008 - 08:00h

GONZALO DE PEDRO -

Todo el cine es político. Ya sea por acción o por omisión, cualquier filme es una toma de postura ante el mundo. Dentro de esa división, hay películas doblemente políticas porque hacen de los problemas que nos afectan a todos el eje de sus discursos.

La question humaine, probablemente el filme más importante y monumental que haya llegado este año a nuestras carteleras, se sitúa conscientemente en el terreno de la militancia, pero, en una jugada maestra, esquiva el panfleto para componer un manifiesto político subterráneo y fantasmal, que infiltra la ideología en los huesos de sus espectadores.

Aunque basada originalmente en un libro (La cuestión humana, François Emmanuel, Losada, 2002), hay que buscar el origen del filme de Nicolas Klotz en el texto que dio pie al libro. Ese documento, breve y demoledor, es un informe técnico escrito en 1942 por un ingeniero berlinés para mejorar la eficacia de los camiones Saurer, con los que los nazis gaseaban a los judíos ucranianos de Biolorrusia.

Una macabra metáfora

En esa carta, se produce el macabro juego lingüístico que detona la novela y que se esconde en el corazón del filme: la eliminación, mediante el lenguaje, de cualquier rastro humano en los objetivos empresariales de la Shoah, reduciendo la presencia de los judíos a términos meramente técnicos: mercancías, carga, piezas. El informe es la muestra perfecta de cómo el primer paso para ganar una guerra consiste en eliminar al enemigo de manera metafórica, haciéndolo desaparecer de la realidad a través del lenguaje.

La misma operación que se esconde en el lenguaje de los departamentos de recursos humanos de las empresas, que reducen y minimizan los despidos masivos convirtiendo a los trabajadores en números: 15.000 despidos, se nos informa, pero no hay rastros humanos en esos números. El descubrimiento de esa oscura conexión entre el pasado nazi y el presente políticamente correcto es el viaje del protagonista, un empleado de recursos humanos de una empresa que toma conciencia del dolor que se esconde bajo los informes que redacta y las decisiones que toma.

Por el camino queda un doble retrato: el de la empresa moderna como un gas, en palabras del director, que todo lo controla, pero que no está en ningún sitio, y el del nazismo como sustrato genealógico de nuestra sociedad de consumo.