Martes, 11 de Noviembre de 2008

La noche en la que comenzó el Holocausto

Hace 70 años, la noche de los cristales rotos acabó con la vida de al menos 400 judíos y marcó un punto de inflexión en la política antisemita del Tercer Reich

GUILLEM SANS MORA ·11/11/2008 - 08:00h

Hay que remontarse a la Edad Media para encontrar en la historia alemana un pogromo comparable al ocurrido hace 70 años en la denominada noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938. Esa noche, la turba nazi quemó unas 1.500 sinagogas en todo el país mientras los bomberos se quedaban mirando para intervenir sólo en caso de que las llamas se propagaran por donde no debían. También destrozaron tiendas judías y demolieron edificios enteros. Y los últimos cálculos hablan de 400 personas sacadas por la fuerza de sus viviendas, apaleadas y asesinadas.

Días antes de los hechos, un judío polaco de 17 años asesinó en París al diplomático alemán Ernst Vom Rath en venganza por la deportación de sus padres. Su muerte sirvió como excusa para que el gobierno lanzase una revuelta contra los ciudadanos judíos en todo el país. El ataque se orquestó mediante la organización paramilitar de las SS y, además de las sinagogas, también se quemaron varios cementerios, más de 7.000 tiendas y 29 almacenes. Finalmente, más de 30.000 judíos fueron detenidos e internados en campos de concentración.

Persecución implacable

El pogromo fue especialmente destructivo en Berlín y Viena, donde vivían las dos comunidades judías más grandes del Reich. La mayor parte de las 94 sinagogas de Viena fueron dañadas y sus visitantes sometidos a toda clase de humillaciones. Los nazis alegaron que los mismos judíos tenían la culpa por el pogromo e impusieron a la comunidad judía una multa de mil millo-nes de reichsmarks, además de una nueva ola de legislación que atacaba los derechos de esta comunidad. Tras el suceso, las escuelas judías fueron cerradas y los niños judíos que asistían a las escuelas alemanas fueron expulsados.

En definitiva, la noche de los cristales rotos impulsó la persecución de los judíos. Por entonces, el jerarca nazi Heinrich Himmler ya estaba preparando los nuevos campos de concentración que acogerían a 30.000 nuevos opositores políticos. Himmler comenzó a dirigir las SS cuando todavía era un pequeño departamento de vigilantes de salas dentro de la SA, la organización paramilitar del NSDAP, el Partido Nazi alemán. Sin embargo, al final de la guerra, Himmler acabó convirtiéndose en la segunda figura más poderosa del Tercer Reich. Fue el superior absoluto de tres millones de policías y comandante de 600.000 soldados de la Waffen-SS y de otros dos millones de reemplazos del ejército, además de jefe de un centenar de empresas.

Un jerarca cruel y sanguinario

Si Himmler un bávaro que cambió el catolicismo por los potajes esotéricos en los años veinte llegó a lo más alto de la jerarquía nazi fue porque se responsabilizó de organizar los campos de concentración, adelantándose a otras instituciones que también participaron en el Holocausto. Himmler dejó dicho que todo lo que hizo fue aplicar "la voluntad declarada del Führer", y en sus planes de un Reich expandido al este hasta los Urales y libre de judíos y eslavos, se hacía necesaria la muerte de 30 millones de personas.

El historiador alemán Peter Longerich, del Royal Holloway College de la Universidad de Londres, acaba de publicar la primera biografía de Himmler que utiliza todo el abundante material privado que se conserva del personaje. Himmler llevó un diario desde su infancia, y hay también una lista de lecturas entre los años 1919 y 1934, correspondencia con amigos, parientes y esposa, parte de su agenda y otros documentos. El crítico Volker Ullrich opina en el diario suizo Tages-Anzeiger que la obra está a la altura de la biografía de Hitler que publicó Ian Kershaw.

Himmler también es el padre de las orgías de violencia de las SS en el este de Europa que tanto interesaron al autor Johathan Littell para escribir su novela Las benévolas. La máxima de seguir matando a toda costa por duro que sea la formuló así Himmler en su famoso discurso en Poznan/Posen (actual Polonia) el 4 de octubre de 1943: "La mayoría de vosotros sabrá qué son cien cadáveres juntos, o quinientos allí, o mil más allá. Haber pasado por esto sin perder la decencia, exceptuando casos de debilidad humana, eso nos ha hecho fuertes". Longerich explica que el "autocrontrol" y la frialdad fueron dos rasgos decisivos de la personalidad de Himmler que supo transmitir a su masa de carniceros subordinados.

En sus últimos días en el búnker de Berlín, Hitler destituyó a su número dos de todos sus cargos porque, en un arrebato de ingenuidad, había intentado negociar una paz separada con los aliados occidentales. Acabada la guerra, Himmler intentó escapar de Alemania, pero fue apresado por tropas británicas al norte del país. Se suicidó mordiendo una pastilla de cianuro de potasio que escondía entre los dientes.