Sábado, 1 de Noviembre de 2008

El club de los filósofos muertos

En su nuevo libro, el inglés Simon Critchley considera que la forma de morir de un pensador es su "máxima obra de arte"

CARLOS PARDO ·01/11/2008 - 08:00h

afp - Simone de Beauvoir deposita una flor ante la tumba de su compañero, el filósofo Jean-Paul Sartre, en París.

"Este libro parte de una simple suposición: lo que en la actualidad define la vida humana en nuestro rincón del planeta no es sólo un miedo a la muerte, sino un terror desbordante a la desaparición".

Así comienza Simon Critchley (1960), catedrático de filosofía y director de la colección How to read de Granta, una de las más curiosas tareas emprendidas por la divulgación filosófica reciente: El libro de los filósofos muertos (Taurus), un registro comentado de las muertes de 190 filósofos con el convencimiento de que, por decirlo en palabras de Montaigne, enseñar a morir es también enseñar a vivir.

Está claro que el tema de la muerte no es original. Y quizá lo más estrambótico que ha hecho el ser humano es haberle dedicado un día al año a los muertos con la esperanza de que su actividad se redujera drásticamente en el calendario. Pero el recuento del paso al otro mundo o a la nada de tan ilustres pensadores, desde los presocráticos hasta los posmodernos, da como resultado un estupendo contramanual de filosofía con buenas dosis de humor negro. En palabras de Critchley, autor de otros atípicos libros de filosofía como Muy poco, casi nada, "la máxima obra de arte de un filósofo es su forma de morir". Y a juzgar por el irreverente resultado, más parecido a la serie de televisión A dos metros bajotierra que a El mundo de Sofía,no le falta razón.

De Grecia a Oriente

Exhaustivo y ágil, Critchley comienza en Grecia. Empédocles, que se lanzó con sus mejores prendas a un volcán porque pensaba que el calor lo haría inmortal y del que sólo rescataron una sandalia chamuscada. Heráclito, que murió asfixiado por un remedio curativo de boñiga de vaca.O Zenón, que pasó a mejor vida mordiendo la oreja de un tirano.

Sin dejar de lado a ninguno de los autores canónicos de la filosofía de los manuales se atreve también con el oriente las inteligentes paradojas de Chuang Tzu, los santos cristianos cuyos martirios eran para Voltaire una de las creaciones más divertidas de la imaginación humana y, lo que es más destacable, buena parte de la filosofía menos conocida del siglo XX. Critchley, que cuenta en su haber con monografías de Heidegger, Levinas, Laclau y de la filosofía continental, tiene la rara habilidad de ser claro en lo que muchos explican con un lenguajeininteligible.

Aunque la muerte parece un hecho más bien objetivo, no lo es tanto el sentido que cada uno quiere darle, y el truco de Critchley es enfrentar las filosofías de cada autor con los momentos en que ven de cerca la muerte.

Un ejemplo: Lukács, el gran teórico y defensor de la novela realista, fue detenido sin motivo aparente después de que los tanques soviéticos entraran en Budapest en el año 1956. Aunque él se consideraba cercano al bolchevismo, fue llevado preso a un castillo de Transilvania y allí, sin saber si moriría o no, tuvo que reconocer según dijeron sus compañeros de presidio que su atacado Kafka era, efectivamente, un autor realista.