Miércoles, 15 de Octubre de 2008

Manifestantes dispuestos a morir por la monarquía y para derrocar al Gobierno

EFE ·15/10/2008 - 09:07h

EFE - Soldados tailandeses preparan sus armas en la controvertida zona fronteriza con Camboya en la que se ubica el templo jemer del siglo XI Preah Vihear, en la provincia de Si Sa Ket (Tailandia), el miércoles 15 de octubre.

Los manifestantes tailandeses persisten, una semana después de los enfrentamientos con la Policía, en su intento de derrocar al Gobierno en nombre de la Monarquía por la que dicen están dispuestos a sacrificar sus vidas.

"Estoy dispuesto a morir por el Rey", exclama uno de los activistas que resultó herido durante la carga policial contra los seguidores de la Alianza Popular para la Democracia (APD), organizadora de las protestas antigubernamentales en Tailandia.

Los enfrentamientos, en los que los agentes utilizaron gas lacrimógeno fabricado en Estados Unidos, España y China, causaron dos muertos y más de 400 heridos, entre ellos unos veinte agentes.

Desde entonces, otros miles de simpatizantes de la Alianza se han sumado a las protestas en la sede del Gobierno, que ocupan desde agosto, aunque ahora, en vez de vestir las camisetas amarillas que representan al Rey, portan atuendos de color negro en señal de duelo por los fallecidos.

Algunas de las fotografías expuestas en el recinto gubernamental muestran a los mutilados por las bombas de gas lacrimógeno que fueron lanzadas por los agentes para dispersar las protestas en el Parlamento y frente al Cuartel General de la Policía el pasado 7 de octubre.

El Instituto Forense señaló que los policías utilizaron preferentemente un gas lacrimógeno fabricado en China, que contiene RDX, un componente químico utilizado en explosivos.

Los expertos del instituto han demostrado que los botes de humo producen boquetes en el suelo de hasta ocho centímetros de ancho, mientras que el gas lacrimógeno lanzado en granadas explosivas deja cráteres con el doble de perímetro.

Al menos ocho personas perdieron alguna de sus piernas, un pie o una mano durante los disturbios.

La reina Sirikit de Tailandia y su hija la princesa Chulabhorn presidieron el martes pasado el funeral de Angkhana Radappanyawut, la mujer de 28 años fallecida a causa de la explosión de un artefacto de gas lacrimógeno.

"Su majestad dijo que mi hija fue una buena mujer porque contribuyó a favor de la nación y para preservar la monarquía", dijo la madre de la fallecida, al final de la incineración conforme al rito budista.

La otra víctima mortal, un hombre de unos 40 años, ex policía y jefe del cuerpo de seguridad de la Alianza, que murió cuando su coche quedó calcinado a causa de una explosión que está siendo investigada por las autoridades.

Los líderes de la Alianza acusan al primer ministro tailandés, Somchai Wongsawat, de ser un títere del ex mandatario Thaksin Shinawatra, depuesto por un golpe de estado militar en 2006.

La crisis en Tailandia comenzó cuando los aliados de Shinawatra, que está acusado de varios delitos de corrupción y exiliado en el Reino Unido, ganaron las elecciones del 23 de diciembre del año pasado.

Mientras que la Alianza representa a la élite urbana y monárquica, el Gobierno y los aliados de Shinawatra disponen del apoyo de la clase rural, que representa la mayoría del electorado tailandés.

En el recinto gubernamental, la vida transcurre tranquilamente para los manifestantes, familias enteras y monjes que asisten emocionados a discursos políticos y conciertos de rock que se alternan en el escenario.

Los manifestantes cuentan con el suministro gratuito de comida y agua, reciben asistencia sanitaria y, además, han habilitado recientemente un servicio de masajes a precio módico.

En el resto de la metrópolis y en otras partes del país se vive al margen de las manifestaciones, que se suceden a diario en la sede del Gobierno y las calles adyacentes.